En Venecia no se atraca

En Venecia no se atraca

El Gobierno italiano restringe la entrada de grandes cruceros a la ciudad, asediada por la visita de cerca de 30 millones de turistas cada año

ICÍAR OCHOA DE OLANO

Supongan que abren la puerta de su casa y un elefante se cuela hasta la cocina. Cada vez que un crucero penetra en la delicada ciudad de las góndolas y en algunos de sus canales más angostos se hace de noche, los venecianos sienten ese pequeñismo paralizante. No quieren pensar en las devastadoras consecuencias de una mala maniobra, como la que hizo naufragar al 'Costa Concordia' al oeste del país hace apenas seis años; pero tampoco quieren soportar el reguero contaminador que excretan esas ciudades flotantes; ni el desembarco de su carga, a razón de 15.000 turistas de golpe. La población menguante de la capital de Véneto -a Marco Polo sólo le quedan ya 55.000 vecinos en ejercicio- lleva años plantando cara a los Goliat del mar y, aunque la batalla no está cerrada, el último 'round' es para David.

El Gobierno que lidera Paolo Gentiloni ha decidido restringir la entrada de grandes cruceros a Venecia. El Ministerio de Infraestructuras y Transportes acaba de aprobar un plan para alejar a estos mastodontes de la coqueta y vapuleada perla del Adriático, y propiciar así que la Serenísima no deje de serlo del todo. La aplicación de la medida será gradual, de manera que el tránsito de los gigantes de acero, a menudo bastante más altos que los propios edificios de la ciudad, se extinga en los próximos tres años frente a la emblemática plaza de San Marcos. La ruta alternativa les llevará, a través del paso de Malamocco, hasta el puerto de Marghera, en la localidad vecina de Mestre, donde deberán atracar.

La nueva norma afecta a las embarcaciones de pasajeros que superen las 55.000 toneladas. En 2014, el Ejecutivo central ya tomó una medida similar, si bien más tímida, al vetar el acceso a los navíos que excedieran las 96.000 toneladas. Pese al avance, la decisión ministerial no ha satisfecho las demandas de los venecianos más combativos. El comité No A Las Grandes Naves recogió 18.000 firmas el pasado mes de junio para que la laguna fuera declarada totalmente libre de cruceros y que estos fueran desviados hasta el puerto de Trieste. Desde ahí, quien quisiera visitar Venecia debería hacerlo por tierra. Esgrimen como razones de peso la ingente polución que generan los cruceros, su abrumadora capacidad de transporte de turistas y, sobre todo, el desastre del 'Costa Concordia', que inoculó en la ciudad el miedo a que algo similar pueda ocurrirles.

El desastre del 'Costa Concordia', ocurrido hace seis años, planea sobre sus 55.000 vecinos

Alertado por el «preocupante» aumento del tráfico de cruceros en Venecia, que se han disparado de 400 en 2005 a más de un millar en la actualidad, la World Momuments Fund (WMF), la organización independiente más importante de las dedicadas a la protección del patrimonio internacional, destacó este caso sobre los casi 70 a considerar. Ya en 2013 lo calificó de «dramático».

Un millón por cada atraque

Con 30 millones de visitantes al año y una marea que periódicamente anega sus calles y pudre peligrosamente sus cimientos, Venecia urge varios planes de choque para no morir de éxito ni desaperecer bajo las aguas inquietas del Adriático. De todas las opciones posibles, la más improbable parece, precisamente, la que anhelan los paisanos más beligerantes de Casanova y Vivaldi. Prohibir el acceso de todos y cada uno de los cruceros, como pretenden, supondría un tajo mareante a sus ingresos. Barcelona, el cuarto destino preferido de los cruceristas, solo superado por tres enclaves de Florida, en los Estados Unidos, ingresa en torno a un millón de euros, entre facturación directa y efectos indirectos, con cada embarcación de esas características que amarra en su puerto. Así lo calculó hace un par de años el Laboratorio de Transferencia en Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona para un estudio sobre el volumen de negocio que generan estos navíos.

A sabiendas de su poder generador de riqueza allá por donde pasan, el sector de los cruceros no parece inquietarse lo más mínimo con la nueva política anunciada por el Gobierno italiano. En declaraciones a este periódico, un portavoz de la Cruise Lines International Association-Asociación Internacional de Líneas de Cruceros (CLIA) dijo ayer acoger «con satisfacción la medida, ya que cumple un doble objetivo compartido por nosotros: proteger a largo plazo el patrimonio de Venecia y asegurar el futuro de la valiosa economía de cruceros de Venecia y del Adriático». La mayor agrupación del mundo de navieras de recreo parece así aceptar las rutas alternativas planteadas para evitar el paso de los megabarcos junto al Palazzo del Giglio y al que Napoléon llamó el «salón de estar más bonito de Europa». Pero, eso sí, insta a las autoridades del país a que hagan sus deberes y «den los pasos necesarios para ello con la mayor celeridad» antes de que les cierren el Gran Canal.

cruceros atracan cada año en la capital del Véneto. Se estima que cada uno de estos colosos contamina el equivalente a 14.000 automóviles.

Venecia se debate entre morir de éxito o anegada. Los vientos y las corrientes marítimas empujan al Adriático a adentrarse periódicamente en la plaza de San Marcos y convertirla en una piscina. El fenómeno, aún imparable, pudre los cimientos de la ciudad.

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