Náufragos a la carta

Rubén Pérez perdió veinte kilos tras pasar dos semanas en una isla desierta del sudeste asiático sin asistencia alguna.
Rubén Pérez perdió veinte kilos tras pasar dos semanas en una isla desierta del sudeste asiático sin asistencia alguna. / rubén pérez

Turistas contratan experiencias extremas en islas desiertas y ponen a prueba su resistencia mental y física. «Aprendes a valorar todo lo que tienes», afirma un superviviente

SUSANA ZAMORA

Isla desierta en Indonesia, idónea para quienes buscan un nivel de aislamiento muy alto.

Precio. 140 euros/persona y día.

CATÁLOGO DE ISLAS

Amparo Island
Tando Island
Gambolo island
Siroktabe island
The blue lagoon

Isla de Indonesia habitada por una tribu local. Cuenta con una cabaña básica. Aislamiento alto.

Algunos clientes musulmanes alquilan una isla para que sus mujeres puedan estar en biquini

Precio. 87 euros/persona y día.

Isla de Indonesia con tienda de campaña. Posibilidad de encontrarse con otros viajeros.

Precio. 81 euros/persona y día.

Isla de Indonesia remota e inhóspita. Playas paradisiacas e impenetrables junglas.

Precio. 160 euros/persona y día.

Isla de Indonesia completamente privada y con todas las comodidades.

Precio. 185 euros/persona y día.

Dos vuelos en aerolíneas regulares, tres avionetas, 42 horas de viaje hasta aterrizar en la costa más próxima y una más en lancha rápida para llegar desde España, literalmente, al fin del mundo. Allí, donde se detiene el tiempo y uno se encuentra a sí mismo; donde las horas sólo las marca el amanecer y la puesta de sol; donde no hay más compañía que la naturaleza en estado puro. Un viaje a un lugar idílico, pero donde el ser humano pone a prueba sus capacidades físicas y mentales para sobrevivir. Así lo hizo Rubén Pérez, un joven barcelonés de 29 años, que pagó 5.500 euros para pasarlo realmente mal, pero al que le compensó con creces la experiencia. Sin agua, sin comida, sin un refugio en el que dormir o resguardarse de los continuos aguaceros, rodeado de insectos y en absoluta e inquietante soledad. Un reto vital. Durante quince días vivió al límite de sus posibilidades, como un náufrago, en una pequeña isla desierta de Indonesia, en el sudeste asiático. Allí, 'abandonado de la mano de Dios', vivió una experiencia extrema, pero que volvería a repetir cuantas veces pudiera. «Te enseña a valorar lo que tienes», resume.

En sus planes nunca estuvo cometer una locura de este tipo. Buscaba «un viajecito» para el verano y la carambola de un buscador en internet le descubrió una realidad desconocida, pero ilusionante. Una agencia (la única de este tipo actualmente) organizaba viajes a lugares remotos para vivir unos días aislado del mundo. Sus pupilas se dilataron y su corazón se aceleró. «¿Por qué no?», se dijo. Cogió un teléfono y en dos días ya había cerrado el plan con Docastaway ('Haz el náufrago'), una empresa que nació en 2010 para cubrir una demanda potencial y que siete años más tarde se ha confirmado con la experiencia de medio millar de clientes. Unos buscan nuevas sensaciones, otros relajarse y apartarse del mundanal ruido; los hay que desean ponerse a prueba y otros son clientes musulmanes que alquilan las islas solo para que sus mujeres puedan bañarse en biquini como el resto de las occidentales, pero sin que nadie pueda echarles el ojo. Por eso, en su oferta de estancias, se puede elegir entre el 'modo aventura', donde el viajero no recibe ningún tipo de asistencia (solo en caso de emergencia, sobre todo por hambre, miedo, aburrimiento o enfermedad), y el 'modo confort', con abundantes comodidades y sin tener que preocuparse por el agua o la comida.

El malagueño Álvaro Cerezo, titulado en Ciencias Económicas por la Universidad de Granada, vio una oportunidad de negocio en lo que había sido su afición desde siempre: viajar y descubrir islas. «Ya de pequeño, cuando mis padres andaban distraídos, me iba desde la playa de La Herradura (Granada) hasta Calaiza, una calita a aproximadamente una hora en colchoneta para huir de la aglomeración de bañistas. Cuando llegaba y estaba allí solo me imaginaba que era mía», recuerda Cerezo. A los 19 años empezó a viajar con frecuencia gracias a las facilidades que le proporcionaba su hermano, auxiliar de vuelo. Su primer destino en «aislamiento» fue en el archipiélago de Andamán, en India. De allí, fue saltando de isla en isla, y perdido por el mundo fue descubriendo que se puede sobrevivir en islas desiertas y que como él habría otros que querrían experimentarlo. No se equivocó.

