Se quita el sombrero

Borsalino, la mítica sombrerería italiana que ha vestido magnas cabezas desde hace siglo y medio, entra en quiebra, pese a su buena marcha comercial y el enorme valor de su marca

Frank Sinatra con un Borsalino./LP
Frank Sinatra con un Borsalino. / LP
DARIO MENOR

Se imagina a Indiana Jones corriendo sus aventuras sin sombrero? ¿O a Humphrey Bogart despidiéndose de Ingrid Bergman al final de 'Casablanca' con la cabeza desnuda? ¿O qué sería de los grandes mitos de la mafia estadounidense si hubieran cometido sus fechorías con una gorro de lana de estibador o una de esas gorras dos tallas más grandes que les gusta usar a los raperos? Está claro que no sería lo mismo. El toque de distinción a todos estos personajes se lo daban los elegantes sombreros de fieltro con una cinta de color más oscuro que lucían. No eran además unos sombreros cualquiera: llevaban unos Borsalino. Esta empresa nacida en 1857 en Alessandria, una ciudad de provincias de la región italiana del Piemonte, hace tiempo que hizo realidad el sueño de cualquier fabricante: conseguir que sus creaciones se conozcan por el nombre de la marca y no por el del objeto que vende.

Celebridades como Winston Churchill, Ernest Hemingway, Alain Delon, Michael Jackson o Marcello Mastroianni, entre otros muchos, han elegido la emblemática sombrerería italiana para vestir y abrigar sus magnas cabezas. La enorme fama de la que internacionalmente goza hace que sorprenda la noticia conocida la pasada semana: el Tribunal de Alessandria rechazaba por segunda vez la petición de concurso de acreedores preventivo de la compañía que se hizo con el control de esta histórica marca hace dos años y medio, la Haeres Equita, liderada por el empresario suizo Philippe Camperio y en la que hay también inversores chinos e italianos. La decisión judicial significa la declaración en quiebra de Borsalino, que, pese a su buena marcha comercial y al enorme valor de la marca, parece no generar recursos suficientes para tapar el agujero de más de 20 millones de euros de deuda heredada del anterior propietario.

¿Y ahora qué pasa con Borsalino? «No hay nada que temer», trata de tranquilizar Lorenzo Lodigiani, portavoz de la compañía. Es el mismo mensaje que transmite el comunicado oficial de Haeres Equita, en el que se dice que los actuales gestores seguirán esforzándose para «encontrar soluciones» que preserven tanto la emblemática marca como el centro de producción en Alessandria, el principal empleador de la zona durante décadas. «Esperamos seguir construyendo un futuro para Borsalino», sostiene Philippe Camperio, administrador de Haeres Equita. Pero no está nada claro que vaya a ser este inversor quien decida los designios de la sombrerería. Ahora le toca a los jueces. Tendrán primero que explicar el porqué del nuevo rechazo al concurso de acreedores preventivo en las motivaciones de su decisión, que se esperan para dentro de unas semanas. Luego lo más probable es que nombren a un administrador extraordinario para que lleve las riendas de Borsalino hasta se celebre una eventual subasta, en la que podrían hacerse con el accionariado nuevos propietarios que otorguen mayores garantías de que van a pagar la deuda existente.

En cifras

20
millones de euros amenazan la supervivencia de Borselino. Su actual gestor, el fondo Haeres Equita, que explota la empresa en régimen de alquiler, heredó la deuda del anterior propietario, Marco Marenco, protagonista de una de las mayores bancarrotas de la historia reciente de Italia. El agujero que dejó Marenco, que controlaba 160 sociedades, alcanzó los 3.500 millones de euros. Fue arrestado en Suiza en abril de 2015 y extraditado luego a Italia, donde hoy cumple condena.

