Manipular la temperatura contra el cambio climático

Erupción de un volcán en Islandia.
Erupción de un volcán en Islandia. / Efe
Investigación

La geoingeniería es una tecnología que suma seguidores a pesar de las voces que alertan de sus efectos secundarios

JOSÉ A. GONZÁLEZMadrid

Cerca de 175 países firmaron a mediados de abril un acuerdo histórico para sellar la lucha contra el cambio climático e impedir que la subida de la temperatura media de la Tierra alcance los 2º centígrados y continuar los esfuerzos para limitar ese aumento en 1,5ºC.

El pasado mes de marzo, la temperatura media de la superficie del planeta volvió a rebasar la barrera de 1ºC sobre los valores mensuales habituales, algo que ya ocurrió el pasado mes de febrero (1,10ºC), según el Instituto Goddard para Estudios Espaciales (GISS, por sus siglas en inglés) de la NASA.

Marzo de 2017 es el octavo mes en que la Tierra se calienta un grado más de lo normal en un registro histórico que comprende 1.647 meses a lo largo de poco más de 137 años. Por ello, reducir las emisiones, los gases de efecto invernadero, desarrollar una política de energías renovables o una economía más verde son los temas en la agenda medioambiental de los países firmantes de los Acuerdos de París.

Aunque, el avance de la tecnología y las pruebas en laboratorio han vuelto a llevar a la vida política a la geoingeniería. La academia británica de ciencias, en una publicación de 2009 dedicada a este concepto, lo define como "manipulación intencional a gran escala del clima planetario para contrarrestar el calentamiento global".

«La expulsión de toneladas de azufre a la estratosfera por la erupción de un volcán bajó la temperatura»

Precisamente, las universidades de Reino Unido y Estados Unidos son las más activas en potenciar este método de estudio. A pesar de ello, el pasado mes de octubre Naciones Unidas destacó en un informe firmado por el Doctor Phillip Williamson que "la eficacia de la geoingeniería es incierta y que al reducir la escala de un problema, se crearían otros nuevos".

Este término se ha vinculado, especialmente, a la búsqueda de la reducción del dióxido de carbono atmosférico como la plantación de árboles o ideas más hollywodienses como la creación de una nave espacial con un paraguas solar. Aunque, por el momento, las propuestas no han sido del todo exitosas.

Toneladas de CO2 al día

Una de las más recientes tiene su origen al norte de Vancouver (Canadá). David Keith, profesor de Física de la Universidad de Harvard y ferviente defensor de las teorías de la geoingeniería, desarrolló la planta Carbon Engineering. Este proyecto pretende capturar dióxido de carbono de la atmósfera a ritmo de una tonelada al día. Mediante una reacción química se crea una solución purificada de CO2 para usar combustibles poco contaminantes.

Esta iniciativa, financiada por el gobierno de Columbia del Norte y por grandes mecenas como Bill Gates, sigue con su andadura pero, como ha reconocido su fundador, "no reduciría la cantidad total de dióxido de carbono, sino que no la aumentaría".

Todas las miradas y esfuerzos están centrados en rebajar la temperatura de la superficie. Científicos del Centro de Excelencia ARC para la Ciencia del Sistema Climático de la Universidad de Melbourne (Australia) afirman que las temperaturas globales podría romper en 2026 la barrera de 1,5ºC respecto a la era preindustrial.

Del gusto de Trump

Esta alerta que ha llegado al otro lado del Pacífico y la Administración Trump, dispuesta a abandonar 'París', mira con gusto la geoingeniería. En concreto, la herramienta de Gestión de la Radiación Solar y su solución: la inyección de moléculas de base de azufre en la atmósfera superior para crear partículas que reflejen la luz solar hacia el espacio.

La última iniciativa, también planteada por David Keith, ha recaudado cerca de 6,5 millones de euros. El proyecto del profesor incluye el uso de aviones equipados con motores militares capaces de insuflar a la atmósfera pequeñas gotas de ácido sulfúrico. Las aeronaves volarían a 20 kilómetros de altura y liberarían las moléculas de azufre, que se combinarían con el vapor de agua para convertirse en aerosol de sulfato, finas partículas de menos de un micrómetro de diámetro.

«La mayor línea roja es la Convención de Ginebra, que prohibe manipular el clima con fines hostiles»

Dichas partículas se dispersarían -según los estudios de Keith- por todo el globo y reflejaría alrededor del 1% de la luz del sol que llega a la Tierra. La otra variante es pulverizar partículas desde barcos o plataformas similares para producir nubes de bajo nivel que tengan la misma función.

Estas pruebas se basan, según sus defensores, en el propio funcionamiento de la Tierra. En 1991, la erupción del volcán Pinatubo (Filipinas) expulsó unos 10 millones de toneladas métricas de azufre a la estratosfera. Análisis posteriores demostraron que la temperatura mundial disminuyó de media 0,5ºC durante un par de años.

Por el momento, la geoingeniería tiene una línea roja infranqueable y es la Convención de Ginebra de 1976, que prohibe manipular el clima con fines militares u otros fines hostiles.

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