Once años en las guerras sin fin de Oriente Medio

Hospital de campaña en Mosul, justo a las puertas de la ciudad vieja. :: mikel ayestaran / FOTOS:

Llegar a Mosul y ver su caída no fue fácil. «Atravesé los puestos de control gracias a un veinteañero que conducía con la música a tope y a cambio de una cantidad como para volar de Madrid a Nueva York». Vivencias de un reportero de guerra en una región que lleva matándose dos mil años

MIKEL AYESTARAN

Doce de julio de 2006. Israel bombardea el aeropuerto internacional de Beirut. Imposible regresar a casa a bordo del vuelo nocturno de Alitalia porque el aeropuerto, lógicamente, está cerrado y todos los trayectos han sido cancelados. La única forma de salir del Líbano es por tierra, vía Siria, pero... ¿quién quiere ser evacuado de un país en el que acaba de estallar una guerra? Los 33 días que siguen a este bombardeo son mi bautismo de fuego. No fui a buscar una guerra y ningún jefe me mandó a cubrirla, pero los medios que confiaron entonces en un desconocido periodista treintañero que acababa de abandonar la seguridad de una redacción para lanzarse a la aventura de ser 'freelance' siguen haciéndolo hoy. Es el caso de los periódicos de Vocento.

Desde ese primer bombardeo en Beirut (en el que la sensación era la de asistir a un concurso de fuegos artificiales hasta que un proyectil impactó en el faro próximo al hotel Mediterranée y el suelo tembló como en un terremoto), hasta mi reciente entrada en Mosul en la agonía del califato han pasado miles de muertos, millones de víctimas y once años. Una década sangrienta marcada por las consecuencias de las invasiones de Estados Unidos de Afganistán e Irak, las primaveras árabes protagonizadas por Egipto, Libia, Siria, Túnez o Yemen, las tres ofensivas de Israel sobre Gaza, la última con más de 2.500 muertos en apenas cuarenta días, la mayoría civiles según la ONU, y el establecimiento del califato por parte del grupo yihadista Estado Islámico (EI). Una década en la que compañeros de viaje a lugares calientes, como el reportero donostiarra Karlos Zurutuza, han acuñado el término de 'Ayestaranistán' para definir un área de trabajo que se estira desde las playas de Túnez hasta las montañas afganas, con incursiones en Georgia (2008) o el este de Ucrania (2014).

Asco, miedo y respeto

La guerra me cayó encima y desde entonces no me he podido despegar de ella. Cada cierto tiempo nos reencontramos. Es una relación de asco, miedo y respeto, porque la realidad es mucho peor que la ficción. Es también una gran responsabilidad, porque alguien tiene que ir, contarlo y volver. ¿Sirve para algo? Es la pregunta que no para de torturarme desde el primer día y para lo que no tengo respuesta.

Siempre me muevo en la misma región del mundo, ese Oriente Medio en el que «si llevan dos mil años matándose, no van a parar ahora», como decía el fotoperiodista y escritor madrileño Enrique Meneses para justificar su decisión de apostar por esta parte del mundo. No solo no han parado, sino que los niveles de violencia entre etnias y confesiones se han disparado y los conflictos puntuales se estiran en interminables postconflictos. No es un todos contra todos, como puede parecer desde la lejanía, es un tú o yo. Por eso no hay compasión, es pura lucha por la supervivencia.

La región se desangra y yo viajo por esa herida abierta cuya última gran hemorragia es el califato. En julio de 2014 estaba en Bagdad cuando el EI tomó Mosul y amenazó con asaltar la capital del país. El Ejército iraquí no ofreció resistencia y, para sorpresa mundial y de los propios iraquíes, los herederos de Al Qaeda izaron su bandera negra en la segunda ciudad del país. Tres años más tarde, justo a comienzos de este mes, llegaba a Erbil, capital de la región autónoma kurda de Irak, para viajar por tierra desde allí a una Mosul en la que los seguidores del califa resistían en unos pocos cientos de metros. Un trayecto de apenas 80 kilómetros para ser testigo directo de la caída de la capital de un grupo que ha logrado arrebatar el título de 'mayor amenaza global' que durante años ostentó la Al Qaeda de Osama Bin Laden.

Viejos trucos en los controles

Sobre el papel parece un recorrido sencillo y en la carretera se ve tráfico en ambas direcciones, lo que es mucha mejor señal que una carretera desierta, pero como en todos los conflictos, este también tiene sus códigos. Si en 2006 en Líbano la clave de la cobertura fue dar con un taxista capaz de llevarme a la sureña Tiro, punto más cercano a la línea del frente, pese al toque de queda decretado por Israel, esta vez también el trabajo logístico para entrar en la capital del califato es clave.

Mis primeros dos intentos son un fracaso. Los puestos de control kurdos se pasan con relativa facilidad, pero al llegar al cruce de la ciudad cristiana de Bartella, donde está la primera posición iraquí, comienzan los problemas. Los milicianos chiíes que custodian la posición entre banderas religiosas, no nacionales, exigen un permiso del Mando Central de Operaciones que debe tramitarse en Bagdad... Siempre intento tener permisos y papeles en regla, pero esta vez no he tenido tiempo. Lo intento todo, hasta el recurso de los llaveros y bolígrafos del Real Madrid y del Barcelona que siempre hay que llevar encima. Nada funciona hasta que recibo un mensaje de Whatsapp del responsable de prensa del Mando de Operaciones que, harto de mis llamadas, me dice literalmente que «hay fixers con experiencia que saben tratar con las fuerzas armadas» y me da tres nombres. En la jerga periodística el 'fíxer' es mucho más que un simple traductor, es la persona capaz de interpretar la situación y se convierte en un salvavidas para saber dónde no hay que meterse.

22 años, resaca y al volante

¿Experiencia? Yo trabajo con Muhamad Kaki, extraductor de español de la oficina de Sadam Husein, con más de cuarenta años en la profesión... pero no, esa «experiencia» se refiere ahora a los contactos, al negocio que un grupo de veinteañeros kurdos y los militares iraquíes han montado para monopolizar la llegada de periodistas extranjeros.

24 horas después, en mi tercer intento, vuelo en un todoterreno junto a un kurdo sirio de 22 años, resacoso y con música discotequera a todo volumen. Me he saltado mis protocolos de seguridad por llegar a Mosul, por ser el primero y tengo tan poca confianza en quien conduce, a cambio de una cantidad con la que podría volar de Madrid a Nueva York, que he pedido al señor Kaki que no venga. La desconfianza inicial se rebaja cuando veo que cada puesto de control es una fiesta. Mi acompañante, escondido bajo unas gafas de sol de espejo, reparte pipas, botellines de agua y tiene la broma adecuada para cada uno de los hombres: peshmerga kurdo, miliciano chií, cristiano, policía federal o miembro de la Golden Division.

En cuatro horas, hay que hacer un desvío importante para poder cruzar el Tigris, divisamos los hongos de humo negro que salen de la ciudad vieja. Hemos llegado. Ahora queda lo más complicado, verlo, vivirlo y regresar sanos y salvos para contarlo. Hay pocas sensaciones tan placenteras en esta profesión como la de saber que estás en el lugar adecuado, en el momento adecuado, solo superada por la de apretar el botón de 'enviar' para que la crónica llegue al periódico después de pasarte el día en una zona caliente. Siete meses después de ver cómo el Ejército sirio recuperaba el control de Alepo, tengo ante mis ojos las cenizas de la capital del califato. Una etapa más en esta carrera de dolor.

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