«Sólo con el perdón me liberé de todo»

Daniel Pittet.
Daniel Pittet. / R.C.

Daniel Pittet fue violado por un cura entre los 9 y los 13 años. Se reunió con su verdugo 44 años después y lo cuenta en un libro. «Sufrí pero soy libre. Él nunca lo será y acabará en el infierno»

ANTONIO CORBILLÓN

Daniel Pittet se acostumbró a ser violado cada día entre los 9 y los 13 años «como un perro se acostumbra a su caseta». De forma metódica y casi diaria, hasta convertirlo en rutina. En la sacristía después de ejercer como monaguillo, en los baños del colegio, en el convento o en casa de su verdugo, el padre Joël Allaz. Un capuchino que durante años fue el capellán de todos los adolescentes que ayudaban en la Iglesia suiza francófona. Casi medio siglo después, Pittet recorre Europa para presentar su testimonio, que ha recogido en el libro 'Le perdono, padre'. Un texto crudo y sin concesiones. Pero «necesario, precioso y valiente», como resume el Papa Francisco en el prólogo.

Daniel lo tuvo todo en contra, pero «me mantuve de pie». Una familia parental rota. Un ambiente en el que nadie habría creído la palabra de un niño frente a uno de los mejores oradores de su tiempo en un púlpito. El hermético manto de plomo del clero. Sobrevivió a lo qué él llama «mi explosión psíquica». A dos intentos de suicidio. Necesitó 20 años para reunir fuerzas y afrontar todo aquello.

Mientras, Joël Allaz continuó su doctrina ritual de destrucción de menores a su cargo, incluso minusválidos. «Calculo que pudo abusar de unos 150», resume Pittet. No es de extrañar que el Papa Bergoglio se pregunte en el prólogo del libro «¿Cómo puede haber consagrado su vida a llevar a los niños a Dios, y acabar en cambio devorándolos en lo que yo mismo he llamado un 'sacrificio diabólico', que destruye tanto a la víctima como la vida de la Iglesia?».

Francisco: «¡Hasta qué punto llega el mal en el corazón de la Iglesia!»

El Papa Bergoglio conoció a Daniel Pittet en 2015 cuando viajó a Roma para presentar un libro al que Francisco le invitó a cambiar el título. Le aconsejó que se titulara 'Amar es darlo todo'. «Usted y yo nos parecemos en algo. Somos hombres de fe», le dijo el Pontífice en aquel primer encuentro. Un impulso que logró que se distribuyeran casi 100.000 ejemplares durante una audiencia de los miércoles en San Pedro.

Pero la cabeza de la Iglesia vio en este hombre algo más. Advirtió su combate diario y logró que le contara su historia. «El Papa fue el motor del libro. Me empujó a sacar fuera esta historia y que le ayudara en su lucha de 'tolerancia cero' con la pederastia».

Con firma y fecha autógrafa situada en el 6 de diciembre de 2016, 'Le perdono, padre' se abre con el prólogo del Obispo de Roma en el que resume en dos páginas y media su discurso directo, su mentalidad de jesuita de acción. «Me hace feliz que otros puedan leer hoy su testimonio y descubrir hasta qué punto puede entrar el mal en el corazón de un servidor de la Iglesia», escribe Bergoglio. El Papa argentino recuerda, a través del relato descarnado de Daniel, a las «víctimas que han llegado incluso al suicidio». Y asegura que «esos muertos pesan sobre mi corazón, sobre mi conciencia, y sobre toda la Iglesia». A todos ellos, «humildemente, les pido perdón».

La complicidad entre ambos es tal, que Pittet afirma que una vez que se jubile (lo hará el 5 de julio) «me dedicaré a hacer cosas para el Papa». La primera será el diseño del emblema de la próxima Jornada Mundial de la Juventud, convocada en Panamá en 2019.

