Planeta Lavapiés

Africanos en la Plaza de Nelson Mandela. ::  alberto ferreras/ FOTOS:
Africanos en la Plaza de Nelson Mandela. :: alberto ferreras / FOTOS:

En el barrio donde ha muerto el mantero Mame Mbaye coexisten 88 nacionalidades. Pese al brote violento, los vecinos creen que el experimento ha salido relativamente bien

ANTONIO PANIAGUA

Hace cien años Lavapiés era un barrio de lavanderas, corralas, fábricas de curtidos y olor a sardinas fritas. Acogía viviendas de obreros y representaba la patria de artesanos, prostitutas y rufianes. Hoy, cada mes de agosto, acoge el Monsoon Holi Madrid, donde cientos de personas se congregan en la plaza de Arturo Barea para bailar desaforadamente. Lo hacen mientras caen sobre ellas miles de litros de agua teñidos con 600 kilos de polvos de colores extraídos de flores. Es la Fiesta de los Monzones, una buena excusa para que gentes de todas las etnias dancen con los ritmos de Bollywood, con el DJ Badal como dueño del chiringuito y maestro de ceremonias. «Aquí puede ocurrir algo insólito: si preguntas a un niño español de qué equipo de fútbol es te puede contestar que del Galatasaray de Estambul, que es lo que me dijo mi sobrino. Porque aquí juegan en una misma plaza niños de origen africano, asiático y europeo», ilustra Julián Rodríguez, escritor y editor de Periférica.

Dentro del centenar de calles de Lavapiés conviven gentes de 88 nacionalidades, lo que ha generado otro lugar común, el de Lavapiés como laboratorio social y de coexistencia interétnica. El que en un lugar tan abigarrado no hayan surgido demasiados conflictos habla bien del experimento. Aunque también es verdad que el barrio tiene sus problemas. La muerte hace una semana del mantero senegalés Mame Mbaye a causa de un infarto ha puesto de relieve que Lavapiés está atravesado por tensiones sociales. Al día siguiente de la defunción de Mbaye murió un compatriota, esta vez por culpa de un ictus. La policía municipal seguía ayer patrullando las calles después de que la noche anterior tres agentes sufrieran heridas leves en incidentes paralelos a una manifestación pacífica.

Al margen del estallido de cólera de la comunidad africana, ¿cómo es el escenario de la protesta? Lavapiés es un refugio de inmigrantes en el que conviven bangladeshíes, marroquíes y senegaleses, que son las tres comunidades principales. A ellas se suman ecuatorianos, colombianos, chinos, estadounidenses, franceses...Al hablar con vecinos de la zona hay dos palabras que se repiten machaconamente: «gentrificación» y «Airbnb», la plataforma de pisos turísticos que ha hecho que los precios de los alquileres estén por las nubes. El proceso de aburguesamiento, de expulsión de los vecinos tradicionales por otros con mayor poder adquisitivo, ha empezado y está cambiando radicalmente la faz urbana de este barrio, que abarca el área comprendida entre El Rastro y el museo Reina Sofía. «Dentro de lo que cabe tuvimos suerte, porque hace justamente un año firmamos el contrato de alquiler. Nos cobran 900 euros por un apartamento de algo menos de 60 metros cuadrados con una habitación, salón, baño y minicocina. En solo un año había subido un 10%. Pero, ahora, nuestra casa puede rondar los 1.100 euros, dice Icíar, de 31 años, que vive con su pareja.

«A finales de los 90 los taxistas no se atrevían a entrar en el barrio»

Los grandes inversores inmobiliarios y turísticos ya han puesto el ojo en el barrio. De hecho, frente al Teatro Valle-Inclán se está construyendo un hotel de la cadena IBIS. Es frecuente ver a repartidores de folletos entregar a los vecinos octavillas con la leyenda «compro piso».

¿Qué es y qué no es Lavapiés? Lavapiés aúna el casticismo y lo cosmopolita, el pijerío progre y la indigencia, los pisos patera y los apartamentos turísticos, las calles sucias que apestan a orina y los locales de diseño, la taberna decimonónica que despacha «vino de consagrar» y los cafés que ofrecen bollos de canela y cardamomo. La vida regalada y la infravida.

