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Alicante

¡Cambio mi casa!

Una de las torres de la huerta alicantina, declarada BIC, se permuta por un ático como parte del pago. El trueque de casas en la provincia se abre hueco ante las dificultades para poder vender

06.06.10 - 00:35 -
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Estas dificultades para cerrar las operaciones se han podido comprobar al ponernos en contacto con los propietarios de un listado de casas en la provincia -publicado por Idelista.com- que ofrecen esta forma de pago por sus moradas. Hay diferentes perfiles, pero uno de los más frecuentes es el de jubilados que quieren intercambiar una casa del campo por una en núcleos urbanos y con mayor accesibilidad a servicios.
«Tengo 81 años y ya no estoy para cuidar el jardín y la piscina. Cuando los nietos eran pequeños todos venían, y más o menos ayudaban, pero ahora...», explica por teléfono Josgon que permuta su chalé en Sax -«con todo el dolor de mi corazón»- por uno, por ejemplo, en la playa. «El otro día un hombre me llevó a ver el suyo en Arenales para intercambiarlo, pero lo tenía en el 'quinto pino'. El señor se portó muy bien, me invitó a comer y me daba también dinero».
Lo mismo le pasa a Mercedes, que tiene una vivienda en Guardamar del Segura. «Una monería, nueva y con piscina». Quiere uno en Madrid porque «ya somos mayores para estar aquí».
También los hay como Antonio y su pareja Sonia que buscan la tranquilidad y una casa de campo cerca de Elche. Consideran que la permuta «puede ser más fácil», sobre todo, cuando han comprobado que la venta de la suya, que está en la ciudad, «es imposible» a pesar de tener sólo dos años de antigüedad. Llevan unos meses con el tema del trueque y todavía no han recibido una oferta en firme.
Otros como Manuel han cambiado de residencia por cuestión de trabajo. Su caso es más difícil porque el intercambio sería de Orihuela, donde está su casa, por Dénia, donde ahora vive en alquiler. «Recibí hace nada una oferta de un señor que me lo permutaba por tres locales en un centro comercial de Madrid». Lo rechazó porque «no quiero hacer negocio» y está dispuesto a «perder un poco» porque lleva ya demasiado tiempo sin venderla. «He ajustado al máximo el precio pero tampoco la voy a regalar».
El último de los perfiles lo cumple Esther, que se ha cansado del apartamento de verano en la Costa Blanca y quiere volver a tener una segunda residencia en su tierra, Galicia. «Me han salido casas en Asturias». Y también José María que, jubilado, ha decidido volver a Madrid con sus hijos. En junio va a visitar una oferta.
Desde el Colegio Oficial de Agentes de la Propiedad Inmobiliaria (API), su presidenta, Marifé Esteso, asegura que «esta figura jurídica tiene un recorrido muy corto», es decir, que no tiene salida, y añade que es en periodos de bonanza económica cuando ha podido funcionar con el intercambio, por ejemplo, de una casa por un solar.
No opina lo mismo Marga, una de las más enteradas sobre el procedimiento de las permutas, y que también se ha apuntado a esta moda. Y es que cuando se le pregunta a los propietarios, la mayoría no sabe muy bien qué trámites deben seguir.
«Tengo conocidos que la han permutado y les ha ido muy bien». Así fue como decidió colgar el anuncio de su casa en páginas de compra-venta que proliferan por Internet. «Si el valor de la tasación coincide, estupendo. Que no, pues se contrata al mismo tasador entre ambas partes. Y si no hay cargas resulta sencillísimo y te ahorras muchísimo». Ahora bien, hay que tener cuidado porque «te ofrecen cosas que se te puede ir la cabeza. Esta semana me ha llegado un apartamento en Calpe y uno de lujo en una urbanización. No es lo que busco».
Más de un apartamento le tendrían que entregar a Pedro Guillena (79 años) por su torreón del siglo XVI, situado en la Albufereta de Alicante, restaurado y convertido en vivienda.
La Torre de Santiago, declarada Bien de Interés Cultural (BIC) en 1997, también está en el mercado inmobiliario, aunque cuando se le pregunta a su propietario sobre los motivos por los que ha decidido permutarla (también cabe la venta y el alquiler) responde que «eso son cosas de ellas» en referencia a su mujer Oriana Townley y a una de sus cinco hijos que le acompañan durante el reportaje. Guillena, que abre las puertas de su casa a este periódico como lo ha hecho a muchos turistas que por curiosidad y atraídos por la torre han llamado, se resiste a dejar en manos de cualquiera parte de la historia de Alicante que durante años ha mimado.
