El lío de la mejor cerveza del mundo

Los monjes trapenses de Saint Sixtus, en Bélgica, llevan fabricando sus cerverzas desde 1831 con un método artesanal y secreto. / getty images
Los monjes trapenses de Saint Sixtus, en Bélgica, llevan fabricando sus cerverzas desde 1831 con un método artesanal y secreto. / getty images

La picaresca comercial enfada a los monjes belgas que la fabrican

ANTONIO CORBILLÓN

A los monjes de la abadía belga de Saint Sixtus nunca se les ha subido la 'espuma' de la rentabilidad mercantil. Fabrican de la manera más artesanal y limitada la mejor cerveza del mundo sólo para garantizar el sostenimiento de su imponente monasterio de Vleteren, al oeste de Flandes. Estos días han roto su habitual clausura para mostrar al mundo su «total conmoción» al enterarse de que la cadena de supermercados holandesa Jan Linders acumuló enormes colas en sus negocios de amantes de esta cerveza dispuestos a hacerse con el 'alijo' de 7.200 botellas de Westvleteren XII. Una poderosa birra de 10,2 grados y cuádruple fermentación instalada desde 2005 en el número 1 de 'Ratebeer' (ranking mundial de cervezas), la 'biblia' que cataloga más de 200.000 destilados de malta y lúpulo de todo el mundo.

La táctica de Jan Linders está más cerca del contrabando que de una práctica comercial. Porque los monjes fabrican y venden su néctar (475.000 litros anuales) con cuentagotas. Apenas salen de sus alambiques 60.000 cajas de 24 botellas de 33 centilitros. Podrían vender infinitamente más, pero es lo que necesitan para sobrevivir sus actuales veinte claustrales.

«Tener mucha paciencia y mucha suerte». Es el consejo de la web monacal (https://sintsixtus.be) que avisa de sus muy particulares condiciones para poder llevarse a los labios uno de sus manjares. Dos cajas de 24 botellas cada dos meses es lo máximo que logrará cualquier comprador. Los monjes exigen nombre, número de teléfono, placas de matrícula del coche y presencia real. A cambio, ellos mismos se encargarán de meter las lotes en el maletero.

Los ansiosos que quieran repetir y/o acumular deberán esperar esa cuarentena de 60 días. Salvo que hayan utilizado alguna artimaña como la que han tenido que aplicar los listillos de Jan Linders. Ante la avalancha de interrogantes, su gerente de marketing, Gineke Wilms, dijo de forma críptica que la cerveza «se compró a través de varios enlaces». Y lo completa diciendo que «teníamos muy buenas intenciones».

Usura comercial

Le faltó decir mercantiles. Porque en sus estanterías vendían las botellas a más de 12 euros, cuatro veces lo que cobran en la abadía (3,75 euros). Y, para garantizarse el máximo de compradores, aplicaron su particular 'numerus clausus': sólo dos botellines por cabeza.

A lo largo de sus casi dos siglos de historia, los monjes sólo han roto su voto de pobreza comercial en dos ocasiones. Entre 1946 y 1992 subcontrataron a una productora externa la fabricación por obras dentro de sus muros. En 2011 permitieron a la cadena Colruyt vender 93.000 botellas para recaudar fondos destinados a las obras de reforma del monasterio. Lo que no ha variado desde 1946 es el cupo de casi medio millón de litros que elaboran durante 70 días al año. Y lo hacen entre cinco de los 26 residentes intramuros.

Uno de los objetivos de los grandes amantes de cerveza que visitan Bélgica es probar una Westvleteren. A pesar del singular método de venta, no es demasiado difícil hallarlas en cualquier ciudad grande. Las tiendas las consiguen y luego recargan sin pudor un buen 'pico' al incauto cliente. No les importa que el ticket de compra inicial ponga bien claro que «no se pueden revender».

Además de en el monasterio, el único lugar en el que se paga el precio que marca la orden de San Sixto es en la cafetería In De Vrede, situada frente a la fachada principal de la abadía. Allí se desplazan los devotos, que comparten sobre una larga barra la mezcolanza de sabores afrutados (pasas, higos, ciruelas, quizás cerezas...) que le atribuyen.Un batiburrillo de sabores que proviene de una receta que sus creadores guardan con mutismo conventual. Y que contrasta con el austero envase de cristal, totalmente limpio salvo el logotipo del nombre. De hecho, sus tres variedades (Westvleteren blond, VIII y XII) sólo se diferencian mediante el código de colores de sus chapas.

Tal vez sin quererlo, los laboriosos y poco usureros trapenses belgas han perfeccionado un indeseado método de aumentar la demanda. Mantienen la mística secreta de su elaboración y obligan al degustador a un esfuerzo extra que hace aún más rico el lingotazo de espuma que precede a estas deliciosas y divinas pintas.

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