Primer año en la Casa Blanca: verdades y mentiras de Donald Trump

Hace hoy justo un año, Trump jura sobre dos ejemplares de la Biblia que sujeta su esposa, Melania, en su toma de posesión frente al Capitolio de Washington ante sus hijos y diversas personalidades. / AFP
Hace hoy justo un año, Trump jura sobre dos ejemplares de la Biblia que sujeta su esposa, Melania, en su toma de posesión frente al Capitolio de Washington ante sus hijos y diversas personalidades. / AFP

El egocéntrico magnate no ha defraudado a quienes apoyaron su programa aislacionista, antiinmigración y de recortes sociales y medioambientales. Tampoco los temores de quienes veían en él una amenaza para la estabilidad mundial

MERCEDES GALLEGO

Se acabó el periodo de gracia, ya no queda margen para deseos bienaventurados. Donald Trump es lo que es, un presidente irreverente y atorrante dispuesto a sacudir el mundo sin contemplaciones. Durante su primer año de gobierno ha hecho de la política estadounidense un gran 'reality show' que promete seguir acaparando titulares en los tres que le quedan de mandato. Quienes quisieron creer que sus provocaciones eran parte del guion para ganar las elecciones se han dado cuenta de que nunca cambiará. No hay esperanza de que la sobriedad del cargo imponga la cordura. Ni de que los generales que lo rodean le metan en vereda. Casi 63 millones de estadounidenses le pusieron en la Casa Blanca precisamente para que Trump fuera Trump, un revulsivo para EE UU y para el mundo del que deja constancia su primer año.

Para un narcisista clínico como Trump no hay más culto que el de su propio ego, frágil e inseguro por definición. Su religión es ganar. Y ganar a lo grande, su megalomanía no tiene límites. Las multitudes que le aclamaron durante su investidura tenían que ser las mayores de la historia, aunque para ello hubiera que fabricar «hechos alternativos», la marca de su presidencia en la era de la posverdad.

Se alimenta de la admiración ajena y para eso necesita reducir continuamente los méritos de su antecesor y convencer a sus devotos seguidores de que es el único que cumple las promesas electorales. El mejor, el más grande, el gran salvador. Les necesita más que ellos. La victoria de noviembre de 2016 fue agridulce porque Hillary Clinton obtuvo casi tres millones de votos más que él. Desde entonces su obsesión es ganar la reelección con una victoria irrefutable. La realidad paralela que ha impuesto puede instalarse en el imaginario colectivo, pero los votos se cuentan y dependen de sus bases. Con ellas ha demostrado tener un instinto sobrenatural para conectar con sus bajas pasiones: America First es una versión nacional de ese Trump egoísta que sólo piensa en él, incapaz de sentir empatía con los que sufren.

El veto a los musulmanes

La primera orden ejecutiva de Barack Obama fue para acabar con el secretismo de la era Bush. La segunda, para impedir que sus propios colaboradores utilizaran el cargo como puerta giratoria para suculentos empleos de lobistas. La tercera, para acabar con las torturas. La cuarta, para cerrar Guantánamo. Su primera ley, la Lilly Ledbetter, garantiza la igualdad de salarios entre hombres y mujeres.

Donald Trump ya se ha reunido con Rajoy, May y Merkel.

En la primera semana de gobierno Trump también cumplió algunas promesas electorales, por este orden: erosionar la ley de reforma sanitaria, revisar las protecciones medioambientales, reforzar la seguridad fronteriza, amenazar con retirar fondos federales a las ciudades santuario que protegen a inmigrantes y prohibir temporalmente la entrada en el país a los ciudadanos de seis países musulmanes y permanentemente a los refugiados sirios. Ninguno de los países afectados ha engendrado terroristas en EEUU, pero el argumento de que con ello se protege la seguridad nacional engancha en una sociedad dominada por el miedo y la islamofobia.

El veto a los musulmanes que ese 27 de enero desató el caos y generó protestas masivas en los principales aeropuertos del país resultó en la detención de 700 pasajeros que ya estaban de camino. Mas de 60.000 visados fueron revocados, sin consideración a quienes viajaban para reunirse con sus familiares, estudiantes que volvían de vacaciones o colaboradores del Ejército estadounidense en Irak o Afganistán bajo amenaza. En tres días los tribunales recibieron casi 50 denuncias. Sería un juez del Estado de Washington el primero en prohibir al Gobierno de forma cautelar que siguiera aplicando una medida que causaba «daño irreparable». El 9 de febrero el Noveno Circuito de Apelaciones le dio la razón, después de escuchar atentamente los argumentos de ambas partes. Dos jueces más suspenderían en marzo la segunda versión de la orden ejecutiva, a la que siguió una tercera, más 'descafeinada', en septiembre. Esta vez el Supremo ha permitido que se aplique parcialmente hasta que escuche los argumentos de viva voz y tome una decisión definitiva. Para hacerla «políticamente correcta», en palabras del propio Trump, se ha incluido en el veto a dos países no musulmanes, Venezuela y Corea del Norte.

