Rafa Moreno, un estilista entre el sol y la luna

Rafa, en la terraza del negocio donde trabaja junto a su socia./Damián Torres
Rafa, en la terraza del negocio donde trabaja junto a su socia. / Damián Torres

Quesa vio el amanecer de un niño cuya gran afición era peinar a su madre. Pasados los años, la noche valenciana y el auge bakalaero forjaron su carácter. El salto a Ibiza fue la guinda y alimentó una agenda donde conviven Edurne o Mónica Naranjo en una transición que le ha llevado de la noche al día para sentar la cabeza

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

El día y la noche. Dicho así, parece que sean excluyentes; esto es, o atraviesas el día con sus horarios de rutina y normalidad o te sumerges en la noche para disfrutar de sus pecaminosos y gozosos placeres. Pero compaginar la luz y la oscuridad por alguna razón se nos antoja una actividad imposible y de ahí que la tendencia de la corriente dominante nos indica que conviene elegir, y además elegir bien pues de lo contrario mutaremos en ovejas descarriadas y el fracaso será nuestro fiel compañero a medio plazo. El día y la noche. Sí. ¿A quién quieres más, a papá o mamá? El día y la noche, como cuando Morfeo ofrece a Neo las pastillas en ‘Matrix’. Ya te digo. Pues Rafa Moreno vivió la noche y el día y no sólo salió airoso de ese doble trance, sino que además este navegar entre tan diferenciadas aguas le permitió prosperar en lo laboral y por eso hoy ocupa, en Valencia, un escaño preeminente en el campo del estilismo. Rafa Moreno no es un superviviente del día o de la noche, es un triunfador porque supo surfear sobre ambos caballos desbocados hasta domesticarlos en su propio beneficio. Y lo consiguió.

Anda atareado al máximo estas semanas, Rafa, proponiendo arquitecturas capilares para toda la familia porque la clientela de este hombre es como la de los Rolling Stones. Atiende a las madres, a los hijos, a las nietas y a los abuelos. Todos buscan su magia, su toque clásico pero atrevido, su ruptura elegante, su corte diferente. No da abasto, pero le encanta su trabajo. Así pues, asume risueño la ración de horas extra que, junto a su socia de toda la vida Ángel Adán y su equipo habitual, soporta.

Viene de Quesa, Rafa, allá en la Canal de Navarrés. De chavalín correteaba asilvestrado por aquellos frondosos bosques y robaba la fruta de los huertos cercanos. La gente que crece en el pueblo se espabila pronto y sufre el bendito síndrome de Tom Sawyer y de Huck Finn. No sólo pululaba por los derredores de su terruño al finalizar las clases, lo que más le privaba era llegar a casa y peinar a su madre. Agarraba el cepillo y le erosionaba el cuero cabelludo con notable frenesí. Sus padres, generosos y comprensivos, detectaron sin dudas cuál sería el futuro del vástago. Con 17 años pisó Valencia para quedarse y trabajó en diversos salones junto a la que, con el tiempo, sería su socia. Por fin, corría el año 99, montaron su propio negocio y hasta hoy. Pero si cumplía escrupuloso las férreas servidumbres del día, deambulaba por la noche, por aquella noche valenciana en plena efervescencia bakalaera, y ese fue su escaparate. Rafa segrega un don de gentes apoteósico y no cae mal a nadie. Rápido en la réplica, cariñoso y comprensivo, conquista a cualquier extraño en breves minutos.

Segrega un don de gentes apoteósico y no cae mal a nadie

Trabajó en aquella noche antes de que se autodestruyese y forjó unos estilismos impresionantes que promocionaron su nombre. Peinaba a gogós y resto de fauna que poblaba aquellos locales hoy no sé si míticos o mitificados. La noche le fertilizó el negocio y le procuró prestigio, desde luego. También, con 17 años, descubrió Ibiza y jamás olvidará aquellos veranos locos de salitre y burbujas donde la simpatía y el morro te abrían cualquier puerta. Rafa, en Ibiza, internacionalizó su tarro sin perder las esencias del pueblo porque nuestro personaje acumula unas experiencias sobre otras sin renunciar a nada. Rafa Moreno, ya convertido en primer espada, peinó entre otras a Anne Igartiburu, Edurne o Mónica Naranjo. Y a modelos como Minerva Portillo o Maite de la Iglesia.

Con la cantante Edurne vivió cuatro intensos meses de gira triunfal porque la habían elegido para la cuchipanda de Eurovisión y estuvieron de promoción por toda España. Cuatro meses, con sus días y sus noches, con sus lloros y sus risas, con tantos viajes, unieron al estilista y a la cantante. Rafa flipó y se divirtió horrores con el destarifado fenómeno eurofan: «Muy fuerte, Ramón, gente que no conocía me colapsaba las redes sociales preguntándome que cómo podía contactar o conocer a Edurne. Algo tremendo». A Mónica Naranjo también le guarda un cariño especial: «Es maravillosa. Y muy cercana. Y tiene un pelazo precioso...»

Pero Rafa, además de ser un tipo dotado de una naturalidad absoluta, conserva una sensatez aplastante. Así pues, sin prisa pero sin pausa, desde una evolución lógica, fue abandonando la noche porque entendió que cada edad requiere de sus desparrames o de sus sosiegos. Ahora está en otra onda, mucho más tranquila. Sin embargo no comete el habitual error preñado de nostalgia cuando le preguntas por la actual noche. No sucumbe al tópico del «todo tiempo pasado fue mejor» y comprende que él ya no forma parte -ni ganas, pienso yo- del actual epicentro. «Creo que ahora en Ibiza necesitas mucho dinero para entrar en determinados ámbitos, pero vamos, igual es que yo ya estoy en otra historia y antes formaba parte del cogollo...», apunta. Y, por supuesto, existe un rasgo sublime en su biografía que necesito contarles porque define muy bien su personalidad única e irrepetible... ¿El día o la noche? ¿Papá o mamá? ¿Y por qué renunciar a esto o aquello? Dos matrimonios blasonan el perfil de Rafa. Primero, hace años, matrimonió con una chica blonda hermosísima. Luego se divorció y, más tarde, se casó con José Alandes. Sólo conozco a una persona en el mundo que se haya casado con una mujer y con un hombre. Toma ya. Ese es Rafa Moreno. ¿Cómo no quererle ante esta genialidad?

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