Aunque lo parezca, la historia de Daniel Pittet no es otra más de pederastia oculta en la Iglesia católica que regresa para ajustar unas cuentas impagables décadas después. La convierte en extraordinaria el decidido apoyo del Papa, que conoció su historia y le invitó a escribir su drama. «Mi texto iba a ser un testamento para mis hijos. No pensaba hacerla pública. Pero él me empujó».

Pero, sobre todo, la hace única el esfuerzo de su autor por perdonar a quien destruyó su vida. Una redención que le llevó a reunirse con este capuchino hace unos meses, 44 años después de la última agresión. A sus 76 años, Allaz vive sus días en una residencia religiosa. Nunca mostró arrepentimiento alguno. A su psicólogo le confesó una vez que era «un pederasta perverso» y que «quizá tengo que aceptar la idea de que nunca conoceré las causas de esta desviación».

- ¿Cómo afrontó ese reencuentro?

- Cuando le vi me sentí impresionado por su deterioro. Sentí piedad. Hasta le llevé chocolate de Friburgo (Suiza) y lloró. Creo que sufre más que yo. Irá al infierno y su vida está en su final. Está destrozado, pero antes destrozó a muchos niños.

Una de las cosas que más huella dejaron a Daniel en esa entrevista no fue volver a mirar a los ojos al hombre que le agredió «más de 200 veces en esos cuatro años», sino «lo perturbador de comprobar que un tipo que no parece gran cosa haya podido cometer crímenes semejantes».

Un gigante frágil

Hoy, Daniel Pittet considera que ha logrado torcer el volante de un destino cruel. Es un hombre de 58 años que aún se siente frágil, «cada día es un nuevo combate», a pesar de un físico imponente de 1,92 de altura. Le queda un mes para jubilarse de su trabajo como bibliotecario en Friburgo. Le esperan su mujer, Valérie, y la crianza de sus seis hijos, la mayoría todavía en edades adolescentes. La viveza de sus ojos azules acompaña a unas manos enérgicas. Todo es gesto y temple comunicador. Parece más latino que suizo. Donde antes hubo un silencio cómplice que le hizo sentirse invisible, ahora hay presentaciones públicas de su relato dentro del seno de la propia Iglesia, como la que protagonizó ayer tarde en Madrid acompañado por el presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Valladolid, Ricardo Blázquez.

Al principio se sintió como la punta de un iceberg que nadie quiere que salga a flote. Ahora, apoyado en la promesa de «tolerancia cero» del Vaticano, recuerda a todas las víctimas que desde muchos países le escriben y consultan que, «al contrario que en la vida civil, en la Iglesia no existe la prescripción y hay que perseguir los abusos hasta el final». Y a sus gestores les insiste en que «un pedófilo es un enfermo pero sus superiores jerárquicos no lo son».

- El Papa Francisco está muy determinado con esta lucha. ¿Cree que le acompaña el resto de la Iglesia católica?

- Él sí, pero no creo que todos los obispos. Cuando se empezó a publicar todo, uno de mi país me dijo que «lo único cierto de los periódicos son las esquelas». Este obispo murió y me tocó gestionar sus honras fúnebres... Descubrí que tenía tres hijos.

Su «máquina infernal», como él todavía la llama, empezó en julio de 1968. Tiene 9 años y el padre Joël Allaz, que le toma bajo su tutela consciente de la debilidad de su madre, le promete que le enseñará un mirlo en el convento. «Vengo a ver un pájaro que habla. Y bruscamente, el capuchino mete su mano en mi pantalón». Esa «liturgia, su propia misa», se repetirá durante cuatro años hasta que la tía abuela de Daniel sospecha y pone fin a la relación. Pero sin denunciar nada ni a nadie.

Se acaba justo cuando Allanz, al que atraen sólo los menores antes de su pubertad, pensaba 'cedérselo' a otro sacerdote, un «enseñado» (eufemismo habitual) como él. «Me había dado el nombre de mi futuro verdugo, un sacerdote que se ocupaba de los chicos púberes. Yo era su objeto, y me había consumido hasta el final», relata en 'Le perdono, padre'.