Humphrey Bogart, con Ingrid Bergman en ‘Casablanca’.
Humphrey Bogart, con Ingrid Bergman en ‘Casablanca’. / LP

«Los italianos somos grandes creativos y grandes vendedores, pero no somos grandes gestores», explica Fabiana Giacomotti, periodista y profesora de Ciencias de la Moda y del Vestido en la Universidad la Sapienza de Roma. «Hay una tendencia a que el fundador ejerza de patrón siempre y le cueste ceder las riendas a un gestor. Lo que le ha pasado a Borsalino les ha ocurrido también a otras empresas italianas de la moda que habían conquistado éxitos internacionales. Cada vez que la gran finanza entra en una firma del sector acaba provocando un desastre. Hay alguna excepción, pero no tienen la paciencia necesaria. Siempre suelen seguir la misma fórmula: primero aumentan la producción para elevar las ventas, al tiempo que bajan el nivel creativo y la calidad para ahorrar costes. Así consiguen hacer mucha caja de golpe para escapar luego una vez que han hundido el prestigio de una marca que se ha tardado décadas en construir». Algunos inversores acuden a este sector más interesados en la gran influencia que genera que en explotarlo respetando sus reglas, apunta Giacomotti. «Puedes tener una siderurgia que facture diez veces más y nadie se interesa por ti, pero si te haces con Borsalino la gente se pregunta quién eres. La moda y el lujo dan prestigio en la cartera de un fondo de inversión», agrega.

Como tantas otras empresas italianas que han hecho de la creatividad y la excelencia artesanal su signo distintivo para triunfar en el mundo, esta emblemática sombrerería también nació por el empeño de una familia. Fue Giuseppe Borsalino el que fundó la compañía en 1857, después de aprender a trabajar el fieltro en Francia e importar maquinaria desde Manchester. El primer reconocimiento internacional llegó de manos de su hijo Teresio, quien en 1900 consiguió que la empresa lograra el gran premio de la Exposición Universal de París. De allí vino la expansión a otros mercados y la inversión en publicidad para dar a conocer la marca. «En Estados Unidos y Francia gozó de una gran aceptación. Es curioso, porque llegó a tener más prestigio fuera de Italia que dentro. Aquí siempre se consideró que otras sombrererías eran de mayor calidad», opina la profesora de la Sapienza.

Paradojas del tiempo

El salto a las pantallas de cine multiplicó su proyección. «Estos sombreros los usaban mucho los inmigrantes italianos que hicieron fortuna en América. Entre ellos estaban, por supuesto, los mafiosos. Cuando los cineastas comenzaron a explotar estos personajes representaron a todos los gánsteres con un Borsalino en la cabeza». El gran icono de todos ellos es el italo-estadounidense Al Capone. Echar un vistazo a sus fotografías y comprobar la diferente impresión que genera cuando lleva sombrero respecto a cuando va con la cabeza descubierta ayuda a entender el peso que tuvo este complemento. El cine captó bien esta percepción y se enamoró del producto estrella de la sombrerería de Alessandria, mostrado en infinidad de películas y ensalzado con un filme con este nombre, estrenado en 1970 y con Delon como protagonista. Más reciente es el documental 'Borsalino City', que recorre la historia de estos célebres sombreros y su relación con el celuloide.

«A Borsalino empezaron a irle mal las cosas cuando John Fitzgerald Kennedy se dirigió a la nación durante su primer discurso como presidente en 1961 sin nada sobre la cabeza. Aquello demostró que los tiempos habían cambiado», dice Giacomotti. En su opinión, resulta paradójico que la emblemática marca italiana sobreviviera durante las décadas en las que el uso de su prenda estrella se viera como una excentricidad y esté ahora al borde de la quiebra cuando el sombrero vuelve a ponerse de moda. «Esperemos que acabe en manos de alguien que entienda el sector de la moda y no pretenda solo hacer dinero con la explotación de la marca -expone la profesora universitaria-. Pero no creo que Borsalino acabe en manos de alguna empresa italiana, supongo que al final la comprarán extranjeros».

Fieltro universal

Borsalino nació como empresa en Alessandria, una ciudad de provincias de la región italiana de Piamonte, en el año 1857. En su siglo y medio largo de vida ha conseguido cubrir las cabezas de múltiples celebridades de la escena pública internacional. Actores, políticos, intelectuales... hasta gángsteres han hecho historia tocados con esos sombreros de fieltro tan estilosos como los personajes que los lucían.

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