La Meca del cine

Exterior de un cine de una organización cultural abierto en Yeda, segunda ciudad de Arabia Saudí. :: Reem Baeshenreuters/ /
Exterior de un cine de una organización cultural abierto en Yeda, segunda ciudad de Arabia Saudí. :: Reem Baeshenreuters / /

Los saudíes recobran la libertad de ver películas 35 años después de su prohibición. Los clérigos suníes ven detrás de la medida la acechanza del demonio

ANTONIO PANIAGUA

Treinta y cinco años ha tardado Arabia Saudí en aprobar que se vuelvan a proyectar películas en el país. Este fin de semana se han exhibido las primeras cintas de manera improvisada, y algo más tarde, en marzo, abrirán salas con vocación de permanencia. Uno de los filmes recuperados para solaz de unos espectadores ávidos de novedades ha sido un largometraje de dibujos animados para el público infantil. La medida se inscribe dentro del programa de reformas que auspicia el príncipe heredero, Mohamed Bin Salman, para modernizar la nación.

Los saudíes han estado ayunos de ficciones cinematográficas desde que fueron prohibidas a principios de los años ochenta, cuando la monarquía, asustada por la revolución islámica que supuso el derrocamiento del sha de Persia en 1979, decidió fortalecer los lazos con los clérigos wahabíes, que hacen una lectura extremadamente rigurosa del islam. Arabia Saudí es hoy una teocracia con normas tan anacrónicas como absurdas. El viernes, por primera vez en la historia, las saudíes pudieron ver un partido de fútbol. Y dentro de unos meses podrán sacarse el carné de conducir.

Algo está ocurriendo en Arabia Saudí. Un aperturismo a cuentagotas y tutelado se abre paso bajo la mirada torva de las autoridades religiosas. El nuevo espíritu de tolerancia es obra de Bin Salman, empeñado en emprender cambios radicales en el modelo productivo, unos cambios que difícilmente se podrán aplicar si no van acompañados de reformas sociales de calado. La mayor manga ancha en lo que atañe a la diversión pública viene de la mano de un príncipe de 32 años que encarna una nueva generación y que asesora en la sombra a su padre, Salman bin Abdulaziz.

Los planes para hacer que los saudíes regresen a la pantalla grande prometen ser un revulsivo económico. Para el año 2030 se espera que estén abiertos 200 cines que acogerán más de 2.000 pantallas, lo que representa una floreciente industria del entretenimiento que supondrá una inyección de 20.000 millones de euros. Todo ello se traducirá en 30.000 puestos de trabajo fijos, según las estimaciones del Ministerio de Cultura.

Omnipresencia del diablo

Nada, sin embargo, está exento de peligros. Detrás del abrazo de los saudíes a las películas acecha el maligno. Cuando se hizo público el anuncio, el gran muftí, Abdulaziz al Sheikh, imploró a la familia real que no «abriera las puertas al diablo». De momento, el estamento clerical puede respirar aliviado porque el Gobierno permanece vigilante. Las películas pasarán por el filtro de la censura con el fin de que no contradigan los principios de la 'sharia', la ley islámica. No habrá besos ni escotes atrevidos. Los desnudos, ni en pintura ni fotograma. Para mejor ocasión quedan las películas de contenido político. Tampoco se consentirán las que incluyan críticas religiosas o palabras malsonantes.

La ojeriza de los clérigos se dirige también contra los conciertos. La máxima autoridad religiosa de la nación ve en los espectáculos musicales, que gozan del reciente plácet del Ejecutivo, una «fuente de depravación».

Pese a las numerosas restricciones, algunas cadenas de exhibición están planteándose la posibilidad de aterrizar en Riad. Al fin y al cabo el poder adquisitivo de la juventud saudí no es desdeñable. Al calor de esta ola liberalizadora los jóvenes acogen con entusiasmo la moda cinéfila, y eso que aún no han probado la magia de la alfombra roja y desconocen lo que es el glamur del estrellato. «Quiero ver todo porque es algo nuevo para Arabia Saudí», dice Ibtisam Abu Talib, un reciente descubridor del encanto del cinematógrafo. «Espero que todo esté disponible: acción, romance, películas infantiles, comedias...».

Si los españoles cruzaban los Pirineos para ver películas eróticas en Perpiñán, los saudíes adinerados hacen otro tanto viajando a Dubái, Bahréin y Londres, donde encuentran una generosa oferta de ocio que incluye no sólo películas atractivas, sino también baile, bebida y ligue. Porque uno de los aspectos más agobiantes es la omnipresente segregación por sexos, que hace imposible cualquier escarceo amoroso. A los menos pudientes no les queda otro remedio que merodear como almas en pena por los centros comerciales, donde miran a las escasas mujeres que se atreven a ver escaparates sin compañía de un varón. Algunos desafían las normas al aventurarse en el consumo de alcohol y drogas de contrabando o liberan adrenalina emprendiendo carreras de coches por las ciudades.

Más

Fotos

Vídeos