Pueblos fugaces

Pascual, el panadero, pasa de vender tres o cuatro barras o cerca de cuarenta en agosto. : / Manuel Molines

Moribundos en invierno, se reaniman en verano. Regresamos a dos aldeas turolenses de la 'Laponia española' para ver cómo es agosto, el mes de su efímera alegría

FERNANDO MIÑANA

Una adolescente controla a tres niños que juegan sentados en el suelo. Montan un castillo en los soportales de un desproporcionado ayuntamiento en El Castellar, un pueblo del sur de Teruel. De la pared cuelga una especie de mosaico con tres grandes huellas de dinosaurio. Al verlas, otros tres chiquillos dejan atrás a sus padres, atraviesan la plaza corriendo y no paran hasta que logran poner sus manos diminutas al lado de este vestigio de cuando el mundo era otra cosa. En la otra punta de la plaza están amarradas las vallas que en unos días delimitarán el espacio al toro que cabeceará sacudiendo sus cuernos de fuego. Al lado está el restaurante. Cinco personas entablan animada tertulia en la terraza. Dentro, acodados en la barra, dos hombres hojean el 'Diario de Teruel', abierto por una página dividida entre una noticia sobre la ruta de los dinosaurios que alude al pueblo y una columna encabezada por el titular 'La criminalidad en la provincia sigue muy por debajo de la media nacional'. A través de la puerta se ve a un chaval con unas rutilantes zapatillas amarillas cruzar la plaza sin dejar de mirar el móvil. Alcanza una sombra bajo el abeto que hay en el centro y se sienta sin desviar la mirada ni un segundo.

La escena no tiene nada de particular. Verano, un pueblo y gente que va de aquí para allá. Salvo que retrocedamos hasta enero y volvamos a ese pueblo, a esa Plaza Mayor. Los 29 grados se convierten en siete. Las baldosas, en una alfombra blanca que crepita bajo los pies. El restaurante está cerrado y no hay nadie, absolutamente nadie, bajo el abeto. Ni en las calles. Solo silencio. Un silencio que se oye. Hasta que el ruido de un motor anuncia la llegada del pescadero. Unos minutos después emergen de la nada tres, cuatro vecinos, no más. Compran algo de pescado y vuelven a sus guaridas. No hay niños. No hay vida. No hay futuro.

El Castellar está en la comarca de Gúdar-Javalambre, una de las más afectadas por la despoblación que se extiende por toda España a través de cinco comunidades autónomas y diez provincias. Un área que se conoce como la 'Laponia española' por sus bajísimos índices de población, solo por delante, en Europa, de la Laponia genuina. Comarcas como ésta y la vecina del Maestrazgo se extienden por el 7,44% de la superficie de Aragón y solo concentran un 0,96% de su población.

Los jóvenes huyen en busca de una vida mejor. O al menos con más oportunidades. O más cómoda. Quién sabe. Y los viejos se van quedando cada vez más solos. Su aislamiento sólo se ve aliviado en verano. Particularmente en agosto; y, sobre todo, la semana de las fiestas patronales. «En invierno viven 38 personas y en verano somos 250, casi 300», advierte Adrián mientras sirve un par de cafés. Adrián sólo tiene 25 años, suficientes para intuir que el pueblo «desaparecerá en un par de décadas» porque ya nadie quiere vivir allí. Él sí, y se lo ha dejado claro a su chica. «Donde mejor se está es aquí, y tengo claro que mi novia acabará viviendo aquí. A mí me gusta. Voy a mi bola y siempre tienes algo que hacer».

Solo un menor de edad

Adrián se crió en Cedrillas. A diez kilómetros, muchos más habitantes y cuatro sucursales bancarias. Así que no es un vecino de El Castellar de pura cepa, como recuerda Alberto Sánchez, uno de los tres jóvenes que nacieron allí y que mantienen sus vínculos con el pueblo. Él, 21 años, y su hermano Sergio, de 19, viven todo el año en Teruel, donde estudian, pero siempre regresan. Ambos sudan bajo el mono que les protege mientras podan los árboles y siegan las malas hierbas que se envalentonan sin el frío del invierno. Para ellos no es nada extraordinaria esa vida. «Cuando queremos ver gente nos vamos a Cedrillas y estamos con los amigos. Y en verano estamos todas las semanas de pueblo en pueblo, siguiendo las fiestas». Ahora se benefician de la subvención del Ayuntamiento para dejar el pueblo bien guapo cuando llegue la 'avalancha' de gente para las fiestas. Familiares que emigraron y forasteros con ganas de jarana. Dicen que no hay más jóvenes, salvo Óscar Pérez, que tiene 17 años y es el único menor que vive en El Castellar.

