«El primer impacto depende del mundo que has dejado atrás»

«El primer impacto depende  del mundo que has dejado atrás»

I. G.

Raquel (nombre ficticio, 53 años) asegura no recordar apenas su primer día en prisión. No solo porque hayan pasado seis años, sino porque estaba aturdida. No es para menos: mató a una persona -un «delito feo» sobre el que no quiere dar detalles- y fue detenida. Tiene la sensación de haber perdido la conciencia en algún momento, pero le han dicho que no. Llegó a la cárcel con lo puesto y le dieron una muda, unas deportivas y un chándal con el que pasó mucho frío aquel invierno. No tenía más ropa, porque su familia le dio la espalda para siempre. «Lo perdí todo. Esa es mi lucha ahora», reconoce.

Por su estado mental y anímico y por la naturaleza de su crimen, fue incluida en el protocolo de prevención de suicidios (PPS): estuvo cuatro meses acompañada las 24 horas por una reclusa de confianza y vigilada con celo por las funcionarias. El trato del personal fue «muy humanitario», pero sufrió «acoso» de otras internas. Hace ya años que pasó del módulo cerrado al de respeto, donde se ha reciclado como peluquera y limpia para pagarse los gastos: 170 euros al mes. Ahora es ella la que acompaña a las nuevas internas acogidas al PPS. Gracias al piso de la ONG que la tutela, disfruta de permisos y aspira a conseguir pronto el tercer grado. Para ser libre del todo le faltan siete años.

Félix (54 años) estaba paseando con su hijo pequeño por una calle de Santander cuando la Policía lo detuvo en 2008 y se lo llevó a la prisión de Santoña. Ni siquiera le habían notificado la sentencia, asegura: tres años y medio de cárcel por un robo en una iglesia cometido tres años antes. Fue una sorpresa: después de aquel delito, había rehecho su vida y trabajaba como pintor. No hubo tiempo de organizarse. «Lo pagaron mis hijos, que acabaron en un centro de acogida», lamenta. Reconoce que lo que más mitigó el impacto de perder la libertad de la noche a la mañana fue su experiencia en el Ejército, en el que había servido tres años. «Te ves con cientos de personas que no conoces de nada. Pero las normas en el Ejército son más rígidas -admite-. Los funcionarios ayudan bastante y son buenas personas. Entre los reclusos, en cambio, hay de todo».

Raquel. 53 años Doce años por homicidio. Era peluquera «No recuerdo mi primer día. Me pusieron en el programa de prevención de suicidios»MI PRIMER DÍA EN LA CÁRCELFélix. 54 años 3,5 por robo. Trabaja en una empresa de reformas «Estás rodeado de cientos de desconocidos. Pero las normas del Ejército son más rígidas»Arturo. 53 años Doce años por homicidio. Es carpintero «El funcionario que me recibió se preocupó por mí y me invitó a café. Yo estaba como soñando»

Como un colegio

Hace doce años, Arturo (nombre ficticio, 53 años) mató a una persona en una pelea. «No era un delincuente. Cometí un error y asumí las consecuencias», asegura. Días después se presentó ante la Guardia Civil. «El funcionario que me recibió en la cárcel me preguntó que qué tal estaba y me invitó a un café -recuerda-. Yo estaba como en un sueño. Me llamó la atención que se preocupara por mí. Me ayudó mucho».

El primer impacto, apunta, depende del mundo que dejas atrás. Arturo, que hasta entonces llevaba una vida familiar y social normal, se sentía fuera de lugar entre toda aquella gente «drogada o trastornada», pero terminó por adaptarse. La imagen de la trena desde fuera es falsa: «Por dentro es como un colegio, con sus normas. No tienes libertad para salir a tomarte un café o pasear cerca del mar, pero si no te metes en líos de drogas, nadie se mete contigo. Yo he entrenado, he estudiado y he trabajado». Ahora está en tercer grado y trabaja como carpintero. «Tienes que aceptar lo primero que te ofrecen. Después de tanto tiempo, cuesta hacerse. Todo va más rápido. Busco mi sitio en el mundo», reflexiona.

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