A Samba Gaye, de 39 años y natural de Saint-Louis, la segunda ciudad más populosa de Senegal, no le ha ido bien con el experimento de Lavapiés. Vino a España en 2006 y trabaja con contrato de ayudante de cocina en un restaurante del Barrio de las Letras, donde están enterrados los huesos de los escritores del Siglo de Oro. Samba cobra 700 euros, insuficientes para mantener a su mujer y tres hijos de cinco, cuatro y dos años, sobre todo teniendo que pagar 400 euros de alquiler. «No estoy enfadado, estoy indignado por la muerte de Mame». Cuando tiene tiempo libre pasa el rato charlando en wólof (su lengua nativa) con sus compatriotas en las plazas de Nelson Mandela o Arturo Barea, donde se juntan los senegaleses para fumar y beber. Muchos de ellos están mano sobre mano, otros se dedican al 'top manta' y a vender latas de bebida. «Lo que no puede ser es que un vecino permanezca 15 años sin papeles. Tenemos que revisar la Ley de Extranjería», denuncia Manuel Osuna, portavoz de la asociación de vecinos La Corrala, la principal de Lavapiés. «Aquí la convivencia es bastante buena, pero a finales de los 90 los taxistas no querían ni entrar».

Lavapiés es sinónimo de activismo cultural y político, de agitación artística y de fiesta. No es un territorio sin ley. Quien lo diga no debió de conocer los estragos que hizo la heroína en el barrio, durante los primeros años de la democracia, o las fechorías en los años noventa de la 'banda del pegamento'. En aquel tiempo un grupo de niños magrebíes se dedicaban a robar bolsos con el procedimiento del tirón, especialmente a los chinos, a los que a veces desvalijaban dos veces en el mismo día. Luego los asiáticos contraatacaban y se montaba el lío. Hoy esa inseguridad ha desaparecido.

Agitación política

«Hace doce años o así llegaron los chinos y esto se convirtió en Chinatown, en un polígono industrial de distribución al por mayor. Compraban locales que pagaban al contado y a un precio superior al del mercado. Se fueron con la crisis y las calles se quedaron desiertas», apunta Mario Fernández, que trabaja en uno de los restaurantes más populares de Lavapiés.

Enrique García es copropietario de la librería Venir a Cuento, que vende libros ilustrados, novela gráfica y ensayos políticos de izquierda. «Es algo que pide el barrio, porque en Lavapiés hay mucha actividad política, desde Arturo Barea, el autor de 'La forja de un rebelde', hasta ahora. Por mi librería se acercan ahora bastantes gais y lesbianas y gentes que yo llamo la 'izquierda hípster', personas que han abandonado barrios más caros, como Malasaña y Chueca, y que buscan alquileres más baratos. Cada vez hay más profesionales liberales, que cohabitan con vecinos de toda la vida, algunos muy ancianos».

A Lavapiés se va a mirar y a dejarse ver. Quizá por eso se ha avecindado aquí gente del cine y el arte dramático. Y porque en la zona hay una quincena de espacios escénicos, algunos grandes, como el Pavón Kamikaze o el Valle-Inclán, y otros diminutos. Casi todos suelen ser alternativos y con vocación pública, como es el Teatro del Barrio, que cuenta con una universidad popular y donde se celebró en 2014 el acto fundacional de Podemos. A Lavapiés se le llama, no sin exageración, el 'Off Broadway' de Madrid por su oferta de teatro independiente.

Paca Flores, socia del editor Julián Rodríguez y vecina de la calle Encomienda, se encuentra con escenas que recuerdan a las de un pueblo hace cincuenta años. «Ves cómo una señora mayor invita a un café a la cartera o a la barrendera a través de la ventana». La editorial acaba de mudarse a Doctor Fourquet, donde existen varias galerías de arte emergente, unas humildes y otras muy influyentes, como la de Helga de Alvear o Espacio Mínimo.

El barrio es un vivero de iniciativas raras. Una de ellas es la Gatoteca, sede de la asociación Abriga. Esta ONG rescata gatos de la calle y los deja a su aire en un bar-refugio donde los clientes se relajan tomando café y acariciando al felino. Siempre cabe la posibilidad de que el visitante pueda adoptar uno. Eugenio López, miembro de Abriga, entreabre la puerta con cuidado. «Pasad, que se escapa el gato, lo cual viene como anillo al dedo. Hemos logrado que surja el amor y se hayan adoptado 200 gatos».

María Echavarría, de 33 años y cofundadora de Cleta, un servicio de mensajería en bici, abomina de los abusos en que están inmersos los repartidores del pedaleo. «¿Sabes lo que es Glovo o Deliveroo? Pues Cleta es lo mismo pero con ética». Aunque vive en Vallecas, conoce bien lo que se cuece en Lavapiés. «La mayoría de los problemas están protagonizados por yonquis, cerca del Rastro. Y luego hay gente pobre que está todo el día borracha, pero en Vallecas pasa lo mismo y son españoles».

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