Ocho kilómetros carretera abajo está Cabra de Mora y sus fabulosas casas de piedra. La vida, como en todos los pueblos, tiene su eje en la plaza. Y allí, dónde si no, se encuentra el bar. Qué sería de estos pueblos solitarios sin una cafetería donde socializar. Donde hablar con alguien más que con la tele. Donde contar tus penas y tus alegrías. Donde conversar a salvo del frío en pleno invierno. Donde comentar una noticia escupida por la tele que nunca se apaga, porque apagarla sería, parece, como apagar al pueblo y sumirlo para siempre en un silencio eterno. Donde dejar, como hace el cartero, un paquete para el vecino que no está. Donde pedir, como hace una mujer, media docena de huevos para salvar una visita inesperada a mediodía. O donde llamar a un taxi, como hace ese pelotón equipado con todo lo equipable, para el compañero que se ha caído en una bajada y tiene la bici hecha trizas. Los bares. La vida.

Arancha recuerda a los periodistas de la visita invernal. «¿Cómo ha cambiado esto, verdad?», pregunta a modo de saludo. Ese día hay entre 70 y 80 personas, pero este fin de semana se multiplicarán por tres o por cuatro durante las fiestas. «En la caja se nota, sí, pero también en el horario, que se estira más por las noches». Aún así, esta valenciana de Torrent que se mudó en 2012 seducida por un empleo afirma que esto ya no es lo que era. «Otros años en estas fechas -antes de las fiestas- no podía estar sola y ahora sí. Antes la gente pasaba los veranos en el pueblo y ahora tienen vacaciones y pasan unos días en el pueblo». Y una visión que se percibe entre los inamovibles. «Da ilusión ver a la gente que viene, pero te rompen tu ritmo tranquilo», explica mientras entran y salen los clientes.

La llegada en coche a la calle Larga contrasta con el recuerdo del invierno. Entonces fue como salir del 'Apolo 11' en medio de la Luna. Ahora, nada más abrir la puerta del coche, se escucha una televisión y conversaciones amortiguadas en una casa y un niño que pasa en bicicleta y un perro que ladra. En la plaza, una fila de vecinos hacen cola para comprar pan y verduras. Pascual va sacando las barras mientras explica que ahora acude todos los días a Cabra de Mora y que en invierno solo los miércoles y domingos. «A finales de junio empieza a moverse y, al ver más personal, se percibe más alegría. Porque el invierno se hace muy largo para esta gente».

Miguel reparte sus verduras ante una clientela inusual. «En invierno quedan doce personas y da mucha pena. Si no crean puestos de trabajo la gente se va. Así que nosotros vendemos y de paso les damos un poco de conversación. En invierno, más que un negocio, esto es un servicio que damos».

De esa soledad sabe mucho Mari Paz, la asistente social. Sus padres son de El Castellar y conoce muy bien que en invierno se quedan casi sin servicios. «En términos de salud, dependen de una ambulancia y del que tiene un vehículo. Les cuesta abandonar el pueblo. A mí muchas veces me toca hacer también de psicóloga».

La conversación se interrumpe abruptamente. Una jota aragonesa atrona desde un altavoz justo antes de que el alguacil lea un bando. «Se hace saber que se va a cortar el agua durante dos horas». En ese momento entra en el bar Gabriel. «Antes se hacía con una cornetilla, pero ya no». Gabriel es uno de esos egrabenses que emigraron y regresan al pueblo en cuanto pueden. «Soy artista, vivo en Madrid y vengo a menudo». Nos chiva que esa casona enorme con la fachada cubierta de hiedra es de un pintor que hizo fortuna y se quedó esa casa y la de al lado, que era la del cura. Él se entretiene restaurando la suya con sus manos y la abre, presumido y sin reparos, al curioso. «Ahora hay muchos niños de la edad de mi hija, de 12 o 13 años, y se lo pasa bomba. En invierno da pena: en diez años esto se ha despoblado».

Este fin de semana son las fiestas de Cabra de Mora, y en cuanto acaben empezarán las de El Castellar. Bullicio y alegría sin medida. Pero luego, poco a poco, el invierno volverá a machacar al verano y todos se irán. Como hizo Nicanor desde El Castellar. «A mí me gustaban mucho las mujeres y aquí no había, así que me marché a Zaragoza, pero aquí se está de cine». Constancio sale en ese momento del resturante coronado por un dinosaurio verde. «En invierno, cuando te agobias, coges el coche y te vas. En verano cambia mucho, pero algún pueblo acabará desapareciendo. Cada año somos menos», explica sin soltar el palillo de la comisura de los labios.

Un caza recorta el horizonte y el ruido estruendoso que le acompaña acaba con esa especie de ensoñación que te atrapa cuando entras en pueblos como Cabra de Mora o El Castellar, uno de los agujeros negros de la 'Laponia española' que revive en agosto, el mes de la alegría, y rápidamente vuelve a ahuecarse. Los niños se llevan sus juguetes y sus risas. Los mayores, el buen humor del estío. A algunos ancianos se los llevan a regañadientes. Y solo unos pocos cogerán leña, cerrarán la puerta y echarán la llave. Otro invierno más. En soledad. En silencio.

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