Un mes sin Nathaly

La joven valenciana Nathaly Salazar, en un selfi en Perú tomado antes de su desaparición. / LP
La joven valenciana Nathaly Salazar, en un selfi en Perú tomado antes de su desaparición. / LP

La búsqueda de la valenciana muerta en Perú se extiende a las montañas con la colaboración de un centenar de indígenas | La policía sospecha que la joven mochilera pudo ser enterrada por los detenidos e incorpora perros adiestrados y drones al rastreo

Juan Antonio Marrahí
JUAN ANTONIO MARRAHÍValencia

Tamara Salazar mira su teléfono móvil y recuerda el último contacto que mantuvo con su hermana a través de mensajes de teléfono. «Me había contado que pasó muy bien la Nochevieja con sus amigos en el hostal Pariwana de Cuzco. Encaraba feliz el nuevo año, llena de ilusión, como era ella... Yo le envié vídeos de nuestras mascotas, un perro y dos gatos que ella adoraba». A partir de ahí, el silencio más amargo. La brecha. Nathaly Salazar no volvió a responder.

Fue el 2 de enero. El día que se perdió su rastro. Hoy se cumple justo un mes de la desaparición de la joven mochilera valenciana de 29 años que presuntamente murió en un accidente de tirolina en Perú. Es, al menos, la versión de dos jóvenes vinculados con la atracción que admitieron deshacerse de su cuerpo. Con los sospechosos en prisión preventiva, una confesión repleta de contradicciones y una búsqueda del cadáver infructuosa, el caso sigue manteniendo en vilo a sus padres, desplazados a Cuzco, y a las dos hermanas de la víctima.

En las últimas dos semanas se ha peinado la mayor parte del río Vilcanota-Urubamba, donde los sospechosos dicen que lanzaron el cuerpo. Sin resultado. Policía y equipos especiales han rebuscado en la malla de filtrado de una presa. Nada. Tras los fuertes aguaceros de principios de año ha bajado el caudal y los pescadores están sobre aviso ante cualquier hallazgo. «Ya no nos creemos que la lanzaran al río», reflexiona Tamara desde Valencia. «Sospechamos que ocultaron el cuerpo para que no se sepa la verdad y así no haya pruebas en su contra, quizá porque fue un caso criminal y no un accidente, como dicen».

Grupos de indígenas de Perú se organizan con la policía para una batida en busca del posible enterramiento de Nathaly Salazar.
Grupos de indígenas de Perú se organizan con la policía para una batida en busca del posible enterramiento de Nathaly Salazar. / LP

El fiscal del caso y la policía «también piensan que podría estar enterrada en vez de sumergida, pues es muy extraño que el río no haya devuelto el cuerpo a la superficie». De hecho, en los últimos días ha comenzado una búsqueda terrestre en las montañas del distrito de Maras. Junto a policías y especialistas de montaña, participan más de un centenar indígenas, algunos de la zona en la que vivían los dos jóvenes detenidos. Es su manera de mostrar solidaridad y respeto hacia los padres de Nathaly, Marcelo y Alejandra.

Ellos, sobreponiéndose al dolor, se desplazan día tras día a las riberas del Vilcanota o a las empinadas montañas. Peinan el terreno y siguen de cerca los trabajos con una sóla esperanza: «Recuperar el cuerpo de mi hermana», remarca Tamara. «Jamás descansarán hasta no encontrarla. Queremos tenerla con nosotros y no nos planteamos un funeral sin ella».

Una familia rota

El trastoque para la familia valenciana va más allá del mazazo anímico. Marcelo ha pedido vacaciones en la empresa de Valencia en la que trabaja como gruista. Alejandra, empleada del hogar, ha dejado de percibir ingresos para entregarse a la búsqueda de su hija, pero cuenta con la confianza y comprensión de que las personas para las que trabaja le mantendrán el puesto. Y mientras, Tamara, de 27 años, ha tenido que dejar su empleo en Barcelona para cuidar en Valencia de Lizeth, la pequeña de las tres hermanas. Al mismo tiempo, se ha erigido en portavoz de la familia.

«No nos creemos que la lanzaran al río. Ocultaron el cuerpo para que no se sepa la verdad»

Los Salazar buscan, en primer lugar, a Nathaly. Y después, «justicia». Y temen no recibirla cuando los dos jóvenes detenidos sean juzgados de aquí seis meses. «Les podría caer de tres a seis años de cárcel si se considera que la muerte fue accidental, pero con buena condena estarían fuera en un año más o menos», lamenta. De Nathaly les queda su móvil roto y la riñonera vacía que le quitaron los delincuentes. Sus pertenencias en el hostal donde se alojaba han sido donadas por sus padres a un hospital de Cuzco.

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