¿por qué simular tu propio secuestro?

Un sevillano de 30 años ha sido el último en hacerlo, tenía que ocultar seis días de farra | Un valenciano gastó 4.000 euros en un prostíbulo y le dijo a su mujer que le pusieron droga

La holgura de las bridas que el joven se puso en manos y pies para recrear su rapto levantó enseguida las sospechas de la Policía./RC
La holgura de las bridas que el joven se puso en manos y pies para recrear su rapto levantó enseguida las sospechas de la Policía. / RC
ICÍAR OCHOA DE OLANO

Dice un proverbio judío que con una mentira suele irse muy lejos, pero sin esperanzas de volver. Lo que no dice es que cuando se ensartan unas cuantas para coser una rocambolesca película que acaba en un presunto secuestro, no solo no hay retorno, sino que la bola de nieve suele acabar por aplastar al autor. Algo así le acaba de suceder a Daniel P. A., un treintañero sevillano que fingió su propio rapto para ocultar seis días y seis noches de una farra sin duda épica. El joven no se limitó a hilar una sucesión de patrañas para tratar de dar consistencia a su relato. También lo recreó.

Después de una fiesta que se le fue de las manos y que le mantuvo en paradero desconocido durante casi una semana, necesitaba una reaparición si no convincente, al menos efectista. Así que una tarde, cuando ya anochecía, se plantó en la puerta de un colegio de Dos Hermanas. Lo hizo con el rostro descompuesto, barba de varios días, una camiseta desgarrada a la altura del pecho, bridas en las muñecas y en los tobillos, y sin documentación alguna. Aparentando dificultades para caminar y mantenerse en pie, comenzó a pedir ayuda a gritos. El conserje y el personal de limpieza del centro escolar salieron a su encuentro. «Me secuestraron hace unos días y me acaban de soltar aquí. Llamen por favor a la Policía», les rogó cariacontencido. Cuando los agentes se personaron allí, Daniel les tenía preparado un relato de terror.

Seis días antes, dijo, cuando se disponía a aparcar el coche de la mujer de su jefe en el taller en el que trabaja como ayudante y recadero, una furgoneta se detuvo bruscamente a su lado. Varios encapuchados se bajaron de ella, le pusieron una pistola en la sien, le empujaron al interior del vehículo y le taparon el rostro con un pasamontañas. Se alejaron de Dos Hermanas alrededor de diez kilómetros, primero por carretera asfaltada y luego por un camino de parcelaria. La supuesta víctima contó que lo supo por el traqueteo del vehículo. Durante el trayecto, los captores le propinaron varios golpes en la cara y en el torso. Nunca les vio los rostros. Eso fue todo.

¿Por qué a él? Daniel dijo no explicárselo. Pese a tener antecedentes policiales por menudeo de droga, afirmó que ya no tiene cuentas pendientes con nadie. Tras acompañarle a comisaría para que interpusiese la correspondiente denuncia, los investigadores de la Policía Nacional iniciaron las pesquisas para confirmar lo que sospechaban, que la narrativa era pura ficción y el delito, simulado. Lo inventó todo, de cabo a rabo, para ocultar a su familia seis días de parranda a golpe de pastillas, cocaína y alcohol y, a su jefe, que había extraviado las llaves del coche de su mujer.

Los agentes detectaron la fragancia de la chamusquina enseguida. Las bridas que llevaba en las muñecas y los tobillos tenían cierta holgura; no presentaba un cuadro de estrés y de ansiedad acorde a la situación vivida y su aspecto, pese a ser descuidado, distaba del propio de un rehén al que han maltratado y mantenido seis días a base agua. «Tuvimos la mosca detrás de la oreja desde el principio. Lo que nos contó no se correspondía con las secuelas de lo vivido, ni física ni psicológicamente», cuentan los policías.

El jefe de Daniel encontró hace unos días el coche de su mujer. Estaba aparcado frente a la puerta de un pub en el que su empleado estuvo divirtiéndose una noche entera. Las cámaras de vigilancia del establecimiento se han encargado de certificarlo. Cuando los agentes llamaron a Daniel para interrogarle por segunda vez porque «las cosas no cuadran», se desmoronó. Ahora está imputado por simulación de delito, que en España se castiga con una pena de prisión de entre seis meses y dos años, aparte de una sanción económica.

Su caso coincide en el tiempo con la sentencia que acaba de dictar el juzgado de lo Penal número 2 de Valencia, en la que condena a un hombre a ocho meses de multa con una cuota diaria de 10 euros -2.400 euros- por simular ser víctima de un delito cuando, en realidad, había salido de garbeo sin decirle nada a su mujer ni a sus allegados. Al igual que a Daniel, la juerga se le fue de las manos. Entró a un local de alterne de la capital del Turia y allí se quedó 15 horas, en las que gastó 4.000 euros. Cuando tocaba volver a casa y explicar las razones de una ausencia tan prolongada, optó por presentarse en una comisaría y denunciar que le habían drogado y robado. De nuevo, las cámaras del establecimiento hablaron y demostraron que entró y salió sin coacción alguna.

Lapo Elkann.
Lapo Elkann. / Reuters

Eclipsar otra bacanal -y conseguir 'cash' para continuarla- fue lo que llevó hace poco más de un año al tataranieto libertino del fundador de Fiat, Lapo Elkann, a urdir una burda farsa para fingir su propio secuestro y pedir a su familia un rescate de 10.000 euros con los que rematar su orgía con una prostituta transexual. El bochorno, una vez que la Policía desmontó el patético vodevil, aún tiene a Elkann alejado de los medios de comunicación.

Bastante más tierno fue el caso de un niño francés de doce años, que tuvo en jaque a la Gendarmería durante semanas tras sostener, contra viento y marea, que había sido secuestrado cuando se dirigía al odontólogo. En su declaración, el menor, vecino de la ciudad alpina de Banols, describió al supuesto captor como un malo de libro, con cicatriz en la cara y todo.

Para hacer más creíble la historia, el chaval detalló la marca y modelo del coche y dijo que, ya en Saint Gervais, una localidad a 300 kilómetros de la suya, el delincuente paró el vehículo y él, en un descuido, logró escapar. En ese punto del relato, los agentes ya tenía claro que estaban ante otro cuento de terror. El que producía al chaval la sola idea de sentarse con la boca abierta frente a su dentista.

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