Las Provincias

El bosque más animado

El bosque más animado
  • La cercanía a la gran ciudad deriva en fuerte presión humana sobre esta joya natural que se encargan de mimar los técnicos de los Viveros Municipales de Valencia

  • Entre El Saler y El Perellonet se extiende un escaparate de la flora mediterránea

valencia. A veces aparecen velas encendidas entre los pinos y el matorral de la Dehesa. Pequeñas llamas que pueden sobresaltar a los guardas, porque cabría que llegaran a provocar un incendio. Son restos de algún ritual nocturno. Rebeca Navarro, guarda forestal del Ayuntamiento de Valencia, está acostumbrada a encontrar este tipo de cosas alguna mañana. También ha aparecido alguna vez un pollo decapitado junto un improvisado altar rodeado de botellas de cava. La cercanía a Valencia de este espacio natural determina que esté sometido a una gran presión humana que cada vez se diversifica más, lo que dispara los riesgos. De hecho lo podríamos definir como el bosque más animado, lo que obliga a multiplicar los ojos que velan por su cuidado, porque aquí se han montado hasta fiestas 'rave' con altavoces a todo meter.

Lo más habitual de esta presión que llega de la gran ciudad es la de visitantes que acuden a recoger espárragos, caracoles, flores o cualquier tipo de planta, lo que está totalmente prohibido y puede acarrear serias sanciones. La primera vez que se pilla a alguien, si la cosa no es de volumen y parece creíble que haya desinformación, según Rebeca se procura no ser demasiado rigurosos y se explican bien las prohibiciones. Ahora bien, si hay reincidencia las multas pueden ser cuantiosas. Y Antonio Vizcaíno, director del Servicio de los Viveros Municipales de El Saler, indica que «vienen tantos visitantes que si no hubiera estricta vigilancia y no actuáramos con rigor, se acabaría degradando en poco tiempo esta joya de la naturaleza que es la Dehesa, y nosotros estamos para cuidarla al máximo».

La barbacoa ocasional sigue existiendo. De nada sirve la advertencia de máximo peligro de incendio para que de vez en cuando se empeñen algunos en asar chuletas entre pinos, jaras y lentiscos. Pero no son los únicos que protagonizan agresiones. Cazadores y pescadores se deslizan en ocasiones a practicar donde no deben o en épocas de veda. Son los menos quienes se arriesgan a actuar con rebeldía, pero cuenta Rebeca que su actitud obliga a llamar al Seprona, y ni aún así se avienen siempre a reconocer que hacen lo que no deben.

Aparecen con frecuencia urnas con cenizas funerarias y alguna vez se han encontrado rápidas lanchas zodiac entre los matorrales más costeros, junto a latas de gasolina y paquetes sospechosos. Y en el pequeño lago artificial, unos bomberos que hacían prácticas submarinistas toparon en el fondo con unos extraños paquetes que contenían una sustancia blanca. Llamaron a la Guardia Civil y cuando los agentes deshicieron aquello descubrieron que el material blanco era sal, y entre la misma había fotos de personas. Se trataba de un ritual del 'mal de ojo', práctica que se está prodigando a raíz de aumentar la población de origen hispanoamericano y africano.

Otro fenómeno habitual es el de la acampada ilegal de caravanas que llegan sobre todo de Holanda, Bélgica y Alemania, porque ciertas revistas especializadas informan erróneamente de que cabe recalar aquí, lo que genera una continua brega para informarles de que no es así y deben irse.

Sin embargo este bosque tan urbano y popular, que, junto a la Albufera, es propiedad de la ciudad de Valencia, cuenta con otros elementos de animación muy positiva. Sus 850 hectáreas, a lo largo de una franja de diez kilómetros entre El Saler y El Perellonet, es un magnífico escaparate de la vegetación autóctona. Alberga hábitat únicos cuyo equilibrio se encargan de mimar los técnicos de los Viveros Municipales y es objeto de deleite y esparcimiento para estudiosos, escolares y población en general que acude a gozar con respeto de la naturaleza.

La Dehesa se asienta sobre la restinga arenosa que fue cerrando la Albufera y la separa del Mediterráneo. Ambas fuentes acuáticas, lago y mar, determinan una gran humedad que se convierte en intenso rocío durante muchos días, lo que facilita el desarrollo de plantas sobre las dunas que de otra forma no podrían resistir, como la rastrera 'herba dels conills', que extiende sus raíces varios metros alrededor. Y más adentro, donde la maquia se adueña ya del bosque, crece el 'aladern' y la zarzaparrilla trepa por los troncos de los pinos blancos, el fenómeno de esa tenue lluvia difusa que gotea entre la fronda hace creer en selvas más extensas y de otras latitudes.

El banco de semillas de los Viveros Municipales de El Saler guarda importantes reservas de más de ciento cincuenta especies autóctonas de este espacio natural, para reproducirlas y realizar repoblaciones de manera sistemática. Es una instalación única en su cometido y de hecho no solo cumple la misión de servir para la repoblación del propio Parque de la Albufera sino que vende determinadas cantidades de semillas y plantas a otros espacios protegidos y a organismos oficiales, como la Dirección General de Costas, que se ocupa de repoblar dunas en otros puntos del litoral.