Un mosquito terminó de desquiciar a Yanire Lominchar el viernes por la noche. Le había costado conciliar el sueño porque al día siguiente tenía sus primeras oposiciones y el zumbido del bicho le puso de los nervios. Eran las cinco de la madrugada y por culpa del mosquito el día se adelantó de golpe.
Esta licenciada en Magisterio es uno de los 16.440 valencianos que ayer se presentaron a unas oposiciones que repartirán 1.220 plazas entre todos ellos: 675 para el Cuerpo de Maestros, 475 para Secundaria y 70 para Formación Profesional. Yanire opta al primer grupo en la especialidad de Educación Infantil: 2.649 personas para 250 plazas, una para cada 9,4 aspirantes.
Yanire no hace mucho que se licenció en la Universidad Católica San Vicente Mártir y hace ocho meses, aconsejada por unos compañeros, se apuntó a una academia. «La primera vez que te presentas vale la pena. Es recomendable, aunque no imprescindible». Allí, en 'Educare', empezaron a tocar los 25 temas y luego, poco a poco, le fueron introduciendo la programación, la segunda parte de la oposición, «lo que harías tú en el colegio durante un curso completo».
En la academia le suministraron modelos para adecuarse lo máximo posible a los gustos del tribunal. «Aunque luego también añades cosas de tu cosecha, pues no deja de ser algo tuyo», puntualiza. Yanire es una chica aplicada. Durante meses, a velocidad de crucero, dedicaba cinco horas al estudio de los temas. «No todos. El primer año te recomiendan que no te los estudies todos, así que yo he cogido unos 15 o 16». Después de abril incrementó las horas de dedicación a las oposiciones: más de ocho horas al día. ¿Suficiente? «Yo no sé si voy a aprobar; me han dicho que depende mucho de la suerte». Yanira sí sabe algo. «Me pondré muy nerviosa, eso seguro».
Hay mucho en juego. Una plaza de por vida es lo más parecido a la seguridad que, acertadamente o no, busca la mayoría de la gente. La suya serviría para dejar los dos 'trabajos-parche' con los que se ha sacado unos euros estos últimos meses, en los que ha cuidado niños y ha sido monitora en el comedor del colegio Padre Catalá, en su barrio, en Benimaclet.
Allí, en aquella barriada, ha ido cambiando el lugar de estudio. Por las mañanas solía acudir a la biblioteca municipal junto a un amigo, Sergio Mariscal, que se presenta por tercera vez. Cuando se agobiaban, cruzaban la calle y hacían como que seguían en el bar de enfrente, en una mesa donde la taza de café y los rotuladores peleaban por el espacio. Así, un día detrás de otro, todos iguales, hasta llegar al 19 de junio, el día de la oposición, el día del dichoso mosquito combatido con una barrita de incienso, el día que subió al metro y se apeó en la parada de Xàtiva, a dos pasos del Luis Vives, quién sabe si la última estación de su viaje como estudiante.
Yanire llegó al instituto a las nueve y media. El examen no comenzó hasta las 10.20 horas, con 20 minutos de retraso. La suerte se escondía dentro de tres bolas. En una, el tema 17. En otra, el 14. Y en la tercera, al fin, uno de los que controlaba, el 3: desarrollo de la personalidad. «Ahí se me fueron todos los nervios. Los otros dos no me los sabía tan bien, pero éste yo creo que sí». En las dos horas siguientes sólo pensó en el tema en cuestión. Durante ese tiempo se olvidó de todo, de sus miedos, de las dudas sobre todo, hasta de si su boli sería lo «suficientemente rápido» para redactar todos sus conocimientos en el límite de 120 minutos.
Dos horas después se levantó y entregó los seis folios que había rellenado. Salió a la calle y compartió la vivencia con unas compañeras de la academia. Después regresó a casa y, tras la comida, cayó rendida en la cama. Era el momento de la siesta, el momento de recuperar las horas de sueño robadas por un mosquito. Ahora sólo espera que el jueves, el día que continúa la oposición, todo vaya bien y pueda convertirse en uno de los nuevos 1.220 profesores de la Comunitat Valenciana.









