Meriam decidió llevar el velo cuando ya era una niña. Y no se arrepiente. «Es un acto de fe en el que no interviene nadie, yo decidí llevarlo, nadie me obligó. Es un velo que me cubre, pero no me bloquea», explica la joven, ahora ya universitaria.
Otras mujeres musulmanas como Shaima y Zeinab lo hicieron a los 18. La primera tiene ahora 20 años y es estudiante de Derecho. «Me puse el velo cuando entré a la universidad porque fue cuando me vi preparada psicológicamente para ello, antes no entendía su significado. Fue decisión mía, incluso mis padres me dijeron que era demasiado joven», explica. Zeinab, de 19, comenzó a llevarlo hace un año. «No me lo puse en el instituto porque la sociedad occidental te condiciona, si lo llevas tienes que aguantar mucha presión», explica.
Uno de los mayores retos sociales de las últimas décadas es conseguir la igualdad de género, y de su mano, la integración real y efectiva en el panorama laboral. Si al hecho de ser mujer se le suma la condición de musulmana, el problema puede complicarse. Shaima sabe lo que cuesta.
Ella trabajaba en un establecimiento de moda. «Lo hice sin velo y el día que me vieron con él, me dieron a elegir, o me lo quitaba o tenía que abandonar mi puesto de trabajo, así que me fui», relata.
La presidenta de la Asociación de Mujeres Musulmanas, Cherifa Ben Assin, afirma que están luchando para que se asimilen las diferencias culturales. «Nuestro trabajo se basa en el intercambio cultural, el velo es parte de nuestra tradición religiosa,y para nada es una imposición. Y cada vez que nos surge la oportunidad intentamos transmitirlo», añade.









