El rebautizo de los montes

Señales en el Pirineo por el lado francés. / R.C.

Los 'tresmiles' del Pirineo van a cambiar de nombre. La decisión del Gobierno aragonés ha enfurecido a los montañeros

JAVIER GUILLENEA

El Gobierno de Aragón ha abierto la caja de los truenos. Lo hizo hace menos de un mes al presentar el 'proyecto tresmiles', en el que se establecían los nuevos nombres oficiales de las 160 montañas del Pirineo con más de 3.000 metros de altitud. Con esta medida se pretendía cumplir una vieja reclamación de la Federación Aragonesa de Montañismo, que lleva años pidiendo un catálogo oficial en el que figuren con claridad las identidades de cada montaña para acabar con las listas arbitrarias que aparecen en mapas, planos y libros.

Dicho así, la idea parecía buena. O, al menos, necesaria, pero ha terminado por ser un dolor de cabeza que ha puesto en pie de guerra a los montañeros del Pirineo. Al parecer de muchos, al Ejecutivo autonómico se le ha ido la mano y, en un arranque de pulsión renovadora, ha renombrado con topónimos aragoneses cumbres míticas para los pirineístas. Incluso el Pico Aneto ha dejado de serlo y, si se mantienen los planes previstos, se llamará a partir de ahora Tuca d'Aneto/Maladeta de Corones. Todo un sacrilegio para más de uno.

La 'lista Soro', conocida así porque fue presentada por el consejero de Vertebración Territorial , José Luis Soro, ha sido elaborada por la Comisión Asesora de Toponimia de Aragón. «La petición partió de los montañeros», señala Joaquín Palacín, director general de Ordenación del Territorio del Gabinete aragonés, que no acaba de entender el motivo de la polémica. «Muchos 'tresmil' tienen denominaciones inventadas, a algunos se les ha puesto el nombre de un amigo o han sido creados por las editoriales de guías de montaña. Hemos hecho lo que nos pedían los montañeros», insiste.

«El objetivo -dijo José Luis Soro durante la presentación del 'proyecto tresmiles'- es fijar unos nombres oficiales acordes con la toponimia aragonesa, la tradición genuina y evitando deformaciones o malas traducciones que están generando listas y mapas erróneos». Con este criterio se suprimen bautizos realizados por las primeras cartografías francesas y se eliminan nombres como el Soum de Ramond, una montaña que se dedicó al pirineísta del siglo XIX Ramond de Carbonnières y que recupera su nombre tradicional aragonés, el de Pico d'Añisclo. También pierden su identidad el Pico Beraldi, la Aguja Jean Garnier, el Pico Lebondidier, el Pico Cordier, la Punta Oliveras o el Pico de Margalide, todos ellos pioneros del montañismo pirenaico, que pasan a llamarse, respectivamente, Tuca de Bagüeñola, Agulla de Crabiòles, Tuca d'el Morro de Cregüeña, Tuca d'el Cabo de la Tartèra, Tuqueta de la Crus y Tuca d'el Cabo de Barrancs.

Al Monte Perdido le sucede como al Aneto: gana otro nombre y apellido. Tras recordar que el topónimo de esta cumbre proviene del francés Mont Perdu, la comisión ha optado por mantener «una denominación que, aunque foránea, goza de gran tradición». Pero le incorpora un añadido y el nombre oficial pasa a ser Punta de Treserols/Monte Perdido.

«Todo esto se debe a la cabezonería de un pequeño grupo», se queja Javier Garrido, guía de alta montaña que dirige la empresa Aragón Aventura. «Salvo unos pocos, todos estamos en contra de algo que no tiene ningún sentido; lo que han hecho es remover sin ninguna necesidad lo que ya estaba asentado desde hace doscientos años», asegura. Esta es una afirmación con la que discrepa Joaquín Palacín, quien recalca que «los nombres no llevaban doscientos años». Y subraya que «los montañeros están divididos».

Dos tradiciones en una

Los que defienden los cambios señalan que «hay que dejarse de inventar nombres de montes que ya los tienen». «Los pioneros, con todos mis respetos, no tuvieron cuenta a los autóctonos», ha escrito la escaladora Cecilia Buil en las redes sociales, donde se ha organizado una recogida de firmas para obligar al Gobierno regional a dar marcha atrás. «Hay que devolver a las montañas aragonesas sus sobradamente consolidados topónimos», reclaman las mil personas que ya han suscrito la petición.

Es una pugna en la que todos los contendientes apelan a la tradición. Unos esgrimen los nombres primigenios, los que ya tenían los montes antes de que llegaran los primeros extranjeros. Otros recuerdan a los pioneros que hace casi doscientos años hollaron cumbres y abrieron nuevas vías para dejar sus nombres en ellas. «Hay nombres muy asentados y no tiene sentido ponerse a rebuscar en un valle o en otro cómo se llamaba antes un monte. Lo que hacen es liar», indica Javier Garrido.

Mientras se esgrimen tradiciones, los 'tresmiles' asisten impasibles a la batalla. Tarde o temprano la polémica terminará y pico, tuca o Maladeta de Corones, el rey de los Pirineos seguirá teniendo 3.404 metros. «La gente va a seguir llamándole Aneto», afirma, conciliador, Palacín. «Nosotros vamos a usar los nombres de siempre», advierten los montañeros. Es un principio de acuerdo.

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