ALICANTE. El Cautivo, el Gitano, la Virgen y el Descendimiento. Cuatro pasos, fervor a raudales, expectación máxima y más gente que nunca para celebrar, en el amplio sentido de la palabra, la gran procesión de la Santa Cruz de Alicante. Efectivamente, las escenas se repiten año tras año: los santacrucinos y los invitados colgados de los balcones para tratar de rozar cada trono; la lluvia de pétalos para cubrir de flores los pasos; el enorme esfuerzo de mujeres y hombres, jóvenes y no tanto, con la carga de cada conjunto escultórico, con el baile, con el encuentro; el tipismo consolidado de cada paso con Santa Bárbara al fondo en lo alto de Santa Cruz... Escenas que forman parte de la imaginería real de la Semana Santa de Alicante, que nadie debería perderse al menos una vez en la vida y que, en este caso concreto, la mayoría que la conoce por primera vez queda prendado y regresa. Ayer, miles de personas repitieron o otras muchas descubrieron la peculiaridad de esta procesión. El resultado: un Casco Antiguo desbordado, y más aún con su acceso desde el Portón cerrado por obras.
El buen tiempo fue la guinda para que, desde más de dos horas antes del inicio y desde la plaza del Carmen hasta la ermita, un reguero de personas aguardara el paso de los cuatro tronos, cada uno singular, con su propia historia, sus propios costaleros. Ramón Riquelme, el presidente de la hermandad, reconoció que había visto mucha gente. Su experiencia le permitía no preocuparse en exceso por el siempre difícil descender por la calle San Rafael, aunque sí advertía: «Espero que no tengamos problemas porque hay personas que se echan prácticamente encima de cada paso». Ramón arrastra desde el sábado un «trancazo» que lo ha dejado 'tocado'. A pesar de ello, no falló a su día.
Desde las siete de la tarde y cada diez minutos, la plaza de la ermita de Santa Cruz fue desgranando trono a trono, con cientos de hermanos de fila abriendo la catarata de fervor y tradición personal que protagoniza cada costalero. Singular fue la salida del Descendimiento, con el esfuerzo colectivo para evitar que la cruz tropezara con el portón de la minúscula iglesia. ¡Al cielo con él!», gritó emocionado Andrés Más, el capataz del enorme trono tras comprobar que la maniobra fue un éxito, como ocurrió con el difícil giro por Diputado Auset o con el descenso por San Rafael. No faltaron las saetas, como la interpretada por Antonio Santiago desde el abarrotado balcón del 'Ringui' o, un poco más allá, por Antón Moreno. Se cumplió la tradición. Los llamados puristas no lo entienden. A los santacrucinos les da igual. Son así y así los prefiere la mayoría.