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La fe mueve más que montañas

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La fe mueve más que montañas

15.06.10 - 00:37 -
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La fe de la hermana Carmen Bonilla, de 62 años, mueve algo más que las montañas. Mueve los corazones de quienes le rodean y visitan, -dicen que irradia optimismo, positividad, confianza- y los de aquellos que nunca la verán pero se benefician de sus manualidades, destinadas a la caridad.
Su vida cambió radicalmente cuando tenía 33 años. La aparición de quistes en sus glúteos le han obligado a pasar 43 veces por el quirófano, tanto para extirparlos como para cerrar la zona con injertos. Como consecuencia de la dolencia, su pelvis tuvo que ser cortada parcialmente, y una herida crónica le obliga a realizarse curas periódicas.
Es decir, desde hace dos décadas toda su movilidad se reduce a una silla de ruedas adaptada, más bien una camilla, donde permanece postrada boca abajo. Su discapacidad -invalidez permanente absoluta, según el historial médico- no le ha impedido seguir con su labor religiosa y solidaria. Contrarresta sus limitaciones (de cintura para abajo) con la destreza de sus manos.
Pertenece a la congregación Hermanas de la Caridad de Santa Ana de Valencia. La hermana superiora, Elida, se deshace en elogios hacia su persona. «Nunca la vi deprimida o acomplejada. Su enfermedad fue muy rápida y lo ha llevado muy bien», explica. «Tiene unas manos magníficas. Cose, borda, hace punto de cruz, ribetes , flores de papel, muñecos....», señala. Precisamente, sus creaciones sirven para recaudar donativos para misiones en el Tercer Mundo a través de la Fundación Juan Bonal, dependiente de la congregación, según informa el Arzobispado.
La hermana Carmen empezó a aceptar la enfermedad tras su primera peregrinación al santuario de Lourdes. «Al ver a unos enfermos y discapacitados que llevaban su sufrimiento con sosiego, me pregunté por qué no iba a poder afrontarla así de bien si se lo pedía a Dios y a la Virgen con fe», explica. Desde entonces, ha acudido, con su camilla, todos los años. El día 23 iniciará su vigésimo octava peregrinación. «La conoce todo el mundo. Gracias a esto ha hecho muchas amistades», prosigue la hermana superiora, que admite que es un ejemplo a seguir. «Siempre lo hace todo con optimismo», sentencia.
La fibromatosis extraabdominal agresiva, su dolencia, le ha servido para ver la vida de otra forma, actitud que observó en aquellos primeros enfermos de Lourdes. «Me ha enseñado a valorar y a disfrutar mucho más lo que tengo, a vivir no centrada en mí, como cuando estaba sana, sino pensando en los demás, ayudándoles en todo lo que puedo, lo que en realidad me ha dado una paz y una felicidad como nunca antes había tenido», continúa. «Mi enfermedad, con la ayuda de Dios, hace que pueda ser feliz», sentencia. Y cuando el dolor la atenaza, se aferra a su fe: «Todo esto no sería posible si Dios y la Virgen no me ayudaran a superar los malos momentos».
Y no han sido pocos. Durante más de dos décadas ocupó la habitación 414 del hospital Casa de la Salud de Valencia. Entró por su propio pie. Era 1984. El pasado octubre pidió instalarse en la congregación, con sus hermanas, para hacer vida en comunidad. Mientras permanecía ingresada ya rezaba a la misma hora que ellas, y ahora, desde su habitación, sigue los oficios con un altavoz, aunque el domingo no falta nunca a la capilla.
«La vida es digna siempre»
Su testimonio atrae a feligreses y estudiantes. «Intento explicarles que hay que hacerse amigo de las cruces que cada uno tiene en su vida, porque si Dios lo permite es porque con su ayuda podemos aceptarlas e incluso aprovecharlas», dice. También responde rápido cuando se le pregunta por la eutanasia o el aborto en casos de grave discapacidad. «La vida es digna siempre, porque lo digno es ser persona, independientemente de tener salud. La vida la da Dios, por lo que la muerte debe venir de forma natural, no provocada por nadie», concluye.
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La hermana Carmen, postrada en la camilla, rezando en la congregación. :: ALBERTO SÁIZ

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