Las Provincias

Los fabricantes de refrescos y comida procesada, en la picota

Los fabricantes de refrescos y comida procesada, en la picota
  • Les acusan de maniobrar como un 'lobby' para desvirtuar las investigaciones que ponen en solfa sus productos, como acostumbraba a hacer la industria manufacturera del tabaco

Apostada ante una estantería del supermercado, Mari Carmen analiza etiquetas con el ceño fruncido, compara productos y duda. Se lo toma muy en serio, al fin y al cabo es una madre responsable y está en juego la salud de sus hijos. Su cerebro procesa datos como una computadora: ¿Cuál tiene menos azúcar? ¿Y más fibra? ¿Tiene vitaminas, y con qué letra? ¿Es integral? ¿Qué aditivos lleva? ¿Usa aceite de colza, de coco, de oliva...?, y si es así, ¿es refinado, virgen, virgen extra? ¿Tiene grasas saturadas, insaturadas, poliinsaturadas o, Dios no lo quiera, trans? ¿Cuántas calorías aporta? ¿Es 'light', 'sin', 'cero', 'bajo en', 'bio'? ¿Y cómo anda de sal? ¿El colesterol, lo sube o lo baja?, y aún más importante, ¿es del bueno o del malo? ¿Me decido por éste, que es artesano, o por ese otro elaborado al modo tradicional? ¿Tiene suplementos? ¿Y por qué diablos la letra es tan pequeña? Dudas, todo son dudas.

Mari Carmen es una víctima más de una estrategia sabiamente planificada, largamente perfeccionada y hábilmente ejecutada para que el consumidor se pierda en un laberinto de recomendaciones nutricionales confusas y contradictorias, sepultado bajo un alud de estudios que hoy dicen una cosa y mañana la contraria. Un mundo con dos mil millones de gordos libra una batalla encarnizada por una alimentación más sana, enfrentándose a intereses económicos que no dudan en utilizar campañas de desinformación, tácticas de distracción y camuflaje, quintacolumnistas y traidores a la causa. ¿Cosas de conspiranoicos? No lo crean.

En los últimos cinco años, Coca-Cola y Pepsi Co financiaron a un centenar de organizaciones nacionales de salud de Estados Unidos, algunas tan prestigiosas como la Sociedad Americana contra el Cáncer, la Asociación Americana de la Diabetes, los Institutos Nacionales de la Salud, los Centros para la Prevención y el Control de Enfermedades y hasta organizaciones como Save The Children. Esta realidad fue desvelada hace unos días por un equipo de la Universidad de Boston en la revista 'American Journal of Preventive Medicine', que además explicó cómo, en 29 ocasiones, ambas multinacionales presionaron para obstaculizar iniciativas públicas enfocadas a mejorar la salud del consumidor. Por otro lado, poco antes, otro estudio publicado en 'JAMA' reveló que el llamado 'lobby del azúcar' pagó incluso a científicos de la Universidad de Harvard para que señalaran a la grasa como el gran culpable de las enfermedades cardiovasculares, diluyendo el papel destacado que juega el azúcar en estas patologías. Para los denunciantes, estas actuaciones recuerdan a las practicadas por la industria tabaquera durante décadas para esconder los efectos dañinos del tabaco.

Una conclusión sospechosa

El divulgador de temas de nutrición Luis Jiménez, autor de 'Lo que dice la ciencia para adelgazar' y 'La guerra contra el sobrepeso', se topó hace un tiempo con una curiosa noticia ampliamente destacada en los periódicos e informativos españoles: «Comemos 800 calorías menos que hace cuatro años», rezaba el titular, y detallaba: «Los españoles ingieren menos calorías que en los años 60 pero tienen más sobrepeso». Algunos medios optaban por otro flanco de la misma información: «El sedentarismo es más culpable de la obesidad de los españoles que la dieta». Su obsesión por destapar qué esconden los estudios científicos que indagan en la alimentación le llevó a bucear en éste, firmado por la Federación Española de Nutrición. Sus sospechas quedaron pronto confirmadas. «La influencia del sedentarismo en el sobrepeso está sobradamente demostrada, así que a este respecto, novedad, poca», explica. Más grave era la conclusión que se hacía sobre el consumo de calorías, que se apoyaba en un estudio observacional con «muy poca evidencia científica», realizado «sobre una muestra limitada» y con metodología «muy discutible». «Algunos resultados eran simplemente imposibles, y absolutamente incongruentes con el hecho objetivo de que la obesidad en España no para de crecer». ¿Por qué -se preguntó- una investigación tan poco fiable y con resultados tan dudosos recibía tan destacado tratamiento informativo? Al escarbar un poco, Jiménez descubrió que el estudio había sido financiado por Coca-Cola. Nada ilegal, por supuesto, pero «¿quién financiaría estudios independientes que muy probablemente ofrezcan resultados negativos sobre sus productos?». La multinacional sería, en cambio, la primera beneficiada en transmitir que el ejercicio compensa los efectos perjudiciales de los alimentos excesivamente azucarados.

