Las Provincias

Crímenes marcados por el polvo blanco

Levantamiento de los cadáveres de las tres víctimas de Francisco Planells en Castellar, el 28 de octubre en 2011.
Levantamiento de los cadáveres de las tres víctimas de Francisco Planells en Castellar, el 28 de octubre en 2011. / JESÚS SIGNES
  • La droga que tomó el homicida de Chella está presente en asesinatos múltiples como los de Castellar, Tuéjar o Elche

Un gramo de cocaína y ocho botellines de cerveza. Esto es lo que Francisco Planells admitió haber consumido antes de matar a tres de sus vecinos, incluido un niño, y herir a otros dos. Además del caso de Chella, la cocaína está presente en los crímenes más sangrientos de la historia reciente de la Comunitat, como el descrito en Castellar o terribles matanzas como las de Tuéjar o Elche.

El pasado 28 de octubre se cumplió media década del horror sembrado por Planells en la pedanía valenciana. La supuesta neblina que el polvo blanco y el alcohol generaron en su voluntad no le libraron de una sentencia contundente por la barbarie: 69 años de prisión por tres asesinatos.

El 19 de noviembre de 2001, el pequeño municipio valenciano de Tuéjar se sumió en el dolor. José Rubio era cocainómano y asegura que consumió antes de desatar a la bestia. Además, según declaró ante la jueza, había discutido con su mujer por los problemas económicos que atravesaban.

Su esposa cosía ante la tele y sus tres hijos dormían cuando apareció armado con un cuchillo. María Pilar recibió 21 puñaladas por la espalda. Los menores quedaron a su merced. Sara, la mayor, fue la última en morir. Sin embargo, la sentencia que le condenó a 65 años de cárcel no considera que esa noche su voluntad estuviera especialmente anulada por la coca. Cuatro años después, Rubio se quitó la vida en una prisión de Álava.

José Macía había contraído deudas. Era consumidor habitual de alcohol y cocaína e incluso había recibido tratamiento para desintoxicarse. El 13 de abril de 2005, tras una recaída, se convirtió en el asesino de Elche. El autor de uno de esos crímenes cuyo recuerdo marcan con la desgracia el nombre de una ciudad.

Se marchó de copas con un amigo, consumió coca y cuando regresó a casa la emprendió a mazazos con su familia. Murieron su esposa Asunción, de 34 años, y sus dos hijos de seis y dos. Tras el crimen, lavó la maza, se perfumó y siguió la juerga. Según el fiscal, cometió el crimen «por vergüenza al recaer». El propio Maciá se definió en el juicio como «un hombre que volaba por la cocaína y el alcohol».