Estrepitoso fracaso, soberbia lección

Lla torre Agbar de Barcelona./Reuters
Lla torre Agbar de Barcelona. / Reuters
ANTONIO PAPELL

Barcelona ha sido eliminada de la carrera por la Agencia Europea del Medicamento en la primer vuelta: las tres ciudades finalistas han sido Milán, con 25 puntos, y Ámsterdam y Copenhague, que han logrado 20 puntos cada una. Barcelona ha conseguido 13.

Barcelona reunía todas las condiciones para convertirse en la localización idónea de la Agencia Europea del Medicamento, y era al mismo tiempo la sede preferida por los trabajadores de una institución que sale del Reino Unido por causa del ‘brexit’. Se le había buscado una residencia singular y espectacular, el edificio de la torre Agbar diseñado por Jean Nouvel. Barcelona posee, además, un tejido tecnológico y farmacéutico de gran calidad, que hubiera arropado a la Agencia con competencia y eficacia.

En realidad, hasta el estallido del conflicto catalán, el Gobierno español confiaba casi ciegamente en que le había llegado la oportunidad a España de hacerse con una de las grandes agencias europeas. En Bruselas, existía clima propicio para que se colmara esta aspiración. Pero nadie contaba entonces con que tuviéramos que vivir el colosal disparate del soberanismo rampante, declarando a medias una república independiente y obligando al Estado a aplicar medidas constitucionales excepcionales.

Tras el proceso sedicioso, el resto podía ser fácilmente imaginado: resultaba difícil de imaginar que la Unión Europea fuera a premiar a la capital de Cataluña después del espectáculo denigrante que ha prodigado, que prodiga todavía, el nacionalismo que Puigdemont personifica y ridiculiza en el corazón de Europa. Por añadidura, y para añadir los últimos leños al fuego, la alcaldesa de Cataluña, Ada Coláu, que ha mantenido en todo momento una actitud ambigua y condescendiente con el soberanismo, rompía con el PSC días antes del fallo, con lo que desaparecía el anclaje que vinculaba al gobierno de la capital catalana con el constitucionalismo y engendraba un clima de clara inestabilidad municipal.

El precio que los catalanes (y también los demás españoles) han de pagar por esta aventura absurda es, está siendo, muy alto. El prestigio de la democracia padece por tantas sinrazones sucesivas y ya no sólo las empresas radicadas en Cataluña huyen de la inseguridad jurídica: la confianza de la comunidad internacional en nuestro país se ha agrietado. Cataluña ha cosechado un estrepitoso fracaso y Europa nos ha dado una soberbia lección. Habrá que ver si el pueblo de Cataluña y sus líderes políticos la han aprendido convenientemente.

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