La financiación de supuestas investigaciones «sin rigor científico, poco concluyentes e interpretadas con mucha libertad e imaginación» es una práctica habitual, alerta Jiménez. Detrás de titulares como «el consumo moderado de cerveza puede ser positivo para algún tipo de diabetes» o «una investigación desmonta el mito de la barriguita cervecera» se encuentra el Centro de Información Cerveza y Salud, creado y financiado por el sector de fabricantes de esta bebida. Los que dicen que «la leche es una fuente indiscutible de nutrientes esenciales, tanto en adultos como en niños», o «hasta un 30% de la población podría presentar una ingesta inadecuada de calcio» tenían detrás a la Federación Española de Industrias Lácteas. ¿Y quién pagó el trabajo que 'descubrió' que «el consumo diario de 200 gramos de brócoli reduce el riesgo de cáncer»? No lo adivinarían nunca: la fundación +Brócoli, creada por los comerciantes de esta verdura.

Otras veces son más sutiles. Recientes investigaciones concluían que «la inactividad física es culpable de las actuales cifras de obesidad», o que «la restricción de alimentos no es una buena estrategia a largo plazo para reducir la obesidad», sugiriendo que no hay alimentos nocivos para la salud sino 'mucha silla y poca zapatilla'; curiosamente, sus autores resultaron pertenecer a la Global Energy Balance Network, promovida y financiada por... Coca-Cola. «Una experta desmonta el mito de que el azúcar provoca el sobrepeso», decía otra; pero la supuesta experta, que resultó ser colaboradora habitual de la industria azucarera, fue inmediatamente enmendada por la OMS con unas conclusiones radicalmente opuestas.

«Desde los años 60, el azúcar nunca ha dejado de estar mal visto en las recomendaciones dietéticas de EE UU, que relacionaban su consumo excesivo con la enfermedad cardiovascular, pero la industria azucarera se preocupó muy mucho de derivar la atención hacia las grasas. Las multinacionales de refrescos azucarados siempre han actuado como un 'lobby', soltando dinero a diestro y siniestro para que no se hablara mucho», resume Jiménez. «Sus 'expertos' están en todos los comités, y sus opiniones se tienen en cuenta. Afortunadamente, poco a poco esto va saliendo a la luz».

El despiste funciona

Otro tanto ocurre con los alimentos funcionales. Definidos como aquellos que cumplen una función específica al agregarles componentes biológicamente activos, como minerales, vitaminas, ácidos grasos, fibra, antioxidantes, etc., han florecido en un campo abonado por la indefinición legislativa: hoy día facturan cien mil millones de euros al año en el mundo. Zumos, galletas, batidos, margarinas, refrescos, embutidos, panes... cualquier alimento que los nutricionistas miran con prevención puede exhibir esta etiqueta siempre que incorpore algún extra que aporte beneficios para la salud. Así, podrá proclamar que «ayuda a prevenir enfermedades cardiovasculares» si lleva Omega 3, aunque esté atiborrado de azúcar; o que «fortalece tus huesos», «cuida tu flora intestinal», «reduce el colesterol»... aunque esté en las antípodas de la dieta ideal. «La responsabilidad es también de la normativa», sentencia el divulgador. «Nuestra legislación permite pregonar las virtudes de un alimento en función de un solo nutriente; lo demás que le metas es cuestión tuya, no importa: mientras tenga Omega 3, o calcio, o hierro... Y eso que en España somos unos privilegiados; en otros países la normativa es todavía más laxa», concede Jiménez.

