El mundo de los estudios del siglo XXI poco tiene que ver con el que se vivía hace apenas unos años. Pero no hace falta remontarse demasiado en el tiempo. Los que sobrepasan la treintena apenas reconocen ya los nuevos métodos educativos que se emplean en las universidades.
Las nuevas tecnologías son la razón. Sus beneficios y facilidades son tantas que se han aplicado a la enseñanza y, por tanto, al aprendizaje. Nadie se queda al margen y, la cruz de esta moneda no es la de facilitar el estudio sino todo lo contrario, mejorar las técnicas del copiado.
Hoy en día hay toda una sofisticada maquinaria de fabricación de chuletas y elaboración de mecanismos que ayuden a escribir en el examen lo que uno no ha estudiado.
Teléfonos móviles, pinganillos, mp3,. La tecnología puesta al servicio de los más perezosos. Algo que mantiene en jaque constante a la comunidad educativa que busca desesperada formas con las que contraatacar. El ojo que todo lo ve, el del profesor que vigila un examen, siempre estará ahí. Pero, por mucho que se entregue a su función de vigilante, nunca podrá controlarlo todo y a todos.
El móvil es el gran aliado. Además de servir como mini pantalla de apuntes, puede valer precisamente para lo que está diseñado: hablar y, sobre todo, escuchar. Para ello, se necesitan dos cosas fundamentalmente: un colaborador que 'sople' las respuestas desde fuera del aula y un pinganillo, imprescindible para escucharlas sin ser oídas por el resto de compañeros y, mucho menos, por el profesor.
Se trata de pequeños auriculares de apenas unos centímetros conectados a un teléfono móvil. Fueron creados para policías y guardaespaldas, pero los estudiantes han sabido darle otro uso. Pueden costar hasta 500 euros y se puedan conseguir sin problemas a través de Internet.
Los hay que llevan sus móviles con la excusa de que lo necesitan para controlar el tiempo. Pero uno no se puede fiar. Por eso ya son muchos los que prohiben la entrada de teléfonos a las aulas y algunas escuelas incluso tienen instalados inhibidores de frecuencia. La misión de estos sistemas es sencilla, anular cualquier señal que puedan recibir o emitir los teléfonos y así, impedir que nadie reciba o mande cualquier información sobre las preguntas. Resulta más costoso pero, sin duda, más efectivo.
Este método ya se conoce en muchos sitios como la 'chuleta electrónica' y los inhibidores son su gran enemigo. En Valencia todavía no se aplican estos sistemas, resultan costosos y despiertan ciertas dudas legales. «Pero nosotros obligamos a pagar los teléfonos y, por supuesto, está prohibido que los tengan encima de la mesa, salvo casos de emergencia», explicaron desde la Politècnica de Valencia.
Lo que hoy es nuevo, mañana está obsoleto y ahora lo que se lleva es el bluetooth, es decir, ese mismo mecanismo pero sin necesidad de cables. El móvil también puede servir para fotografiar el examen, enviarlo al cómplice y este, repetir la operación con las respuestas en pantalla. Más aparatoso y, desde luego, mucho menos disimulado.
El de las chuletas es todo un mundo e Internet derrocha ingenio, experiencias, consejos y todo un mercado de compra-venta de productos relacionados con la trampa. La panacea de los desesperados es ahora la gran aliada de la tecnología y la informática.
Entrar en Internet y buscar 'chuletas para copiar' es la puerta directa a miles de posibilidades, opciones y modalidades para preparar un examen de forma alternativa a la tradicional, es decir, empollando. Páginas enteras dedicadas solamente a eso.
La famosa web del Rincón del Vago, la Biblia de los jóvenes universitarios del siglo XXI, ofrece una modalidad por cada letra del abecedario. Tácticas las hay para todos los gustos.
El photoshop y las impresoras a color hacen maravillas. Y no sólo eso, sino que incluso se han creado programas informáticos dedicados exclusivamente a la confección de los pequeños resúmenes. Se pueden elegir los tamaños; a una o dos caras; tipo de letra incluso con ideas destacadas; compresión de texto para que la chuleta ocupe lo menos posible; complicadas fórmulas matemáticas; mapas; lo que sea.
Se trata de agudizar el ingenio hasta tal punto que, si se invirtiera el tiempo de la confección de estos trucos en estudiar lo que se pretende copiar, más de uno encabezaría las listas de notas de su clase. Pese a los grandes avances, siempre habrá quién opte por las fórmulas tradicionales: el boli grabado con aguja o el chuleta, de cuya carcasa sale un rollito de papel, el pergamino, el dobladillo de la falda o la manga del jersey, el pañuelo de papel, el cabestrillo, el cambiazo o, simplemente, mirar la hoja de la mesa contigua o directamente hablar.
«Es mucho más fácil y rápido de preparar que meterte en internet y empezar a hacerte las 'xullas'. Además, después de escribir el papel muchas veces ya te has aprendido lo que has escrito. Se puede hacer de muchas formas, pegar el papel en la suela del zapato, en la tapa del estuche, dentro del boli bic o incluso en el borde la mesa. Hay gente más atrevida que se saca el folio entero del cajón pero yo eso lo veo muy arriesgado», explica Alba.
Los clásicos nunca pasan de moda y los profesores se toman muchas molestias para asegurarse la máxima fiabilidad en sus pruebas. Siempre habrá quien recurra a entregar pruebas diferentes en una misma clase para evitar que los jóvenes miren al de al lado. Y el más infalible de todos, aunque no aplicable a todas las materias, el temido examen oral. Ahí no hay truco que valga.









