Verdugos voluntarios del mercado de la privacidad

BORJA BERGARECHE

Si el servicio es gratuito, el producto somos nosotros. Lo sabíamos desde Internet Año Cero, pero llevamos dos décadas sacrificando nuestra privacidad en el altar de la modernidad, cual verdugos voluntarios del lado más sagrado de nuestras vidas. Ahora, el escándalo por el atropello masivo a los datos personales de millones de “amigos y familiares” en Facebook por la empresa Cambridge Analytica va a reducir las asimetrías del mercado imperfecto en el que se compra y se vende nuestra vida digital. Facebook -y por contagio Google, Youtube o Amazon- está perdiendo la batalla de la propaganda. Estas empresas nacieron con el objetivo de hacer negocio publicitario mediante la acumulación –más forzosa que consensual- de data de sus usuarios. A la vez que mantenían sus algoritmos dentro de una caja negra, ejercían de maestros de la seducción ante una opinión pública fascinada por el revestimiento benigno que les daban lemas como el “Don´t Do Evil” (no hagas el mal) con el que nació Google.

En esta batalla por las conciencias, las filtraciones de Edward Snowden en 2013 supusieron una primera gran crisis de credibilidad. El escándalo destapó que los gigantes de Silicon Valley y las telecomunicaciones habían habilitado una puerta trasera a los servicios secretos para espiar ilegalmente nuestras actividades digitales. La inesperada victoria de Donald Trump en noviembre de 2016 situó a Facebook (también a Google y Youtube) en un incómodo lugar al que nunca quisieron llegar: el de la responsabilidad ética, legal y política por los contenidos que fluyen por su plataforma. El manto del “don´t do evil” se terminó de resquebrajar. Y ahora Cambridge Analytica, empresa que bajo una impostada denominación académica elevó a su máxima expresión el negocio que el propio Zuckerberg ideó en Harvard, ha venido con la factura.

Facebook ha publicado esta semana doce ofertas de empleo para lobistas en Washington, en preparación de la esperada comparecencia de Zuckerberg en abril en el Capitolio. Pende sobre la compañía la sombra de una nueva investigación de la Comisión Federal de Comercio (FTC en inglés), que ya en 2011 exigió a la red social –con escaso poder de disuasión- mayor transparencia en su política de privacidad. Facebook ha anunciado una “transparencia publicitaria sin precedentes”. Pero, como denuncian numerosos expertos, no hacen más que presentar con rostro compungido medidas a las que, en cualquier caso, estarían obligados por la entrada en vigor en mayo del nuevo Reglamento General de Protección de Datos de la UE.

La reacción de los usuarios-ciudadanos ha sido una súbita adquisición de conciencia de eso de “el producto eres tú”. Hagan la prueba si no de descargar los datos que Facebook o Google Maps almacenan de cada uno de ustedes. Es sorprendente el entusiasmo con el que hemos aceptado, hasta ahora, compartir nuestros datos a cambio de servicios gratuitos. Yo lo seguiría haciendo, por ejemplo, para aceptar una publicidad de calidad a cambio de servicios o contenidos. Pero la pasividad con la que como consumidores hemos dado el consentimiento a la cesión de datos a aplicaciones que succionaban nuestras vidas digitales, como Facebook, es otra cosa. El precio de vivir al margen de ellas es, todavía, demasiado elevado. Pero el desequilibrio en el mercado imperfecto de la privacidad se está corrigiendo.

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