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La luz del viento nació en Castalla

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La luz del viento nació en Castalla

21.08.10 - 00:14 -
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La electricidad que alumbra la Base Antártica Española Juan Carlos I y hace funcionar los aparatos de la misma se produce, sobre todo, en pequeños aerogeneradores. Dos de ellos, de 6 kilovatios de potencia cada uno, son de la casa Bornay, de la localidad alicantina de Castalla, y fueron instalados en el continente helado en 1993. Desde entonces funcionan a la perfección, y, según los técnicos de la Base, son los mejores y más robustos de los que proveen de energía a estas instalaciones próximas al polo sur. Y como estos aerogeneradores de corte doméstico, de la fábrica de Castalla han salido más de 5.000 en 40 años y están esparcidos por medio mundo.
Todo empezó porque el inquieto Juan Bornay se propuso dotar de una mínima iluminación eléctrica a la casa de campo donde vivían largas temporadas unos familiares, a las afueras de su pueblo, Castalla. Era en 1970 y Juan, que todavía no tenía veinte años, trabajaba en una empresa de instalaciones eléctricas. Pero el problema era que en el campo no había tendido de luz, y sin red no se podía conectar nadie. La solución, como en tantísimos lugares, era recurrir a los faroles de gas y apañarse también ocasionalmente con cirios y linternas.
Era la época del gran auge del 'Camping Gas' y otras marcas de distribución de butano en formato pequeño, como 'Butsir', 'Flama'... Algunas todavía perviven, pero su uso está más relegado a acampadas, excursiones y como última solución de alumbrado en emergencias. También empezaban a existir pequeños generadores de gasolina, pero eran caros, más caros incluso que ahora en pesetas constantes, y sólo se veían esporádicamente.
Eran tiempos de buscarse la vida con soluciones imaginativas y había hasta quien se habilitaba un motor de coche viejo para recargar baterías fijas, aunque el consumo de gasolina era desproporcionado para el rendimiento obtenido.
La cuestión es que en el campo, como sigue ocurriendo hoy en innumerables situaciones, no llegaba el tendido eléctrico a muchísimos sitios, y la salida para disfrutar de este servicio en red sigue siendo carísimo en la mayoría de los casos, porque implica que el interesado ha de invertir en cableado de alta tensión, postes e incluso en colocar un transformador, y es fácil que esto represente decenas de miles de euros, millones de pesetas antes. O sea, prohibitivo cuando se trata de resolver un pequeño problema de temporada.
Hoy, la solución fácil y generalizada es la de colocar unos paneles solares que convierten la luz del sol en una pequeña corriente eléctrica que va recargando unas baterías. Esto se puede combinar con un pequeño aerogenerador de uso doméstico, como los que viene fabricando Bornay desde hace décadas y le ha hecho situarse en el liderazgo mundial de este segmento, u optar por un molino como fuente principal, complementándolo con algunas placas solares, porque, a pesar de que mucha gente no lo sabe, un aparato de estos que aprovecha el viento aporta más potencia y sale más rentable.
El embrión de la empresa
Pero en 1970 aún no se había extendido la fabricación y el uso de paneles fotovoltaicos y Juan Bornay ni se imaginaba lo que acabaría fabricando pocos años después. Precisamente en la búsqueda de una solución factible para aquellos familiares sin luz eléctrica iba a germinar el embrión del que nacería su boyante empresa.
Optó por hacer una pequeña instalación a 12 voltios, como las de los coches, y alimentarla igualmente con una batería. Sólo faltaba resolver la carga de ésta de forma barata y duradera, y, siguiendo con el esquema del automóvil, cogió una dinamo de camión. Pero ¿cómo moverla? Muy fácil: la encaramó en lo alto de un poste y le puso unas rudimentarias aspas de madera, para que la hicieran rodar cuando soplara el viento. Y se hizo la luz.
El 'prototipo' tuvo tanto éxito que otros vecinos le pidieron que les montara lo mismo, y Juan, al mismo tiempo que cumplía los nuevos encargos, fue cambiando los diseños de las aspas, para aprovechar mejor el viento, eligió alternadores en vez de dinamos, a fin de aumentar rendimientos, e inició un camino de perfeccionamiento tecnológico que derivó en lo que cabía esperar: montó una empresa para fabricar aerogeneradores.
Todavía ni se imaginaba nadie que un día el paisaje estaría salpicado de grandes molinos de viento para convertir el viento en electricidad a lo grande, y que las compañías eléctricas y otras grandes empresas invertirían en ello fuertes sumas de dinero, y que los gobiernos destinarían crecientes sumas de su presupuesto para incentivar todo ello.
Ni siquiera se había acuñado aún el concepto moderno de 'energías renovables' cuando Juan Bornay ya fabricaba aerogeneradores y los exportaba a todo el planeta para solucionar problemas de desabastecimiento de electricidad en casas, granjas y poblados aislados. Nada que ver estas soluciones con los parques eólicos que en los últimos años han ido salpicando el horizonte de toda España, encaramados en las crestas montañosas. Estos parques de enormes aerogeneradores funcionan inyectando su electricidad a la red general de abastecimiento del país, mientras que los aparatos de Bornay, de menor tamaño, sirven para atender la demanda in situ. Son dos conceptos diferentes. No obstante, Bornay pretende entrar también en el posible negocio de los pequeños aerogeneradores enganchados a la red, porque hay muchos usuarios interesados en ello. Podrían ponerse en cualquier lugar, en el campo o en terrazas de edificios, y para este fin ha diseñado aparatos de mayor potencia que los que hace habitualmente, pero se encuentra con que la normativa al respecto todavía no está bien definida, y ha tenido que aparcar de momento el proyecto. Entre tanto, sigue fabricando aerogeneradores que llegan a más de 50 países. Si décadas atrás vendía el 75% en España y exportaba el 25%, ahora se han invertido los términos: tres cuartas partes son para el exterior. Y de aquellas primitivas aspas de madera del principio se ha evolucionado al epoxi, la fibra de carbono y el diseño aerodinámico.
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