Tras el poder absoluto

Trump rabiaba. ¿Cómo era posible que siendo presidente no pudiera hacer lo que le viniese en gana? Los tribunales se convertirían en su peor enemigo, después de la Prensa. El cuarto poder ha perseverado en su irritante costumbre de desmontar falsedades y filtrar secretos. El judicial, en poner freno al Ejecutivo y al Legislativo, de acuerdo a la separación de poderes que al magnate se le escapa. «Tengo derecho absoluto a hacer lo que me dé la gana con el Departamento de Justicia», dijo a 'The New York Times' el mes pasado, en una improvisada entrevista durante el postre en su mansión invernal de Mar-a-Lago.

Por ese mismo principio de monarca absoluto, a los diez días de asumir el poder despidió a la fiscal general en funciones Sally Yates y el 9 de mayo al director del FBI James Comey, una decisión histórica que propició el nombramiento de un fiscal especial para la trama rusa. Muy probablemente, el peor error de su presidencia.

El mayor éxito es, quizás, el que pasa más desapercibido, a pesar de tener consecuencias más trascendentales. Apenas diez días después de ser investido, Trump ya había elegido al juez Neil Gorsuch para el Supremo, un cargo vitalicio que inclina a su favor la balanza de un tribunal de mayoría conservadora ante el que acabarán todas sus decisiones más polémicas. En solo un año ha nombrado a 12 jueces vitalicios de tribunal de apelaciones, frente a los 55 que eligió Obama en ocho años. Otros seis están en proceso de ser aprobados por el Senado y quedan 143 vacantes a nivel federal, dado el obstruccionismo que sufrió el Gobierno anterior.

Más inquietante fue su repentina decisión, el 10 de marzo, de despedir a 46 fiscales federales, entre ellos a Preet Bharana, que como fiscal del distrito sur de Nueva York investigaba a Trump Organization y a su ex jefe de campaña Paul Manaford por posible lavado de dinero. Para reemplazarlo ha elegido a Geoffrey Berman, socio de su amigo y exalcalde neoyorquino Rudy Giuliani y contribuyente de su campaña. Los otros 47 fiscales federales habían dimitido o las plazas estaban vacantes, así que el mapa está en blanco para que el presidente diseñe el legado judicial de EE UU a su imagen y semejanza. El magnate incluso ha tomado la inusual decisión de entrevistar personalmente a los candidatos para las plazas más importantes, algo que todos los presidente anteriores evitaban para preservar la independencia judicial. «Crea la apariencia de que intenta influirlos inapropiadamente, cuando los fiscales deben de ser leales a la Constitución, no al presidente», se escandalizó la senadora Dianne Feinstein.

Bajo la sombra de Trump, el Departamento de Justicia amenazó a la multinacional AT&T con bloquear su fusión con Times Warner Cable según la ley de libre competencia si no se deshacía de CNN, la cadena de noticias a la que el presidente fustiga diariamente. El gigante de comunicaciones ha aceptado el órdago y se verá con este organismo gubernamental en los tribunales, pese a que económicamente CNN es muy prescindible en una fusión de 85.000 millones de dólares. Es también un aviso para Jeff Bezos, el fundador de Amazon, que ha financiado el despegue de 'The Washington Post', un periódico que ha publicado la mayor parte de las revelaciones sobre la trama rusa.

La impulsividad de Trump le hace sin duda un presidente distinto. El periodista Michael Schmidt no tuvo que solicitar una entrevista a través del gabinete de comunicación de la Casa Blanca, pese a trabajar para «el fracasado 'The New York Times'», según le recordó Trump. Le bastó con estrecharle la mano, adularle y dejarle hablar durante 30 minutos. «El presidente cree que es su mejor portavoz», explicó el periodista. «De inmediato empezó a venderme el éxito de la reforma fiscal que había firmado la semana pasada. Yo estaba convencido de que cuánto más hablase más cómodo se sentiría y más posibilidades tendría de entrevistarlo».

