El triunfo de la cerveza en la Guerra Civil

Anuncio de cerveza de los años 30 (Archives New Zealand, Flickr CC BY 2.0)./
Anuncio de cerveza de los años 30 (Archives New Zealand, Flickr CC BY 2.0).
Gastrohistorias

Esta bebida se popularizó inmensamente durante la contienda, pese a su escasez, tanto en Madrid como en los frentes de guerra

Ana Vega Pérez de Arlucea
ANA VEGA PÉREZ DE ARLUCEAMadrid

En España se consume actualmente más cerveza que vino, pese a que durante muchísimo tiempo la primera se consideró una bebida floja y propia de extranjeros. Al contrario que en el norte de Europa, donde fue siempre el refresco propio de la clase trabajadora y popular, la cerveza no comenzó a despuntar en nuestro país hasta finales del siglo XIX de la mano de la fabricación industrial a gran escala. Descubrimientos científicos como la pasteurización y la fabricación de hielo permitieron acercar al gran público urbano esta bebida, que se consumía especialmente durante los meses de verano. Moritz, Damm, La Estrella de Gijón, El Águila Negra o Mahou comenzaron su producción en la segunda mitad del XIX enfrentándose a la feroz competencia de otros refrescos hasta entonces muchísimo más conocidos como la horchata, la limonada o el agua de cebada.

Tímidamente la cerveza empezó a asomar la patita en cafés, tabernas y merenderos, muchos de ellos gestionados por las mismas fabricas cerveceras, pero no despegó hasta los años 30 y especialmente durante la Guerra Civil, cuando se convirtió en rubio objeto de deseo para la mayoría de los españoles. Pese a las dificultades de comunicación y la falta de materias primas, en el Madrid de 1937 se elaboraban diariamente cincuenta y dos mil litros de cerveza que se dividían entre la destinada al consumo en bares o cervecerías y la que se enviaba directamente al frente. La mayoría de las fábricas fueron requisadas y administradas por organizaciones obreras y alguno hubo (tal y como cuenta un artículo de la revista Estampa del 3 de julio de 1937) que destinaba su producción íntegra a calmar la sed de los soldados del ejército republicano. Los bares de campaña servían de refugio y consuelo a los militares y allí bebían, cuando les llegaban desde la capital, bocks de cerveza a poca distancia de la línea de fuego.

Mientras, en Madrid surgía una verdadera pasión por el dorado líquido, con colas de horas y horas frente a los pocos establecimientos que seguían expendiendo cerveza de grifo. Los carros de reparto, que salían a primera hora de la mañana de las fábricas cerveceras, eran habitualmente seguidos por un numeroso público que esperaba pacientemente a que se hiciese una parada, se rellenasen los barriles y se subieran las persianas del bar. La pasión por la cerveza llegaba a veces a extremos violentos, con altercados y peleas por ser el primero en mojarse los labios. «A gritos, atropellándose, alocadamente a veces, terminando otras a bofetadas o estacazos, los bebedores de cerveza de Madrid liban el líquido preciado marchando inmediatamente al establecimiento más próximo para terminar la tournée». Cuando el alboroto se descontrolaba los camareros llamaban a la policía o se negaban a seguir despachando hasta que se restableciera la paz.

Con pocos medios y a falta de cebada, lúpulo, malta, carbón o electricidad, los productores de cerveza hacían lo que podían para seguir alimentando el ansia popular. Desde el consejo obrero de una fábrica de la época respondían en septiembre de 1937 que ya que sus instalaciones no podían ponerse al servicio de la guerra, lo mínimo era «que sean los soldados y no los que pierden el tiempo haciendo cola los que maten su sed». La posguerra, el racionamiento de materias primas y la autarquía franquista ocasionaron después de la guerra el cierre temporal o permanente de la producción, que sólo se empezó a recuperar a finales de los 50.

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