Rubén fue uno de ellos. Lo tuvo tan claro que en tres semanas desde que contactó con la agencia ya estaba viviendo su reto personal en Siroktabe. Sin ropa y con gritos al aire «como un tarzán» pasó sus primeras horas en la isla. «Nunca antes había experimentado una sensación igual, de auténtica libertad», revive. Pero el paraíso dejó de serlo cuando pasaban los días y no lograba echarse nada a la boca. Solo un pozo con agua estancada lo mantenía vivo (hoy piensa en las muchas enfermedades que podía haber contraído), porque ni el machete ni el sedal, que era lo único con lo que quiso contar sobre el terreno, le habían servido de ayuda hasta ese momento. Tras mucho explorar, localizó plátanos, pero estaban tan verdes que no pudo consumirlos hasta el final de su estancia, cuando los cocinó en el fuego y ante la grave debilidad que acumulaba. Mientras tanto, sobrevivió con los pocos peces que a partir del quinto día logró pescar cuando descubrió que las caracolas servían de cebo.

El mayor reto fue hacer fuego con el perno que se había llevado y con el que trataba de generar alguna chispa. Cuatro días tardó en conseguir hacerlo, y pocas horas en que se apagase por las constantes lluvias y la gran humedad en el ambiente. Apenas dormía, las hormigas mordían, le ponían de mal humor porque no podía librarse de ellas, «estaban por todos lados y a todas horas». Las noches se hacían interminables; a los aguaceros y a las hormigas se sumaban los desconcertantes ruidos. En una completa oscuridad, las horas pasaban con insufrible lentitud y con un miedo contenido. «Escuchaba muchos sonidos, algunos me inquietaban y decidía encender la linterna de dinamo que llevaba. Sólo pude hacerlo una vez; cuando comprobé que la luz atraía a todos los insectos de la isla, desistí».

La impotencia era cada vez mayor y la tristeza y la desolación empezaron a pasarle factura: «Había días que pasaba horas llorando e, incluso, acabé hablando con las hormigas». Rubén estuvo a punto de abandonar por falta de alimento, cuando, en su duodécimo día en la isla, confundió una roca con una patata. «Me encontraba muy mal, pero saqué fuerzas de flaqueza; era un reto y tenía que conseguirlo», dice. Al día siguiente de esa «gran crisis», encontró un enorme cangrejo que le permitió ver la luz al final del túnel. En la isla se dejó veinte kilos después de dos semanas con el siguiente recuento alimenticio: cinco pescados, un coco, unos cuantos plátanos verdes y la carne que pudo sacar del gran crustáceo que alivió sus últimos días de robinsón.

Veterano superviviente

A diferencia de Rubén, Ian Argus Stuart es todo un veterano en situaciones extremas. En los últimos 30 meses, ha estado en ocho islas del mundo completamente solo. A sus 67 años, se ha convertido en colaborador de Docastaway y hace de «conejillo de indias» para la agencia, comprobando cómo se vive en las islas que Álvaro va descubriendo y negociando con las autoridades locales para que le dejen habitarlas por unos días. «No pienso en lo que hago como un 'hobby', lo mío es más bien una forma de vida», afirma este «ciudadano de Andorra», como quiere que se le mencione, aunque nacido en Somerset, un condado rural del sur de Inglaterra. Para este hombre de negocios, que empezó vendiendo las lombrices que cogía entre el fango para cebo a los pescadores de su pueblo y a los 21 ya había amasado su primer millón de libras con la compra-venta de barcos tras restaurarlos, cualquier reto parece insuficiente.

Fue el primero en habitar la isla más joven del mundo, que emergió tras la erupción de un volcán submarino en el archipiélago de Tonga y que él bautizó como Nuria. «Significa fuego de Dios en la mayoría de las religiones y me pareció el nombre ideal para una isla que había nacido del fuego; además, es el nombre de mi mujer», desvela. Ian relata que el momento más duro que pasó en Nuria fue en su segundo viaje, cuando sobrevivió a un ciclón que la golpeó y «empezó a disolverse en el mar, como si me estuviese hundiendo en arenas movedizas». Pese a todo, Ian asegura que lo más duro que podría ocurrirle sería volver a vivir en una gran ciudad: «Eso sí que sería terrible».

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