El pueblo de los niños

A su regreso del colegio, los niños se adueñan de las calles. :: íñigo arizmendi
A su regreso del colegio, los niños se adueñan de las calles. :: íñigo arizmendi / REPORTAJE FOTOGRÁFICO:

La localidad navarra de Lantz tiene la tasa de natalidad más alta de España. Los pequeños son los dueños de sus calles. «Es una gozada», dicen los padres

JAVIER GUILLENEA

La s pulcras y contadas calles de Lantz son un remanso de paz. Con sus edificios perfectos de los de escudo sobre el dintel y el rumor incansable de la regata Elzarrain como música de fondo, la localidad navarra parece uno de esos decorados levantados aposta para servir de escenario a ese tipo de historias en las que un ser atormentado por su turbio pasado busca redimirse en la verde soledad de la campiña. Pero en este caso el protagonista no podría haber elegido un sitio peor. Lo último que se puede esperar de Lantz es que sea un lugar solitario. Y sin embargo, lo parece. Al menos a estas horas.

Un grupo de vecinos aprovecha el buen tiempo para instalar junto al frontón la carpa que protagonizará este fin de semana las fiestas patronales en honor a la Santa Cruz. De una ventana anónima surge la voz afectada de un presentador de televisión. Un tractor atraviesa la calle Santa Cruz y un todoterreno la de San José. A lo lejos mugen unas vacas y de más allá llegan dispersos tañidos de cencerros. Falta poco para las tres de la tarde. La calma es extrema, quizá demasiado, como el presagio de una tempestad.

Con sus 155 habitantes, Lantz, un municipio del norte de Navarra situado a 24 kilómetros de Pamplona, es el pueblo de España con mayor porcentaje de niños menores de cinco años. Según el censo, en la actualidad viven en la localidad 38 menores de edad, de los que 24 tienen entre cero y cuatro años, lo que supone el 15,4% de sus habitantes, muy por encima de la media nacional del 4,7%.

«¿Que cómo se vive aquí? Se está genial», dice Virginia junto al cochecito donde se acaba de despertar su hija Izargi, la segunda vecina más joven del pueblo. La pequeña nació en septiembre y tras unos momentos de indecisión accede a mostrar todo su repertorio de sonrisas ante la cámara. «Tengo tres nietas y las tres aquí», explica con satisfacción María José, la suegra de Virginia, ante la puerta de su casa, mientras ve llegar a sus hijos.

Mikel, el padre de Izargi, saluda a su madre y observa detenidamente el edificio en obras de enfrente. «El tejado ya casi está terminado», dice a Virginia. Pese a hallarse cerca de Pamplona, Lantz está muy lejos de ser una ciudad dormitorio, lo que podría haber explicado su índice de natalidad. Es más que eso. «El que es de Lantz es de Lantz, somos muy pocos y somos únicos, aunque aquí todo el mundo tiene las puertas abiertas», afirma Isabel Baleztenea, que está supervisando la instalación de la carpa. Lo dice con conocimiento de causa, porque ella es de Villava. «No me he sentido rechazada en ningún momento, hasta me han hecho alcaldesa».

Mikel, el hijo de Isabel, fue el primero. «Cuando llegué hace 21 años estaba embarazada y solo había adolescentes. Salía a pasear con la sillita pero no había nadie de la edad de mi hijo, estábamos solos», recuerda. Cuando cinco años después tuvo a Imanol las cosas ya habían cambiado. «Empezaron a nacer más niños».

«Es algo cíclico»

Los adolescentes habían dejado de serlo y comenzaron a convertirse en padres. Y, lo que es más importante, no querían irse del pueblo. «La escuela estuvo abierta hasta 1992. Cuando yo era pequeño éramos cerca de treinta críos, pero luego empezó a bajar la población y tuvieron que cerrar», afirma David, padre de la vecina más joven del pueblo. Josune nació en mayo y es la tercera hija de una pareja a la que nunca se le ha pasado por la cabeza abandonar Lantz.

David se dedica a la ganadería, la actividad económica más importante de un municipio en el que no existe el desempleo. Los que no trabajan en el pueblo lo hacen en Pamplona. La antigua escuela da cobijo a un albergue para peregrinos del Camino de Santiago, hay dos casas rurales, un hotel con encanto y La Posada, con sus alubiadas descomunales. Es el único bar de Lantz y uno de sus centros sociales. El otro es la calle, que tiene sus propios dueños. Su propia ley.

El contenido de una papelera junto a los columpios vacíos de la plaza delata a los verdaderos propietarios de Lantz. Está llena a rebosar de los restos de las duras batallas que se libraron en ese mismo espacio el día anterior. Dan fe de ello los envases pringosos de Cool fruits, Cheetos, Pelotazos y otros muchos ejemplos de la buena vida que puede llegar a ser la infancia. Al parecer, la paz no es eterna en Lantz.

