Los intensos ojos azules de Vicente desprenden mucha tristeza. Lleva varios años entre la calle, los albergues y las habitaciones de alquiler. Se alimenta gracias a Casa Caridad. Como los usuarios de la posguerra española, hace cola a las puertas de la sede, en el Paseo de la Pechina, para llenar el estómago. Las circunstancias que le han llevado a acudir a la entidad valenciana son diferentes a las de las personas que acudían al mismo lugar hace seis décadas. Han cambiado las caras, los nombres y la nacionalidad. Pero comparten la misma necesidad: el hambre. A Vicente, valenciano de 48 años le acribillan los problemas de la crisis económica aunque su gran pesadilla es otra, el alcohol.
Este usuario de Casa Caridad lleva años luchando contra la bebida. Por su culpa ha perdido a su mujer y a sus dos hijas, a las que ve con menos frecuencia de lo que le gustaría. Con el tiempo, ha ido distanciándose de todos sus allegados. Tiene varios hermano, pero no mantiene el contacto con ellos. Los amigos fueron desapareciendo poco a poco. Se ha quedado solo. Ni siquiera están ahí para ofrecerlo un cigarrillo, dice Vicente.
El consumo de alcohol le llevó también a perder su empleo, como conductor de taxis. Ahora, no encuentra trabajo en ningún sector.
En la actualidad cobra 420 euros de paro, pero la ayuda se le agota en abril. Hasta que llegue ese momento, puede pagar los 150 euros que le cuesta alquilar la habitación de una vivienda compartida en Valencia.
El gran reto de Vicente es ahora superar su adicción a la bebida y salir de la crisis económica. Los trabajadores sociales de Casa Caridad le atienden y escuchan. Lo que más desea este valenciano es conseguir un trabajo que le ayude a retomar su camino.








