Radiografía del horror

Algunas de las maletas con las que los judíos asesinados llegaron a Auschwitz y las gafas de otro de los cientos de miles gaseados en el campo de exterminio. / Alberto Ferreras
Algunas de las maletas con las que los judíos asesinados llegaron a Auschwitz y las gafas de otro de los cientos de miles gaseados en el campo de exterminio. / Alberto Ferreras

La exposición definitiva sobre Auschwitz, el gran campo de exterminio nazi, reúne 600 objetos junto a testimonios de víctimas y verdugos

MIGUEL LORENCI

Estremecedora y necesaria. Así es la muestra definitiva sobre Auschwitz, una radiografía del horror que girará por medio mundo en los próximos siete años. Es la más extensa dedicada al mayor campo de exterminio nazi, el infierno en el que fueron recluidos, saqueados, torturados y asesinados más de uno de los seis millones de judíos inocentes exterminados por la demencial barbarie de la limpieza étnica de Hitler. Una muestra que remueve las entrañas, encoge el alma y golpea la razón. Y que ha generado una cascada de ataques de negacionistas, antisemitas y ultras en las redes.

Titulada 'No hace mucho. No muy lejos', advierte sobre la fina y frágil frontera entre la normalidad democrática, el delirio populista y la infernal industria de la muerte. De que el odio puede volver a desbocarse. «Ocurrió: En consecuencia puede volver a ocurrir en cualquier lugar: Es la esencia de lo que queremos decir», advirtió Primo Levi, superviviente del campo liberado por las atónitas tropas soviéticas el 27 de enero de 1945.

En cartel hasta junio, Madrid es la primera y única sede española de un proyecto impulsado por Musealia, empresa vasca que dirige Luis Ferreiro. Ha contado con la necesaria colaboración del Museo Estatal de Auschwitz-Birkenau, celoso guardián de la trágica memoria de este símbolo del Holocausto alzado por Himmler y los artífices de la «solución final» en la Polonia ocupa entre 1940 y 1945.

El Centro Arte Canal reúne más de 600 piezas originales y material audiovisual inédito. Uno de los vagones en los que los judíos llegaban a Auschwitz hacinados como animales recibe al espectador. Da paso un montaje que quiere vacunarle contra el horror que radiografía en 25 espacios y más de 2.500 metros cuadrados. No es fácil contener la emoción ante las maletas, zapatos y enseres de las victimas, las vistas de las cámaras de gas y los crematorios, las alambradas electrificadas, los inmundos barracones con sus camastros como antesala de la muerte o los moldes para obtener lingotes con el oro extraído de la dentadura de los cadáveres: entre cinco y diez kilos algunos días, la mesa de operaciones de Menguele o las espitas y tuberías por las que corría el asesino gas Ziklon B.

Robert Jan Van Pelt, historiador y una autoridad sobre Auschwitz y el Holocausto, es el comisario de la muestra que confronta los universos de víctimas y verdugos. Frente a las fotografías de una pira de cadáveres gaseados, los comentarios bucólicos del comandante del campo, Rudolf Hoess, orgulloso de que sus hijos vivieran «con libertad y sin preocupaciones» a su mujer tuviera «un verdadero paraíso de flores en el jardín».

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