La nostalgia del maharajá

Dos hombres conducen a sus elefantes por la carretera que une Jaipur con el Fuerte Amber. Allí ofrecerán a los turistas el acceso al complejo palaciego sobre los palanquines de los paquidermos, como lo hacían los viejos soberanos del Indostán. / I. Ochoa de Olano

562 hombres reinaban como semidioses sobre un tercio de India a principios del siglo pasado. Hoy sus sucesores hacen caja con el turismo

ICÍAR OCHOA DE OLANO

El escritor británico Rudyard Kipling dijo que la providencia los engendró «para brindar un espectáculo a la Humanidad». El padre de la independencia de la India, Mahatma Gandhi, los despachó como a unos «playboys manirrotos que vendieron su alma al colonizador británico». Más prosaico, el refranero popular español los evoca, todavía en presente, como los señores que mejor saben vivir del mundo. Cada uno en su estilo, todos atinan. No ha habido, ni habrá, otra época más presuntuosa y decadente como la que protagonizaron los soberanos del Indostán desde las postrimerías del imperio mogol, en el siglo XVIII, hasta 1947, con el final de la administración colonial. Con sus harenes de 'Las mil y una noches', sus bacanales, su desmesura con las joyas y los palacios, sus cacerías de tigres y sus cabañas de elefantes -pedestales de marfil y medio de locomoción mientras se diseñaba el Rolls Royce-, los maharajás fueron hombres legendariamente caprichosos. Provenientes muchos de ellos de dinastías guerreras milenarias, se creían de procedencia divina, contaban con la protección del Raj británico y el pueblo les adoraba. Nada impedía que se arrellanaran en el delirio. Cultos, crueles, encantadores, egoístas, seductores, hedonistas -algunos, pocos, ascéticos-, megalómanos, mecenas, iluminados, autoindulgentes, artistas, excéntricos -eso casi todos-, la extravagancia era para ellos el sumun del refinamiento.

Casos aparte como el del maharajá Jay Singh de Alwar, que compraba los Hispano Suiza de tres en tres y a medida que se cansaba de ellos los mandaba enterrar en unas colinas próximas a palacio, o el de Bhupinder, su homólogo de Patiala, un titán de 130 kilos con un apetito voraz tanto en la cama -tuvo 350 esposas y concubinas- como en la mesa, donde podía devorar tres pollos para almorzar, también los hubo juiciosos y responsables con su estatus y condición. Sawai Ram Singh II, monarca de la capital del Rajasthán entre 1835 y 1880, destacó por vislumbrar los vientos de cambio que soplaban en su país e interiorizar la necesidad de navegar encaramado a la ola de las nuevas tendencias. Así, convirtió Jaipur en una de las ciudades más pintorescas y avanzadas del país, sin descuidar el bienestar de sus súbditos.

Rey de Jaipur a los 13 años

Sensible y considerado, se aficionó a infiltrarse de incógnito en las calles de la palpitante ciudad rosada para comprobarlo de primera mano. Estudió fotografía, acuñó sin saberlo el estilismo 'hipster' -así lo sugiere la imagen que de él muestra el Museo Albert Hall, construido bajo su reinado- y se reveló como un reformista libertador: abolió la esclavitud, el infanticidio femenino y la salvaje costumbre del Sati, por la cual las mujeres que enviudaban debían arrojarse a una pira en llamas para, al igual que sus maridos, perder la vida.

A principios del siglo pasado, 562 de estos monarcas reinaban aún sobre un tercio del territorio de la India. Algunos, en estados del tamaño de España. La independencia, a finales de la década de los cuarenta, les cogió de sorpresa. Forzados a ceder sus feudos a la nueva nación y a Paquistán, a cambio, la nueva Constitución les reconocía sus títulos hasta la eternidad y les asignaba una partida económica anual proporcional a los ingresos que sus antiguos reinos habían generado. Mantendrían ese estatus hasta 1971, cuando Indira Ghandi promulgó la Ley del Desreconocimiento de los Príncipes. La primera ministra sofocaba así los intentos de algunos de ellos de hacer carrera en la política. Desposeídos de sus títulos, sus privilegios y la asignación anual, muchas familias reales se vieron entonces abocadas a la ruina.

Antaño semidioses, hoy sus sucesores se esfuerzan por mantener las apariencias mientras hacen caja con el turismo. Unos, reconvirtiendo su glorioso patrimonio inmobiliario en una oferta hotelera exclusiva que garantiza una experiencia como la que se procuraron en vida sus antepasados; otros, abriendo al público parte de las dependencias palaciegas que aún ocupan.

Donde hace 170 años Sawai Ram Singh II atornillaba sin saberlo el armazón de la conocida como París de Asia, Padmanabh Singh le sucede hoy en un trono no reconocido por la ley, y que heredó a la muerte de su abuelo. Tenía trece años cuando, en 2011, fue coronado nuevo maharajá de Jaipur y se convirtió en el rey más joven del mundo. «Es un privilegio y una responsabilidad, porque tu comportamiento ha de ser ejemplar», ha dicho tras alcanzar la mayoría de edad.

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