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La lección de la barraca

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La lección de la barraca

19.03.10 - 01:28 -
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En fechas tan valencianas parece oportuno reflexionar sobre esta liviana construcción tan arraigada en un pueblo rodeado de mar y montaña, asentado en una planicie de huertos y acequias. No hablamos de las fallas, sino de la barraca, símbolo de un amenazado mundo rural especialmente en torno a la ciudad de Valencia, en continua expansión sobre la huerta. Interesantes para agricultores y defensores de la cultura tradicional, pero también para urbanistas, arquitectos y conocedores del saber acumulado en esa construcción aparentemente simple pero contenedora de conceptos, materiales y disposiciones edificatorias complejas. Y bien que es oportuno cuando, en el actual contexto de crisis económica, energética y consumo insostenible de suelo, la barraca deviene una auténtica lección de actitudes e instrumentos disciplinares. Haremos pues una aproximación alejada de romanticismos ideológicos o de prejuicios formales reflexionando, a partir de estudios conocidos (Gosálvez, Baeschlin, Almela, Escrivá.), desde una visión pragmática y contemporánea.
En primer lugar, la barraca no se entiende sin su territorio inmediato. Caminos, cultivos, arrozales, acequias, conforman un tipo edificatorio aislado y estructurador del paisaje, originariamente almacén agrícola y transformado en vivienda del labrador. La vida se produce dentro y fuera en un universo de pozos, hornos, pérgolas emparradas, filtros, membranas, espacios intermedios que nos invitan a reflexiones más extensas.
Más allá de este vínculo funcional la barraca contiene un espacio interesantísimo, el corredor pasante (en torno a 2,5 m. x 11 m.) de este a oeste. Asimétrico, ambiguo, identificado como cocina, pasillo, corredor, estancia. con dos grandes portones en sus extremos este espacio flexible y por tanto muy contemporáneo es capaz de soportar numerosas y diversas actividades en una pequeña vivienda.
Posee además una vocación invisible próxima la sostenibilidad bien entendida, concepto antiguo del que hoy se abusa retórica y superficialmente utilizando maquillajes y artefactos de escaso rigor conceptual. Prácticamente todas las barracas están orientadas hacia el mar garantizando el aprovechamiento de la brisa de levante y una mínima exposición al oeste. El muro ciego que separa el corredor del sur, actúa como un radiador en invierno al captar el calor durante el día y emitirlo durante la noche gracias a su inercia térmica. En verano, con los dos pórticos abiertos, se ventila en su trasdós y permite que el del norte refresque el ambiente por la noche.
Es conocido que la inclinación y altura de la cubierta, mayor que su anchura, permite el embolsamiento del aire caliente en el altillo -utilizado como almacén o secador de cosechas varias- lo cual junto a la utilización de cañizo, con su infinidad de cámaras de aire, genera un ambiente fresco y aislado del sol.
No es difícil imaginar hoy, con la implantación de las nuevas tecnologías y sistemas -como por ejemplo aportaciones de aire por geotermia-, llevar esta preocupación energética a los objetivos de consumo que en unos años obligarán a una casi autonomía energética. Nos encontramos en mitad de un viaje de ida y vuelta -los edificios hoy consumen hasta seis veces la potencia necesaria- en lo que respecta a la dependencia de las redes energéticas.
Este eficiente sistema se sustenta en una construcción enraizada en los materiales del lugar. Como cuando en la orilla del mar un niño hace castillos con arena, el labrador construye con aquello que tiene, 'Cañas y barro'. Aflora cierta idea de provisionalidad reforzada por el vínculo del trabajador -que no propietario- con la casa y que expresa, en su buena vertiente, una de las esencias de lo valenciano. Los muros de fango secado y mezclado con paja, las cimentaciones asentadas con geranios o con bancos de mármol, una estructura de cabirones y cuchillos de madera, a veces de naranjo, muros encalados y una cubierta verde (¡no la inventó Le Corbusier!) a base de borró colectado de la Albufera de 1,5 m. solapado 1m y colocado con gran pendiente para la salida del agua y sellada con barro en su cumbrera, forman un universo constructivo accesible y "low tech", como un Ikea de la construcción -que de hecho no debería tardar en inventarse-.
En la barraca conviven dos paradigmas constructivos, aquel que, de mayor espesor intelectual, cultural y también material, busca la solidez y la tierra a través de los muros y sus gruesos, y aquel que por el contrario, conforma un entramado ligero -como un balloon frame valenciano- de madera y cañizo, casi desmontable y efímero. Esta última opción parece, a mi entender, más apropiada al mediterráneo moderno (como predijo Alejandro de la Sota en su proyecto de l'Alcudia), donde novísimas técnicas como los prefabricados de tierra y mortero permitirían recuperar la inercia térmica necesaria.
Queda fuera de toda discusión que el labrador constructor de barracas no buscaba ningún tipo de gloria arquitectónica. Construcción humilde y actitud anónima, una lección arquitectónica de mucha actualidad, que nos ofrece caminos en la búsqueda de soluciones a los problemas de la situación que nos toca vivir. Pensar en las personas, en el cuerpo, en una arquitectura concebida para la vida, converge con la preocupación de muchos pensadores contemporáneos por dotar de aspectos sensoriales y subjetivos a nuestra civilización casi saturada tecnológicamente. Este objetivo por humanizar la vida y dignificar el espacio era compartido por aquella morisca que a 'poqueta nit' realizaba arabescos con el agua de su regadera en el suelo de tierra de la barraca, refrescando la temperatura con la alianza de la brisa y dando una tierna bienvenida a su marido después de la jornada en el campo. Un arte sin pretensiones para un gozo efímero que se desvanece al instante, seguramente una esencia compartida con la fiesta que nos reúne estos días a mediodía en la plaza mayor.
Hoy tenemos nuevas 'barracas' a nuestro alcance, si nos lo proponemos.
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:: DAMIÁN TORRES

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