Profanación en el mar de Java

Varios buzos inspeccionan lo que queda del crucero ligero australiano 'HMAS Perth'. / andrew halsall
Varios buzos inspeccionan lo que queda del crucero ligero australiano 'HMAS Perth'. / andrew halsall

Piratas chatarreros en busca de acero desmantelan los barcos hundidos en el Pacífico en la Segunda Guerra Mundial. Allí yacen los cuerpos de cientos de soldados

IRMA CUESTA

Aquel día, el mar de Java se convirtió en un infierno. El 27 de febrero de 1942, los Aliados recibieron uno de los golpes más duros de cuantos encajaron durante la Segunda Guerra Mundial y aquellas aguas del sur del Pacífico quedaron sembradas de cadáveres. Aunque el almirante Karel Doorman, al frente de buques holandeses, británicos, estadounidenses y australianos, tenía como objetivo amedrentar a las tropas japonesas antes de la invasión de Indonesia, nada salió como estaba previsto: en solo unas horas, la mitad de los barcos fueron destruidos y 2.200 soldados se hundieron con ellos. Ahora, 75 años después, alguien está profanando sus tumbas.

Las alarmas se dispararon hace unos meses cuando una expedición holandesa y otra británica, aprovechando la conmemoración de la batalla, se desplazaron hasta la zona. Buscaban los restos de sus buques cuando se percataron de algo sorprendente: aunque el radar mostraba la huella dejada por los pecios, los barcos no estaban. Pero, ¿cómo puede desaparecer de la noche a la mañana algo que pesa 8.000 toneladas y descansa en el fondo del mar?

Aquel descubrimiento desató la polémica. El Ministerio de Defensa del Reino Unido, espoleado por el enorme malestar de excombatientes y familiares de las víctimas, ha exigido a Indonesia protección para los barcos que cayeron en sus aguas. «La zona en la que se ha producido un choque militar como aquel debería permanecer tranquila y quienes perdieron la vida a bordo de aquellos barcos deberían poder descansar en paz», manifestó un portavoz del Gobierno. También se han dejado oír las voces de los gobiernos holandés, australiano y norteamericano, pero ya hay quienes se han encontrado una explicación a lo que está ocurriendo: piratas y chatarreros, que no tienen ningún problema en atentar contra la memoria de los caídos si el objetivo es hacerse ricos, podrían estar detrás de lo que muchos consideran un ultraje.

A pesar de las protestas y de los meses transcurridos desde que se descubriera lo que estaba pasando, hace solo unos días que el periódico británico 'The Guardian' ha publicado unas fotos como prueba de la destrucción de otros tres barcos japoneses que se hundieron frente a la costa de Borneo en 1944 durante la Batalla del Pacífico, y de uno de los más preciados de Australia: el crucero ligero 'HMAS Perth', en el que reposan los restos de más de 350 australianos.

Lo nunca visto

Nadie, ni siquiera James Hunter, arqueólogo marino del Museo Marítimo Nacional de Australia, con más de dos décadas de experiencia, y uno de los buceadores que descubrieron que el 'Perth' estaba «desaparecido del 60% al 70%», había oído hablar antes de un incidente parecido. Hunter sabía de la existencia de submarinistas que se dedican a llevarse restos de naufragios (robo de hélices, armas o elementos personales de la tripulación), pero nunca sospechó un expolio de tales dimensiones. «Llevo en esto más de dos décadas y nunca he sabido de la desaparición de cascos de acero de esa envergadura, eliminados por completo. No podía creerlo. Casi me niego a creerlo».

Incapaces de aceptar lo que está ocurriendo, británicos, holandeses y australianos se han propuesto zanjar de una vez por todas la actividad de los chatarreros piratas. El asunto ha tomado tal cariz que incluso las Fuerzas Armadas de Estados Unidos han enviado delegaciones a Indonesia para intentar proteger sus pecios, varios de los cuales también han sido atacados.

Pero los oteadores siguen localizando grandes barcazas grúa, a menudo con enormes cantidades de acero oxidado en sus cubiertas. Aunque algunos arqueólogos siguen creyendo que vender chatarra corroída no vale la pena -teniendo en cuenta lo mucho que cuesta sacarla del lecho marino-, está claro que ese acero es un buen botín. «Esos cascos son uno de los pocos depósitos de metales de bajo perfil que quedan. Fueron fabricados y hundidos antes de las explosiones de la bomba atómica en 1945 y las pruebas nucleares subsiguientes, por lo que están totalmente libres de radiación. Eso hace que incluso las pequeñas cantidades que han sobrevivido a los efectos del agua salada sean extremadamente útiles para instrumentos como contadores Geiger, sensores espaciales y material médico», explicaba hace solo unos días un experto a 'The Guardian'.

Otros apuntan a la creciente demanda de chatarra en China y aseguran que esa sed insaciable de materia prima del gigante asiático está detrás del gran robo. Y han echado cuentas: 1,15 millones de euros por buque, a lo que habría que añadir el latón, a unos 2.260 euros la tonelada, y el cableado de cobre, a unos 5.600. Suficiente dinero para que algunos olviden que, mientras se llenan los bolsillos, están desmantelando un cementerio y profanando la memoria de sus moradores.

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