Eso mismo le pasó a Lester Holt, que consiguió para NBC la entrevista que puede condenar a Trump por obstrucción a la Justicia. Horas después de haber despedido al director del FBI James Comey, el propio presidente desmontó ante su cámara la cuidadosa tapadera que había preparado la Casa Blanca al decir que lo que tenía en mente no eran las recomendaciones de sus asesores sobre la incompetencia de Comey, sino «la cosa rusa esa».

Un mundo de caprichos

Gobiernos de todo el mundo han aprendido a tratar con el nuevo presidente de EE UU, al que, según el autor del libro 'Fire and Fury', Michael Wolff, sus colaboradores ven como a un niño caprichoso y despótico cuyos deseos tratan de anticipar. No solo porque se ha hecho instalar un botón rojo en su escritorio para que le traigan una Coca Cola Light cada vez que lo pulse -doce al día, según 'The New York Times'- o porque acaba la jornada comiendo hamburguesas con patatas fritas en la cama delante de la tele, sino porque no hay manera de que lea algo que no lleve fotos, gráficos a colores y preferiblemente su nombre en cada párrafo.

Arabia Saudí se ganó su primera visita al extranjero con una presentación muy inmobiliaria en la que exponía sucintamente sus méritos económicos y los palacios en los que podría alojarse durante la visita. Francia, con el desfile militar del 14 de julio. Gran Bretaña, con una invitación para jugar al golf en el palacio de Balmoral, en el limbo por no haber podido garantizarle que no habrá manifestaciones de protesta. Los países menos democráticos han tenido más éxito en acomodar sus despóticos caprichos. Tras devolverle los cumplidos admirando sus zapatos, Trump prometió a Abdel Fatah al-Sisi que visitará Egipto. La Casa Blanca prolongó a última hora la gira por Asia para que disfrutase un día más en Filipinas de la hospitalidad de Rodrigo Duterte, un presidente al que admira porque parece estar cumpliendo con su promesa electoral de acabar extrajudicialmente con todos los traficantes del país.

Trump ha demostrado debilidad por todos los dictadores que sepan adularle. Vladimir Putin se ha encargado de alabar en público su «impresionante» victoria electoral, sus «serios logros» y la «confianza que demuestran tener en él los inversores». Trump le llamó para darle las gracias por este último cumplido. Pese a todo, la nueva relación entre Rusia y EEUU no ha dado los frutos que se esperaban en la escena internacional, donde el fin de la Guerra Fría podía haber propiciado el de la guerra civil en Siria. Putin sabe adularle pero no está dispuesto a grandes concesiones geopolíticas.

Trump también ha tenido encuentros con el presidente chino y su esposa, Vladimir Putin y con el príncipe saudí Mohammed bin Salman

En Siria, Trump se permitió hacer la mayor demostración de fuerza de su mandato. El 7 de abril, con el presidente chino sentado a su mesa en Mar-a-Lago, Trump anunció que 59 misiles Tomahawk habían hecho blanco en la base de Shayrat, desde la que tres días antes se había lanzado un ataque químico contra población rebelde de la provincia de Idlib. Mataba así tres pájaros de un tiro: callaba a quienes le acusaban de ser blando con Rusia -a pesar de que este país fue informado previamente para que retirase sus aviones-, demostraba a Xi-Jinping que no dudará en utilizar la fuerza contra «el Hombre Cohete», Kim Jong-un, con quien mide el tamaño de sus «botones» nucleares, y recibía el aplauso de la comunidad internacional, frustrada con que Obama no cumpliese su amenaza de castigar a quien violara la línea roja humanitaria. La asesora de seguridad nacional Dina Powell, a la que Ivanka Trump reveló lo que importan a su padre las fotografías, le convenció de hacer algo que elevaría su popularidad. «Ahora que los números de Obama están en picado, verás cómo lanza un ataque a Libia o Irán», tuiteó Trump en 2012. La estrategia funciona: según una entrevista de CBS, el 57% de los estadounidenses aprobó aquel ataque. Una peligrosa enseñanza para un presidente sin escrúpulos.

El ataque a Shayrat fue poco más que un golpe de efecto -los aviones sirios volvieron a despegar pocos días después de la base-, como su anuncio en Miami para endurecer las penas contra quienes viajen de turistas a Cuba -Delta sostiene que sus vuelos van al 70% de capacidad-. Lo que realmente costará vidas es la decisión de reconocer a Jerusalén como la capital de Israel. El traslado de la embajada acabará de incendiar el polvorín de Oriente Medio.

