El viaje inolvidable de... Paula Sanz

La ilustradora Paula Sanz Caballero./LP
La ilustradora Paula Sanz Caballero. / LP

A la ilustradora le fascinó Fire Island por su naturaleza en estado puro y la calma reinante. No olvida los cangrejos «que parecen sacados de Parque Jurásico», el paseo por la playa junto a un ciervo o los deliciosos amaneceres

ELENA MELÉNDEZ

La primera vez que Paula Sanz Caballero escuchó hablar de Fire Island se encontraba pasando una temporada en Nueva York por motivos laborales. Unos amigos suyos la invitaron a disfrutar de unos días de descanso en la casa de playa que tienen en tan singular enclave y el alto ritmo de trabajo de esta reputada ilustradora de moda no le dejó tiempo para informarse sobre el destino. «Cuando llegué allí aluciné. No hay coches, la mayoría de casas son construcciones bajas de madera y te encuentras ciervos sueltos por la playa y cangrejos que parecen sacados de Parque Jurásico por su enorme tamaño. Es un paraíso a tan sólo una hora de Nueva York», explica. El lugar se hizo muy famoso entre la comunidad gay en los años setenta y ochenta, cuando empezó la psicosis del sida y grupos de hombres y mujeres encontraron en la isla un refugio al margen de la urbe. En la actualidad se ha convertido en el secreto mejor guardado de aquellos residentes en Manhattan que buscan privacidad y naturaleza en estado puro. También ha sido frecuentada por artistas como Truman Capote, Harvey Keitel, Ethan Hawke o Uma Thurman. «Me recuerda un poco al ambiente de Ibiza. Por el día se hace vida tranquila de paseos por la playa, yoga al aire libre y largas sobremesas. Por la noche quien busca fiesta tiene toda la que quiera. Yo prefiero las cenas relajadas con amigos en casa».

La última vez que Paula estuvo fue el pasado agosto, que considera la mejor época para conocer un destino donde las frías aguas hacen más agradable el baño durante los meses de calor. Para llegar hasta allí hay que coger dos trenes. En la estación se toma un microbús que te lleva hasta el ferry que cubre los ocho kilómetros que la separan de Long Island. Tras quince minutos a bordo tomas tierra en Fire Island. Lo primero que llama la atención allí es la ausencia de vehículos a ruedas, más allá de algunos coches destinados a servicios. No hay grandes hoteles para alojarse, tan sólo cabañas de madera nada ambiciosas, muy respetuosas con el paisaje. Únicamente se puede caminar por la playa o por unos senderos elevados de tablas de madera que discurren a lo largo de la isla sobre la arena de la playa. «Todo se transporta en carritos, no hay motos ni otro medio de transporte. El mar es muy fuerte con el fondo rocoso, hay caracolas enormes y delfines que nadan y saltan a pocos metros de los bañistas. En alguna ocasión he pasado miedo por la bravura de las olas, que te arrastran», asegura.

Sendero de tablas de madera en Fire Island; una típica casa baja y el punto de partida del lugar. / LP

Recuerda un momento muy bello que tuvo lugar durante uno de sus paseos al anochecer. Paula transitaba por la orilla de la playa de Cherry Grove cuando un gran ciervo empezó a caminar junto a ella, sigiloso, siguiendo su ritmo. Lejos de sobresaltarse, la ilustradora prosiguió el camino junto al animal en un trayecto que duró cerca de veinte minutos y que ella define como mágico. Otro de sus momento favoritos son los amaneceres, que puedes admirar desde uno de los lados de la isla, y también los atardeceres, formidables si te desplazas tan sólo medio kilómetro a pie. Paula además aprovecha sus estancias en este paraje exótico para sacar la libreta de dibujo y los lápices y dejarse llevar por la creatividad. La comida de la isla se basa en recetas internacionales que sirven en los pocos restaurantes del lugar y platos típicamente americanos. «Es una isla muy hippy, la gente puede ir desnuda en la playa, nadie te mira, no hay prejuicios porque todo el mundo se respeta. Si en los Hamptons importa el ‘who i who’, en Fire Island impera la libertad».

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