La edad no perdona a su salud, tiene algún que otro achaque y con todos los hijos independizados, ni él sin su esposa están con fuerzas para hacerse cargo del mantenimiento diario de una de las torres de la huerta alicantina, que se construyeron para que los campesinos y el ganado se refugiasen de los ataques de los piratas berberíscos. Han pensado en adaptarla para mejorar su accesibilidad pero perdería todo su encanto.
A un precio de salida de 2.200.000 euros, esta torre que se ha reconstruido se intercambia por un ático en la misma zona como parte del pago. Ahora bien, el futuro propietario «tiene que ser un amante de lo antiguo», apostilla este andaluz, y afincado en Alicante desde los años 60 cuando aterrizó como director del entonces Hotel Playa. «Hemos recibido unas cuantas ofertas, de extranjeros, pero de algunos no me he fiado», comenta Oriana. ¿Y la posibilidad de que la administración pública se la quede? La descartan. «Darían migajas».
Fue a principios de la década de los 80 cuando Guillena se topó en un descampado con una torre de la que, en realidad, poco quedaba en pie. Mientras enseña con orgullo fotografías y reportajes que hace unos años se publicaron de su casa en diferentes revistas especializadas, comenta que el terreno le costó 350.000 pesetas. Pero en aquel entonces no había decidido que éste sería su hogar.
El estado de fortificación es impecable -imposible de detallar en este reportaje- y su hija reconoce que en alguna ocasión los hermanos han hablado de la posibilidad de montar un negocio. La manida crisis les ha echado atrás.
Cada rincón de la casa es un tesoro como los que tiene en el sótano -no todos son auténticos, pero para Guillena son especiales-, lugar que, según dice, han visitado sólo unos cuantos privilegiados y donde da rienda suelta a sus pasiones, la pintura y la arqueología.
Algunas de estas reliquias que ha ido recopilando a lo largo de su vida se donarán al museo, como ya lo ha hecho con otros. «Soy donante benefactor», explica. Y nos enseña también la cueva, lugar de escondite de sus hijos cuando eran pequeños, y que se supone que es el pasadizo que conecta con las otras dos torres. No lo han podido comprobar.
«Claro que da pena dejar esto», insisten su mujer y su hija. Guillén se queda pensativo. ¿Qué hará con todo lo del sótano?, se le pregunta. «Parte lo dejaré». Y sonríe. Confía que con la crisis la despedida tarde en llegar.
ALICANTE. «Es muy sencillo. Es como si a mí me gusta el vestido de una vecina y a ella, mis zapatos. No es lo mismo que una casa, pero es un ejemplo. Si equivalen al mismo precio, intercambiamos. Aquí no hay afán lucrativo». La explicación sobre el procedimiento de la permuta de viviendas la da Esther, abogada y propietaria de un inmueble en El Campello que ha decidido volver a la clásica operación del trueque como otros alicantinos.
La crisis, las dificultades para que los posibles clientes accedan a hipotecas y las reticencias de los dueños a bajar más los precios están llevando a recurrir cada vez más a este canje, donde se intercambian directamente las propiedades previa valoración. Se evitan así dos operaciones de venta y se facilita que la hipoteca a pedir sea menor que lo que exige la compraventa o que no llegue a existir.
Sin embargo, que cuaje la operación requiere de tiempo y paciencia. Porque casar ambas necesidades no es tan sencillo, sobre todo, cuando ahora mismo hay en el mercado de la permuta viviendas históricas como un torreón del siglo XVI, totalmente reformado y que es parte de la memoria de Alicante. ¿En cuánto se puede valorar una de las torres de la huerta alicantina? Para su propietario, Pedro Guillena, no es nada fácil. Hay demasiado valor sentimental.
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Pedro Guillena y su mujer Oriana Townley permutan la Torre de Santiago, del siglo XVI, donde residen. :: ALEX DOMÍNGUEZ

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