Los vecinos no se perdían detalle de lo que estaba sucediendo. A escasos metros de sus hogares, más de un centenar de personas -tanto residentes habituales como veraneantes- salieron a la carretera para seguir de cerca las labores de extinción del incendio.
«Estábamos en el camping cuando nos han avisado de que había fuego ahí detrás», comentó Leire. Mientras tanto, la pequeña Nora gritaba emocionada al ver pasar el helicóptero. La niña, ajena a lo que en realidad pasaba, dibujaba una media sonrisa en su rostro.
Concha, en cambio, no encontraba ninguna emoción, sino que se mostraba indignada. Su casa está en la Devesa y no podía acceder a ella. «Entiendo que quieran que el Saler sea un parque natural. Lo comparto, pero debería ser un parque natural limpio y que oxigene. Es un pulmón de la ciudad, pero está lleno de suciedad y residuos secos. Es un polvorín».
Lidia y Bono, también vecinos del Saler, estaban de acuerdo. «No ha sido el primer incendio, ha habido tres o cuatro más. Ni será el último. Lo tengo más claro que el agua. Está seco y arde con facilidad», dijo Lidia.
«La pinada no se limpia. Los ecologistas dicen que es la única manera de que no haya un incendio. Yo creo que es lo contrario, a la vista está. Hay matorral muy alto, y los bomberos no pueden ni entrar», aseguró.
Los hosteleros de la zona de la avenida Els Pinars, que se encontraban a unos 500 metros del incendio, contemplaron también con estupor la nube de humo.
«Los bomberos no han tardado nada en venir. A los cinco minutos ya estaban aquí. Primero hemos visto llamas, y luego sólo humo. La suerte ha sido que el aire no venía hacia aquí», señaló Ángela.
Un trabajador de un hotel aseguró que al principio tuvo un poco de miedo por la cercanía de las llamas, pero pronto se tranquilizó: «Cualquier trozo del Saler que se queme tiene un gran valor», lamentó José.

