Es la prueba de la rutina y de la impunidad más absoluta. De un comportamiento tan corriente como los maitines de un convento. Hasta niveles insólitos. «Ese cura es todavía el de mi parroquia -revela-. Es primo de Joël. Cuando te da la mano, te la acaricia».

Como en un espejo

Esa pesadilla física se acaba pero no el vía crucis psíquico de un muchacho para el que «todo se queda bloqueado durante veinte años». Pero la misma Iglesia que le destruyó inicia su resurrección. Sin familia a la que acudir ni recursos, ingresa en el convento de Einsiedeln, que se convierte en un refugio para «un zombi» al que le permiten entrar y salir en función de sus estados de ánimo. A pesar de que «mi fe nunca se ha perdido», llega un tiempo en el que no soporta el encierro monacal: «Me genera unas angustias que no domino, es como si me encontrara al borde del vacío, y el vacío es la muerte», dice en su texto.

Su vida alcanza una nueva dimensión al decidir fundar junto a su mujer, Valérie, una familia con la que encauza la normalidad de la que nunca tuvo. Su pasado, encriptado durante 20 años, regresa en la Pascua de 1989. Los sospechas sobre la vida bipolar del padre Joël Allaz se repiten en todo el cantón de Friburgo. El obispado vuelve a extender su manto de ocultación. Durante un encuentro pastoral, los ojos de Pittet se cruzan con los de un niño. Es Thibault. «Este pequeño no se encuentra bien; está allí, frente a mí. Me devuelve, como un reflejo, algo propiamente mío cuando tenía su misma edad. Me reconozco en él», escribe en su libro. Le hace la pregunta clave para descubrir que «¡su violador es el mío!».

Este encuentro y una Iglesia cada vez más dispuesta a perseguir los abusos le llevaron a convertirse en un abanderado para limpiar las diócesis. Aunque muchos curas le retiraron la palabra.

- ¿Cuál fue su principal temor al dar este paso?

- Denunciar es caer por segunda vez. Asumir la visibilidad del maltrato. Si no tuviera claro que ahora me creían habría muerto.

Durante los años 90, Pittet inicia un trabajo similar al que cuenta la película 'Spotlight' sobre los abusos en la Iglesia de Boston (EE UU). Revisa todos los anuarios diocesanos y busca a los curas a los que cambiaban de parroquia cada poco tiempo. El propio padre Allaz fue enviado a Grenoble (Francia). Desde allí se atreve a enviarle una carta de disculpa, lacónica y torpe, en 2004.

Para entonces toda Europa está despertando y tomando conciencia del horror que se ha cometido en el fondo de habitaciones oscuras, dormitorios sórdidos, todos muy cerca de los púlpitos.

Cuando decide dar el paso y escribir su libro encuentra la oposición frontal de su mujer. «¿Has pensado en tus hijos?». El más pequeño, Édouard (12 años), le dará la respuesta. Encontró el borrador de su padre. Lo leyó en una noche. «A la mañana siguiente me dijo: 'Papá, eres extraordinario. Yo te querré siempre'».

Cuando se le pregunta por qué aceptó ver a su agresor a finales de 2016, Daniel Pittet se acuerda de Juan Pablo II cuando visitó a Ali Agca en 1983, dos años después de que le disparara en la Plaza de San Pedro del Vaticano.

- ¿Qué aporta un encuentro así a víctima y verdugo?

- Son buenos para las dos partes. A las víctimas nos pueden parecer monstruos, pero hay que humanizarlos. Y el verdugo puede reconsiderar lo que ha hecho.

- ¿Perdonar libera?

- Mucho. Te abre una ventana al sufrimiento del otro. No quita que perdones para que no olvides.

«Hoy en día soy libre». Con esta frase finaliza su libro.

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