Mirian se aproxima en bicicleta. Tras ella, acomodado en su silla, viaja Josu, que va a hacer dos años y rompe el silencio con sus protestas. La joven acaba de traer a su hijo de la guardería de Iraitzoz y ahora espera a Iker, de cuatro años, que está a punto de llegar de Larraintzar, donde estudian todos los chavales del pueblo en edad de merecerlo. Mirian entorna los ojos y comienza a hacer memoria. «A la guardería van Izaro, Asier, Josune.... y este», dice señalando el lugar vacío donde se supone que debía estar su hijo. Demasiado tarde, Josu ya se ha escapado calle arriba con su balón. «¿No ves que ya controla mucho?», tranquiliza la mujer a los visitantes.

Un grupo de vecinas se ha congregado frente a la parada del autobús. «Los niños vienen ya comidos, menos los de la ESO», explica una madre. «Aquí se vive muy bien, pero a ver si consigues que nos arreglen la salida a la carretera nacional», dice otra con toda la razón del mundo. «Y pon que el autobús de La Pamplonesa siempre viene a tiempo, a ver si nos hace descuento», ríe una amiga mientras otra mujer empieza a hacer cálculos para contar a los que estudian Secundaria. «Está el de Isabel, los dos de Marta, Oihana...»

«Es algo cíclico. Hace 35 años había muchísimos niños, después tuvieron que cerrar el colegio y ahora vuelve a haber muchos», afirma la alcaldesa. Sentada frente a la casa que está levantando su hijo, María José recuerda que «antes la gente se iba y aquí no había nada». Ahora no solo se quedan sino que también ha llegado gente de fuera. «Hay muy pocos matrimonios nuevos en los que los dos sean de Lantz», indica David.

No es fácil ser del pueblo, y no porque los extranjeros sean mal acogidos en un municipio acostumbrado a recibir a miles de personas durante sus carnavales, sino por la imposibilidad de encontrar viviendas. «No hay pisos que se vendan, están las casas de siempre y se las quedan las familias», afirma la alcaldesa. «El crecimiento -dice David- se ha producido hacia afuera, donde se han construido algunas villas, aunque dentro del pueblo no ha pasado esto. Hay algunas casas vacías pero reformarlas es carísimo».

«Cuando llegan no hay tregua», advierte Mirian. El curso escolar acaba de empezar y los padres aún tienen fresca en la memoria la experiencia de las vacaciones, cuando el pueblo se ve invadido por hordas de niños desbocados sin otro objetivo que el de disfrutar de su parque temático de libertades. «En verano hay muchísimos, están los que viven aquí y los de las familias que tienen una segunda vivienda. Las calles están llenas, se levantan por la mañana y van y vienen por todas partes hasta la noche, entran por todas las casas y por las cuadras», relata Isabel Baleztenea. «Es una gozada. Se te presentan en casa a pedir galletas, ayer les hice una chocolatada», ratifica María José, una de las afectadas por esta especie de libertinaje.

Pero esto no significa que la ley de la calle sea la ley de los niños. Ellos podrán ir muy lejos, pero nunca lo suficiente. En Lantz todos cuidan de todos, no hay escapatoria posible. «Los conocemos y si tenemos que echar una bronca a alguno que no es nuestro, se la echamos», recalca la alcaldesa. «Hay muchos ojos, siempre se les vigila», confirma una mujer en la parada de La Pamplonesa poco antes de que llegue el autobús.

El fin de la calma

Desde la acera se adivina dentro del vehículo una especie de movimiento ondulante que hace sentir empatía por el chófer y la cuidadora. Mientras el conductor maniobra, los ocupantes del autocar pegan sus rostros a las ventanillas previamente engrasadas con sus manos que a saber qué habrán tocado en el colegio. Y cuando se abre la puerta todo aquello que se dijo antes sobre remansos de paz, campiñas verdes, rumores de regatos, vacas pastando y tañidos de cencerros pierde su razón de ser al encontrarse con la cruda realidad. Es el fin de la calma. El comienzo del jolgorio.

Ya lo había advertido Mirian. «No hay tregua». Y tenía razón. El primero en salir es Jon. Tras él no solo descienden más de veinte niños sino todo un griterío que corre a abrazar a sus familiares. Por todas partes se oyen saludos y peticiones. «Mi bocata, mi dibujo, abuela, mira lo que he hecho, me han pintado la nariz...». Nada que no ocurra en cualquier otra parada de autobús escolar pero allí, en lo que hasta hace poco había sido uno de los lugares más silenciosos del mundo, es algo que resuena como una explosión de infancia.

Tampoco es que dure demasiado. Los más pequeños aún remolonean junto a sus madres mientras los mayores ya se han marcado un objetivo. Corren desbocados hacia el frontón para ver cómo avanza la instalación de la carpa bajo la que se celebrará, entre otras actividades de las fiestas patronales, la comida de los jóvenes.

Son pequeñas las fiestas de estos días, nada que ver con los multitudinarios carnavales. A la comida acudirán los de casa: la juventud de Lantz y alrededores. Se supone que será un éxito, aunque nadie sabe qué ocurrirá en el futuro. David, ganadero y padre de tres hijos, lo sospecha. «Quedan algunos de treinta años, pero pocos. Pronto habrá un parón».

Fotos

Vídeos