Enrique García, del departamento de Comunicación de la Organización de Consumidores y Usuarios (OCU), destaca que es una práctica habitual de la industria alimentaria «dotar a sus productos de una imagen saludable mediante alguna alegación nutricional o el aval de alguna sociedad científica». Esta agrupación ha analizado recientemente una serie de productos comunes que responden a esta estrategia: zumos de frutas vitaminados, galletas integrales de soja con fibra y avaladas por la Sociedad Española de Nutrición Comunitaria, o con fósforo y bajas en grasas saturadas y refrendadas por la Fundación Alimentación Saludable, o que «ayudan a reducir el colesterol», bollitos con mucho hierro y recomendados por la Sociedad Española de Dietética y Ciencias de la Alimentación, helados con sello de calidad para alimentación infantil... La conclusión es demoledora: los supuestos beneficios de estos productos -cuyos publicitados suplementos, dice la OCU, podrían ser perfectamente suministrados por productos naturales- son «incompatibles» con el azúcar añadido que se les ha incorporado, literalmente, en cantidades industriales. Y es que los españoles comemos por término medio 94 gramos de azúcar al día, el doble de la cantidad máxima recomendada por la OMS y el cuádruple de la que esta institución considera ideal. Un exceso muy preocupante en una sociedad donde el sobrepeso afecta al 54% de la población en general y al 43% de los niños.

«El mercado está plagado de alegaciones de este tipo que buscan hacer parecer más saludables los productos». García denuncia que la propia Administración hace el juego a las marcas al fomentar campañas como el plan Havisa, consistente en incluir en los anuncios de alimentos, independientemente de su composición, unos mensajes que incitan a moverse más o a hacer una dieta variada y equilibrada. ¿Y qué hay de malo en eso?, se preguntarán. Pues que distrae de la auténtica amenaza, «como si hacer una advertencia sobre la necesidad de hacer ejercicio físico ya resultara suficiente para anunciar un producto que desde el punto de vista nutricional de ninguna de las maneras puede calificarse como saludable», critica el portavoz de la OCU.

Que algunas de las citadas fundaciones, auspiciadas por los propios fabricantes, sean utilizadas con el exclusivo propósito de refrendar estos productos es alarmante. Pero que los logotipos de sociedades médicas y pediátricas campen en envases de galletas o bollería industrial, alimentos «claramente insanos» en opinión de Jiménez, denota hasta qué punto el sector de los productos procesados las utiliza para tranquilizar al consumidor. Que estas sociedades se hayan brindado a participar en este juego es, para el autor de 'La guerra contra el sobrepeso', casi inevitable. «Esta es una fuente de ingresos muy importante. Pero es muy peligroso que el nombre de una organización sanitaria brinde credibilidad a unos suplementos alimenticios sin ninguna virtud demostrada», alerta.

Mejor sin etiqueta

Lo cierto es que los fabricantes cada vez incluyen más información nutricional, y que la pobre Mari Carmen sigue tan perdida como siempre. Este bombardeo de medias verdades, campañas engañosas disfrazadas de ciencia e investigaciones contrapuestas no hace más que saturar y confundir al consumidor, que no sabe a qué carta quedarse y acaba decidiendo en base a intuiciones y vagas creencias. «Cualquier especialista en publicidad sabe que la utilidad práctica y real de las etiquetas es muy escasa -apunta Jiménez-. Los estudios han demostrado que las compras de alimentos se realizan más con el corazón que con el cerebro».

Objetivo conseguido. Los científicos se baten en retirada dejando el campo expedito a los expertos en marketing con sus trucos publicitarios: un eslogan estimulante para un producto energético -es decir, azucarado-, profusión de tonos verdes y tostados en el envase para sugerir que se trata de un producto natural, 'spots' televisivos que apelan al miedo -al cáncer, al colesterol, a dejar viuda prematura si no tomas tal o cual suplemento...-, términos rústicos y apelaciones a la cocina de la abuela y a la dieta mediterránea...

«Se está generando una percepción global de que comemos cosas especialmente saludables y recomendables. Pero realmente ocurre justo lo contrario. Con el agravante de que, creyendo que comemos bien, estamos dejando de tomar pescado, frutas o verduras», lamenta Jiménez.

García admite, pese a todo, que «se ha avanzado, aunque no sea todo lo rápido que nosotros quisiéramos. Hace cuatro o cinco años conseguimos de las panificadoras un compromiso de reformulación de las cantidades de sal. También se van eliminando poco a poco las grasas trans, con la colaboración de la propia industria. Y hemos conseguido que se aumente el tamaño de la letra de las etiquetas...», dice el responsable de la OCU.

¿Y qué le decimos a Mari Carmen, que sigue en un mar de dudas?

Muy fácil -responde Jiménez-, que deje de estudiar las etiquetas de los alimentos procesados y se vaya a los que no tienen etiqueta; es decir, a los frescos: carnes, pescados, frutas, verduras... Ahí acierta seguro.