El sioux de piedra

El rostro de Caballo Loco otea el horizonte desde lo alto de las montañas sagradas. / AFP

Una familia lleva 70 años esculpiendo a Caballo Loco en un monte de Dakota para rendir homenaje al gran jefe indio

IRMA CUESTA

Korczak Ziolkowski andaba pensando a qué dedicaría su existencia cuando, un buen día de 1939, recibió una carta que le cambiaría la vida. La misiva, firmada por Henry Oso Erguido, un viejo jefe indio lakota que por entonces vivía en la reserva Pine Ridge de Dakota del Sur, le hablaba del deseo del pueblo sioux de levantar una inmensa escultura en memoria de Caballo Loco en la cordillera de las Black Hills. Contrariados porque los rostros pálidos habían dejado en manos de Gutzon Borglum el encargo de labrar en el monte Rushmore, en el corazón de las montañas que los lakotas consideran sagradas, las efigies de cuatro presidentes de Estados Unidos, estaban decididos a contraatacar. Oso Erguido escribió: «Los otros jefes y yo queremos que el hombre blanco sepa que los pieles rojas también tenemos grandes héroes».

Ziolkowski se tomaría su tiempo antes de responder. Siete años después de haber recibido la carta, a su regreso de la Segunda Guerra Mundial, el artista decidió aceptar un encargo que comenzó en solitario y que a su muerte, décadas después, su mujer, hijos y nietos, tratan de completar.

Los presidentes vecinosCatorce años (entre 1927 y 1941) le bastaron al escultor Gutzon Borglum para esculpir en el granito del Monte Rushmore (Dakota del Sur) los rostros de George Washington, Thomas Jefferson, Theodore Roosevelt y Abraham Lincoln. Eso sí, el artista contó con la ayuda de 400 hombres. Situado a apenas 13 kilómetros de la esfigie de Caballo Loco, cada cabeza mide 18 metros de altura. Fue declarado monumento nacional en 1925.

Dicen que los sioux eligieron a Caballo Loco de entre todos sus jefes porque el líder de los oglala personifica todo lo bueno de su raza. Convertido en héroe el día que logró someter al ejército del general Custer en la famosa batalla de Little Bighorn junto a Toro Sentado, sobraban razones para que fuera su rostro el que oteara desde lo más alto de la montaña. El guerrero que se lanzaba contra el enemigo al grito de «¡Hoka Hey!» («¡Hoy es un buen día para morir!»), representa para esta tribu de nativos americanos dos de sus virtudes más preciadas: para ellos, Cabellos Largos (como le conocían los nativos), es el paradigma del indio valiente y el estratega imbatible.

Dicen también, que Korczak inspiró su diseño en una historia que había escuchado sobre la respuesta que Caballo Loco dio a un comerciante blanco que se había burlado de él porque se negaba a mudarse a la reserva en la que habían sido recluidos la mayoría de los lakotas. Cuando el comerciante le preguntó: «¿Dónde están tus tierras ahora?», el guerrero miró al horizonte y, señalando con el dedo por encima de la cabeza de su caballo, contestó con orgullo: «Mis tierras están donde yacen mis muertos».

Es por eso que en 1948, cuando el escultor norteamericano de origen polaco se puso manos a la obra, ya tenía claro que su escultura representaría al jefe de los sioux oglala subido en su corcel y señalando, con la melena al viento, las montañas sagradas.

Para entonces, Korczak y Oso Erguido ya habían acordado cuál de aquellas imponentes masas de roca serviría para modelar la figura: un pico de 200 metros de una montaña situada a 2.050 metros sobre el nivel del mar y al que el artista, en vista de las extrañas formaciones nubosas que habitualmente se ciernen sobre el lugar, bautizó como Thunderhead Mountain (Montaña del Trueno).

Sin apenas recursos, sólo ante semejante encargo, Ziolkowski hizo explotar la primera carga de dinamita el 3 de junio de 1948 logrando eliminar poco más de diez toneladas de roca de los aproximadamente 8,4 millones que se extraerían entre aquella fecha y 1994. Aquel día frente a la montaña se congregaron cientos de indígenas, incluidos nueve supervivientes de Little Bighorn.

741 escalones

Korczak construyó 741 escalones para ascender hasta la cumbre y poder trabajar obteniendo la energía que necesitaba para su martillo neumático de un viejo compresor de gasolina. Cada vez que aquello se paraba, el hombre bajaba los 741 escalones y volvía a ponerlo en marcha. Ruth, su viuda y una de las personas que, junto a los responsables del Crazy Horse Memorial velan por mantener vivo el proyecto, ha contado que Korczak batió su propia marca el día que realizó nueve viajes de ida y vuelta. «Ciertamente, no podía darse el lujo de tener a alguien atendiendo el compresor, pero eso deja patente su gran resistencia y determinación».

Ruth dice también que es imposible saber cuándo podrán terminar el trabajo que hoy realiza su familia recogiendo el testigo de su marido. «Hay muchas variables en juego, como el estado del tiempo, la crudeza de los inviernos y la financiación. Lo que de verdad importa es que seguimos avanzando hacia la consecución de nuestro objetivo final». En cualquier caso, los Ziolkowski, que hace tiempo que decidieron que el monumento se financiaría con los tickets que se cobran por visitarlo y las donaciones de particulares, parecen decididos a seguir adelante. Tras la muerte del patriarca en 1982 (nunca llegó a ver el rostro del indio terminado), casi toda la familia está implicada. Mientras fueron pequeñas, las niñas ayudaban a su madre a vender boletos y a atender a los visitantes mientras los chicos se encaramaban a la montaña con su padre. Y es que, el deseo de Ziolkowski no era solo construir la que será la mayor escultura en una montaña del mundo (la cabeza mide 26,7 metros de alto y 18 de ancho y la estatua ecuestre, con su brazo izquierdo extendido, 172 metros de alto por 195 de largo), sino levantar un gran complejo para albergar el Museo Indígena de América del Norte, el Centro Cultural Nativo-Americano e, incluso, la Universidad Indígena de Norteamérica.

Hoy, siete de los diez hijos del escultor, y buena parte de sus nietos, han cogido el testigo. A su lado, la Fundación Dakota echa el resto tratando de conseguir apoyos para que un día la imagen del gran jefe indio vele por los descendientes de su tribu, y honre la memoria de los caídos.

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