Las Provincias

Los drones pondrán multas, nos traerán la comida y localizarán a delincuentes

Un dron.
Un dron. / lp
  • En España ya vuelan 35.000 aeronaves no tripuladas

Piloto de dron. Cualquier empresa de prospección que se precie sitúa esa profesión a la cabeza de las más demandadas para un futuro más o menos inmediato. Las posibilidades de los aparatos no tripulados se antojan infinitas. Si ahora su uso civil se circunscribe a la fotografía y el cine, con incursiones puntuales en campos como la seguridad, la construcción o la pesca, a medio plazo se habla de una auténtica revolución. Si hacemos caso a los entusiastas de la tecnología, los drones se encargarán prácticamente de todo: desde llevar la compra a casa a transportar mercancías de uno a otro continente pasando por la detección de plagas en la agricultura, la imposición de multas o la persecución de delincuentes. Forzando un poco la máquina, puede que hasta terminen reemplazando a los motoristas que ahora reparten las pizzas a domicilio.

Pero antes de hacer cábalas sobre el futuro, materia siempre resbaladiza, conviene echar un vistazo al presente. El ingeniero Fernando Linares, fundador de la empresa Sqadrones y uno de los mayores especialistas en aeronaves pilotadas de forma remota (RPA en sus siglas en inglés), ha sido siempre un apasionado del aeromodelismo y ha seguido la evolución de los drones desde su nacimiento. Como muchas otras tecnologías, internet sin ir más lejos, los RPA fueron concebidos con fines militares. "Al principio -explica el ingeniero- se utilizaron sobre todo para la observación y el espionaje, pero a medida que se fueron perfeccionando se descubrieron sus posibilidades para lanzar ataques contra objetivos concretos".

Fueron los conflictos bélicos, en efecto, los que pusieron al corriente a la mayor parte de la población de la existencia de máquinas de matar que eran pilotadas por control remoto. "Hay drones militares que son capaces de estar volando hasta 48 horas sin parar: se lanzan desde Estados Unidos, cruzan el Atlántico, llevan a cabo su misión en África y luego regresan a su base". El próximo reto de la industria militar pasa por lograr naves que sean capaces de combatir entre ellas o contra aviones pilotados. "De momento hay un desfase de tiempo entre la acción y la reacción que ha hecho fracasar todas las tentativas, pero seguro que lo terminan consiguiendo", vaticina el ingeniero Linares. Los ejércitos, en especial los de EE UU y China, los dos países que más lejos han llegado en el desarrollo de los RPA, los utilizan también con otros fines: "Cuando una unidad va a tomar un población o una casa se envían antes pequeños drones para que inspeccionen el terreno y localicen la posición de los posibles enemigos".

El tránsito de lo militar a lo civil es relativamente reciente. Algunas empresas intuyeron que la idea podría tener una buena acogida y se apresuraron comercializar drones de pequeño tamaño que al principio solo tenían fines recreativos. Los profesionales de la imagen no tardaron en adaptar cámaras a los ingenios volantes y descubrieron una herramienta de incalculable valor para su trabajo. Los drones les permitían prescindir de grúas en los rodajes y evitaban el costoso alquiler de avionetas o helicópteros para las tomas aéreas. "Hasta los fotógrafos de bodas se hicieron con un aparato para poder ofrecer imágenes captadas desde el aire", sonríe el ingeniero Linares. Fue la empresa china DJI la que dio en la diana al lanzar un modelo, denominado Phantom, que era a la vez asequible (unos 1.500 euros) y fácil de manejar. "El Phantom ha revolucionado el mercado, se importó como juguete y en España se habrán vendido más de 30.000 unidades", sostiene Linares.

Fotos en fincas privadas

A medida que engrosaba el parque de drones de uso civil, la Administración iba tomando conciencia de los problemas que su proliferación podía plantear. A los derivados de la violación de derechos como el de la intimidad -hubo denuncias por la irrupción de aparatos con cámaras de fotos en propiedades privadas- se sumaban los de la seguridad del tráfico aéreo. El Gobierno tomó cartas en el asunto y aprobó el pasado julio un decreto provisional que establecía una serie de restricciones para el uso de las aeronaves. La regulación establece en primer lugar que todo aquel que quiera manejar un dron debe tener o bien licencia de piloto (valen las de planeador, globo o ultraligero) o bien superar un curso específico en un centro homologado por Aesa (Agencia Estatal de Seguridad Aérea), el organismo dependiente del Ministerio de Fomento que controla los RPA.

La norma ha caído como un jarro de agua fría entre los profesionales de la imagen que se habían acostumbrado a trabajar con drones. Todos se han tenido que apuntar a uno de los 38 centros ATO, una suerte de autoescuelas para volar, donde se consigue la licencia. "El curso no es fácil, son entre 50 y 60 horas de clases presenciales para superar el teórico, las mismas que para pilotar una avioneta", explica Linares, que es alumno de la primera promoción. El precio, añade el ingeniero, oscila entre los 1.000 y los 6.000 euros en función del centro elegido y el aspirante debe además pasar el mismo examen médico que se exige a los pilotos, que tiene un coste de 160 euros. Aesa no tiene constancia de cuántos alumnos hay apuntados, aunque Linares calcula que sobrepasarán el centenar. "Casi todos son fotógrafos u operadores de cámara que necesitan el dron para su trabajo, pero también hay aspirantes de las fuerzas de seguridad". Las aeronaves no tripuladas, que ya vigilan buena parte de la frontera entre Estados Unidos y México, son la alternativa idónea para el control de zonas como el Estrecho.

La licencia no es la única restricción que impone la nueva norma. Salvo autorización expresa, los drones no pueden sobrevolar zonas habitadas, lo que excluye su utilización en las ciudades. Además, tampoco pueden sobrepasar los 110 metros de altura ni alejarse más 500 metros del piloto, limitaciones extremadamente severas si se tienen en cuenta sus prestaciones. «Es como si con un Ferrari solo te dejasen circular a 40 por hora», se lamenta Linares, cuyos drones son capaces de alejarse hasta 70 kilómetros del piloto y volar a más de tres kilómetros de altura.

El permiso y la prohibición de uso en ciudad han tenido un impacto directo en las ventas. En una gran superficie estiman que desde el verano han caído a la mitad. A los interesados en adquirir un dron, indican desde el mismo centro comercial, se les entrega una hoja que detalla los requisitos legales que deben cumplimentar para su uso. "Algunos están al corriente de la nueva normativa, pero la mayoría de los que la ignoran se echan atrás al conocerla". Las restricciones han tenido también un impacto en el terreno profesional. "Uno de los encargos más frecuentes -observa el dueño de Sqadrones- es analizar el estado de fachadas, un trabajo que con la prohibición del uso en ciudad se ha complicado mucho. Para obtener ahora una autorización hay que hacer hasta un estudio de seguridad cada vez que echas a volar el aparato y eso nos va a restar competitividad".