El ictus le robó las palabras

Olivia Rueda sufrió un ictus en 2010 y ha escrito un libro sobre su experiencia para recuperar el lenguaje. / alberto ferreras
Olivia Rueda sufrió un ictus en 2010 y ha escrito un libro sobre su experiencia para recuperar el lenguaje. / alberto ferreras

Olivia, una montadora de televisión, sufrió un ictus y tuvo que reaprender a hablar y escribir. «El lenguaje nos distingue de los animales»

ANTONIO PANIAGUA

Hubo un tiempo en que Olivia Rueda tenía que someterse a un ritual vergonzante: la enfermera la desnudaba y cogía en brazos como si fuera una niña para sentarla en un taburete. Era el momento de la ducha. Olivia había sufrido un ictus, un derrame cerebral, y quedó hemipléjica del lado derecho del cuerpo. Veía como las moscas, todo proyectado en un prisma. Con el cuerpo desmadejado y la memoria maltrecha, se le había olvidado hasta el número del DNI. Pero aparte de la postración física, se quedo muda. Ocho años después puede hablar con cierta fluidez, lo que le supone un esfuerzo agotador y le exige tiempo de descanso para recuperarse. Al expresarse hace un ejercicio mental parecido a quien está aprendiendo un idioma extranjero, piensa las palabras y la construcción de la frase. «Sin lenguaje no tenemos nada, es lo que nos distingue de los animales. Te acabas aislando, aunque ahora por suerte puedo hablar de nuevo», dice Olivia, de 49 años, cuyo aprendizaje no terminará nunca.

Olivia Rueda trabajaba de montadora de documentales y videoclips en TV3. En 2009 padeció una crisis epiléptica que le hizo ver las cosas muy feas. No fue uno de esos ataques con convulsiones que hacen que el paciente se muerda la lengua y escupa espumarajos. No, Olivia tenía un fortísimo dolor de cabeza y mareos. Los vahídos se desvanecieron, pero cuando quería decir 'bolígrafo' le salía 'llaves'. Los médicos le descubrieron una deformación cerebral y tuvo que pasar tres veces por el quirófano. En la tercera intervención le sobrevino un ictus y su mente se fundió a negro. Ha tenido que reaprender a hablar y escribir. Para apropiarse de nuevo del lenguaje desplegó esfuerzos denodados y rellenó cuartillas con una caligrafía propia de un escolar de primaria.

Ha mejorado mucho gracias al trabajo con su logopeda Esther, que trabaja en el Hospital Vall d'Hebron de Barcelona, aunque se sigue trabucando con alguna palabra. Sufre afasia de Broca, producto de una lesión en la corteza prefrontal del hemisferio cerebral izquierdo, donde se ubica el lenguaje. No se considera un bicho raro porque en España hay alrededor de 420.000 personas con daño cerebral adquirido, el 78% sobrevenido a raíz de un derrame.

«Nunca he entendido lo de 'si quieres, puedes'; la frase culpabiliza al enfermo»

Con sus diarios, notas de voz, apuntes manuscritos, dibujos y horas de entrevista y conversaciones, Olivia Rueda ha alumbrado un libro, 'No sabes lo que me cuesta escribir esto', publicado por Blackie Books. No es la típica historia de superación, aunque contar sus memorias ha ejercido efectos terapéuticos. Eso sí, detesta el pensamiento positivo que predica que la voluntad lo puede todo. Y también se le atraganta la cursilería de quienes tratan de reconfortar al enfermo con peluches. «Nunca he entendido eso de que 'si quieres, puedes', la frase lleva una carga que culpabiliza al enfermo. Hay quienes se pueden recuperar e incluso curar. Pero si te has roto la médula no vas a poder andar de ninguna manera. ¿Qué se dice entonces, que sí se puede? Es todo un poco cruel».

Lengua de trapo

Su libro rezuma ironía y humor negro. Si llamaba a su pareja le salía un acento de espía rusa de la KGB. «Roberrrrrto... Es por culpa de la lengua, la tengo de trapo todavía (...) Yo sé que no soy tonta, pero me está costando horrores demostrárselo a los demás. Parece una adivinanza: lista por dentro, tonta por fuera, ¿quién es?». Así son los diarios de Rueda, que se convirtió a regañadientes en una visitante habitual del Instituto Guttmann, un centro de neurorrehabilitación en el que por aquella época no había muchas plazas.

Su madre le puso el nombre de Olivia por un culebrón radiofónico, si bien la primera nunca lo admitirá. Su familia, de origen humilde, venía de Andalucía y muchos de sus miembros albergaban inquietudes culturales. De ahí que en casa de sus tías siempre hubiera un diccionario a mano. Tras sufrir el ictus, Olivia iba a las tiendas también con otro diccionario bajo el brazo, pero de inglés, uno de esos manuales con dibujos del pan, la leche y la carne pintados en un recuadro y en el que al pie de la ilustración figura la palabra.

La autora de las memorias, que vive en Barcelona, tiene como lengua materna el castellano, mientras que el catalán lo aprendió en la escuela. «Como los dos idiomas son bastante parecidos, me hacía un lío y me estancaba. La logopeda me dijo: 'tranquila, primero una lengua y después la otra'».

Sus hijos Martina, de 14 años, y Leo, de 9, lo pasaron mal, si bien los niños «acaban buscándose la vida». Olivia da por terminada su faceta de escritora, un trabajo que le produce una fatiga enorme. Prefiere cuidar las plantas, hacer cerámica, sobre todo escuchar el sonido del torno cuando gira, y pasear por el Barrio Gótico. Recibir la carta que le notificaba la incapacidad fue amargo. «Venía acompañada de un tríptico ilustrado con señores mayores en la playa bajo un sol increíble, todo para decir: eres minusválida. A ver, ¿quién hizo esa publicidad? Quiero hablar con él», dice riendo.

Fotos

Vídeos