Sobrevivir a un suicidio

Sobrevivir a un suicidio

El hijo de Cecilia se quitó la vida y ahora ella lidera una asociación de apoyo La psicóloga denuncia la elevada cifra de 10 casos al día en España y el juicio social que sufren los más cercanos a la víctima

AZAHARA VILLACORTA GIJÓN.

Un día de finales del invierno, a Cecilia Borrás se le rompió la vida. Estaba trabajando cuando sonó el teléfono. Era su marido, que quería saber si tenía noticias de su hijo Miquel. La novia del chico le había dicho que habían discutido y no conseguía localizarlo. Y, en ese momento, ella recordó el pitido que a media mañana había emitido su móvil. Tras él, había un mensaje: «T'estimo molt, a tu i al papa, ho sento pel que faré». Así que se puso en lo peor, un presagio que le nubló el pensamiento y terminó por cumplirse.

«Miquel tenía 19 años y murió por suicidio de una forma totalmente inesperada, sin que hubiera habido avisos previos. Ninguna sospecha. Nada», cuenta esta psicóloga que los siguientes dos años vivió «en estado de shock», obligándose a salir a la calle. Al principio, un cuarto de hora, con gafas de sol, ella que habitaba en la oscuridad: «La vida después del suicidio es tremendamente dura. Al principio, resulta casi inaguantable. Hay momentos que piensas que no vas a poder continuar. La soledad lo ocupa todo y hay un sentimiento de abandono terrible».

Ese día de finales de marzo, cuando Miquel -un chaval vital y con amigos que estudiaba diseño gráfico, hacía grafitis, no fumaba, no bebía y soñaba con hacer un interrail- decidió terminar con todo, a Cecilia le saltaron por los aires todos los esquemas y tuvo que aprender a vivir con la rabia, la culpa, la pena y con cientos de preguntas que ya nunca tendrán respuesta. Por qué, por qué, por qué. Y luego, el silencio.

«Nunca lo sabremos», dice esta catalana de voz dulce pero firme al otro lado del teléfono, porque «un suicidio no se supera». «Te quedas con una cicatriz. Hay una señal en tu cuerpo que sabes que hay días que te va a doler y te tienes que dar permiso de que duela. Te quedas con una marca indeleble y con los prejuicios» que aún rodean a la que es, con diferencia, la primera causa de muerte no natural en España. Un país en el que, oficialmente, se registraron 3.602 muertes por suicidio en 2015, el último año con datos del INE. Un periodo en el que se quitaron la vida 2.680 hombres y 922 mujeres.

«Estamos antes un grave problema de salud. En España, tenemos un promedio de diez suicidios al día. Una cifra escandalosa», carga Borrás, que denuncia que, «sin embargo, el suicidio te expone a un juicio social que provoca un sentimiento de vergüenza. Te convierte en sospechoso. Hay muchos mitos, tabúes y creencias, como que, por contarlo, vas a provocar que mucha gente tenga la misma idea o que es un acto de cobardía o, al contrario, de valentía, cuando no es ninguna de las dos cosas. Es un bloqueo de la mente en el que percibes que no puedes con la situación». Así que, un día, tras darse cuenta de que no había nadie a quien acudir que entendiese lo que sentía porque hubiese pasado por lo mismo, la catalana sacó fuerzas de donde no las tenía y fundó Después del Suicidio-Asociación de Supervivientes, la primera institución en España dedicada a amparar a los familiares que sobreviven a un drama a menudo silenciado, hoy con un centenar de socios repartidos por todo el país, de sur a norte.

Por tanto Borrás reclaman «un plan nacional similar al que ya existe para las víctimas de accidentes de tráfico, que ha funcionado». Un plan que, de paso, evite las desigualdades entre comunidades, que han desarrollado distintos protocolos regionales». Así que, a falta de que llegue ese ansiado plan que permita trabajar en prevención y coordinar los recursos sanitarios con el sistema educativo o las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, ella continúa con su labor de ayuda en la asociación.

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