Caza al inmigrante

Si los «preciosos» niños sirios conmovieron al mandatario para tomar represalias contra Bashar al-Assad, los hispanos no encontraron compasión alguna. En agosto se convirtió en el primer presidente que no espera a que haya sentencia ni a terminar el mandato para conceder un indulto. El sheriff Joe Arpaio, que ha dedicado su vida a dar caza a los hispanos de Arizona incluso contraviniendo una orden judicial, se libró de ir a la cárcel por actuar al margen de la Justicia gracias al perdón de Trump. Días después el presidente ordenó el fin del programa de Acción Diferida para la Llegada de Niños (DACA, por sus siglas en inglés), devolviendo así a la ilegalidad a los 700.000 jóvenes que llegaron de niños a EE UU de la mano de sus padres. Desde entonces los usa para negociar con los demócratas una ley migratoria que financie su prometido muro en la frontera mexicana, para el que ha pedido 18.000 millones de dólares. México, por supuesto, no ha aceptado contribuir. Como los demócratas se niegan a pagar por el rescate de los llamados 'soñadores', el Gobierno de Trump le ha ido sumando rehenes: 200.000 salvadoreños acogidos tras los terremotos de 2001, 57.000 hondureños damnificados por el huracán 'Mitch' en 1999, 46.000 haitianos del apocalíptico seísmo de 2010, 9.000 nepalíes del terremoto de 2016... A partir del año que viene, los agentes migratorios irán a buscarlos. Solo en los primeros cien días del Gobierno de Trump detuvieron a 41.300 inmigrantes indocumentados, lo que representa un aumento de casi el 40% con respecto al año anterior.

Medio ambiente en riesgo

Para llegar al poder Trump prometió a los mineros que les devolvería sus empleos; a los 'cowboys' del Oeste, tierra federal para que pastasen los ganados y a las empresas energéticas, abrir las perforaciones de las costas. Los empleos del carbón no han vuelto, pero las instalaciones solares, que se habían disparado durante los últimos cinco años, han caído un 22%. Los parques nacionales han sufrido la mayor reducción de la historia, las tierras federales están abiertas a las perforaciones, al igual que las costas del Atlántico y el Pacífico, el oleducto de Keystone XL tiene luz verde, como el de Dakota que atraviesa las tierras sagradas de los indios. La Agencia de Protección Medioambiental (EPA), dirigida ahora por un fiscal de Oklahoma que trabajaba con las petroleras y había prometido destruirla, ha eliminado las regulaciones más recientes para limitar las emisiones de metano, dióxido de carbono, deshechos tóxicos de carbón y la protección de los arroyos, entre otras muchas. Prácticamente cada semana hay un paso atrás en la protección medioambiental, pero todos quedan opacados por la decisión del 1 de junio de abandonar los acuerdos de París. Desde entonces EE UU es, junto con Siria, el único país que se desmarca de este esfuerzo global por proteger el planeta. «Me eligieron para representar a los ciudadanos de Pittsburg, no a los de París», anunció desafiante.

La economía remonta

Al planeta puede no gustarle la desregulación de Trump, pero Wall Street y la industria lo celebran desbocados. Desde que ganó las elecciones el índice de Dow Jones ha batido 94 récords y los inversores extranjeros compran acciones al mayor ritmo registrado desde 2012. Durante el primer trimestre de su mandato la economía creció a un ritmo del 1,2%. Para final de año se había fortalecido hasta el 3,2% y ahora el Fondo Monetario Internacional proyecta un crecimiento revisado del 2,2% para 2017, en comparación al 1,5% de 2016. Es la segunda mayor expansión del G7, alentada por el más importante recorte de impuestos desde los años 80, que ha reducido el gravamen de sociedades para las grandes empresas del 35% al 21%.

El desempleo ha pasado del 4,8% al 4,1%, la cifra más baja desde el año 2000, gracias a la creación media de 175.000 empleos al mes -por otro lado, la cifra más baja de los últimos siete años-. Algunos economistas recuerdan que Trump llegó al poder con una economía saneada tras los estímulos de Barack Obama, que partía de una tasa de paro de casi el 10%. El magnate ha vuelto a hacer un buen negocio al llegar a la presidencia durante la tercera mayor expansión económica de la historia, que si se mantiene batirá a mitad de año el récord de Bill Clinton en los noventa. Una medalla que Trump no dudará en tuitear.

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