Jóvenes sin hogar en Valencia

Un futbolista de 19 años cuenta cómo intenta reiniciar su vida junto a otros cinco chicos después de perderlo todo

El joven camerunésl camina por una calle del centro de Valencia./Damián Torres
El joven camerunésl camina por una calle del centro de Valencia. / Damián Torres
JOAN MOLANO

«¿Pero qué haces aquí si al otro lado se juega La Liga? ¡Estás perdiendo el tiempo! Mira, si te asomas un poco a la costa puedes escuchar los gritos del estadio, ¡el Barça está jugando ahí, donde está tu sitio!», le dijeron a Manuel (nombre ficticio) al poco tiempo de llegar a Marruecos desde su Camerún natal, antes de emprender su viaje más amargo. Tiene solo 19 años y la experiencia vital de un hombre de 60. Dejó su casa a los 16 persiguiendo el mismo sueño que muchos otros chavales africanos, el de convertirse en una figura del balón como su compatriota Samuel Eto'o, pero la cruda realidad destrozó gran parte de sus ilusiones.

La oportunidad de correr como un negro para vivir como un blanco no llega con un simple chasquido de dedos. Nadie se lo tuvo que explicar, lo entendió solo, a la fuerza, sin casa ni familia, a base de mazazos tan grandes como su resiliencia. «Cuando voy a la playa en invierno y las olas crecen y crecen hasta hacerse grandes no puedo aguantar allí ni cinco minutos. He estado dentro de eso. Dentro de un sueño, pero un sueño malo», cuenta el joven. Fue tiroteado, vio gente morir y pasó mucho miedo siendo sólo un crío. A pesar de todo lo que ha sufrido derrocha positivismo. Irradia bondad y buenas vibraciones. Es extrovertido y sensato. Confiesa que todavía no está preparado para dar la cara aunque sí para narrar algo de su dura historia. Un relato que pone los pelos de punta al escucharlo en primera persona a pesar de que, por desgracia, no pille de nuevas. Son las memorias de un chico afectado por el complicado fenómeno del 'sinhogarismo' en Valencia, que tiene su raíz en la desigualdad económica, la exclusión social, la falta de acceso a derechos básicos y la invisibilidad de las personas que lo sufren (alrededor de 31.000 en España).

Inmigrantes subsaharianos en una patera abarrotada.
Inmigrantes subsaharianos en una patera abarrotada. / Reuters

Hijo de un chófer de autobús maltratador y de una madre coraje, Manuel pasó toda su infancia y parte de su adolescencia en un centro de formación para futbolistas en Yaundé, la capital camerunesa. Permaneció interno desde los 8 hasta los 15 años, hasta que su viejo dejó de pagar la cuota: «En mi casa había mucha violencia y nadie que cuidara de mí. Mi madre tuvo que aguantar mucho. No me di cuenta de lo que realmente hacía mi padre con ella hasta que vi todo lo que pasa aquí con las mujeres, cómo denuncian la violencia de género y reivindican sus derechos. Entonces me dije: '¡Hostia, en mi país estamos bajo tierra!'». No aguantó más. Metió las botas de tacos y algo de ropa en una mochila y se fue de casa. Aquel día se despidió de su madre como si fueran a verse de nuevo a la hora de cenar. Lo hizo de lejos, sin beso ni abrazo porque la mujer tenía las manos llenas de harina de amasar pan. Eso le reconcome. Han pasado más de tres años de aquel «hasta luego» tan frío.

Manuel se marchó de su casa para escapar del maltratador de su padre. Creía que en el Magreb le esperaba su gran oportunidad pero sólo encontró miseria

Y así, en secreto, puso rumbo a Marruecos junto a un amigo que también quería triunfar con la pelota en los pies. Eligieron ese destino porque ofrece mejores infraestructuras deportivas que Mali o Costa de Marfil, cunas de los futbolistas más talentosos del continente africano. Manuel ya había disputado torneos en Francia y Tailandia y sabía que si con 16 años ningún club había llamado a su puerta debía ser él quien buscara su suerte. Sin embargo, las cosas se torcieron. A pesar de que su compañero tenía un contacto en el país que les buscó un equipo para darse a conocer no percibían un céntimo y había que comer. Sólo encontraron miseria: «Llegas donde pensabas jugar y al final lo que te espera es otra cosa. Tienes que trabajar para ganarte el sustento».

Un niño africano juega con una pelota.
Un niño africano juega con una pelota. / AFP

La experiencia en el Magreb le acercó los pies a la tierra aunque no lo suficiente. Al chico, inocente, le volvieron a llenar la cabeza con falsas esperanzas al hablarle de la posibilidad de llegar a España y alcanzar la gloria. Reservó un hueco en una patera por unos 350 euros que pagó su colega: «Tenía que venir, estaba decidido, pero me encontré con el fantasma de llegar hasta aquí. Era algo de locos. El viaje de mi vida pero de locos. Merecía la pena correr el riesgo, pensé. Claro que no lo disfrutas como el turista que va en un crucero (ríe un segundo). Por supuesto que no. Me contaron que la gente moría, que a los que intentan saltar la valla en Melilla les partían la cabeza y las piernas... y a mí no podían hacerme eso porque si no ¿cómo iba a jugar?».

«Sí, murió gente. A veces lo veo. Cuando paso por dificultades se me viene toda esa película a la cabeza», cuenta Manuel

Los recuerdos a bordo de aquel bote en el que no cabía un alma más son «muy fuertes»: «Sí, murió gente. A veces lo veo. Cuando paso por dificultades se me viene toda esa película a la cabeza». Reconoce que antes de subirse a la barca no tenía miedo pero que una vez zarpó le entró pavor: «No sé si habrá un dios, pero seguro que hay un factor, una cosa, que controla todo e hizo que llegara vivo a Almería». Nada más partir, los gendarmes marroquíes les dispararon para detener su marcha, después se les gripó el motor a mitad de camino y pensó que acababa todo. Pasaron mucho frío. Los más débiles perdieron la vida en el mar, en una agónica travesía de 24 horas. Un día que se volvió tan largo como todo un año.

Un inmigrante herido tras saltar la valla de Melilla es ayudado por dos compañeros.
Un inmigrante herido tras saltar la valla de Melilla es ayudado por dos compañeros. / EFE

Al llegar a Andalucía les interceptó la Guardia Civil y le internaron durante unas semanas en un CIE para más tarde trasladarle a un centro de menores en Valencia. Empezaba una nueva vida. Se matriculó en la Escuela Oficial de Idiomas, comenzó los cursos de formación en la oenegé Iniciatives Solidaries y pronto fichó por un equipo de Primera Regional, al poco de que le vieran jugar una pachanga en el cauce del río. La primera vez que llamó a su madre se llevó un buen rapapolvo. No creía que fuera él quien estaba al otro lado del hilo telefónico, pensaba que se trataba de una treta del padre para acabar con tantas noches de llantos por la ausencia de su pequeño. Ahora hablan tres veces al día por WhatsApp. «A uno de mis hermanos que también quiere ser futbolista le digo que mejor se quede en casa a gustito comiendo la comida de mami. He sufrido y no quiero que también pase por eso».

Al cumplir los 18 años ya no podía continuar bajo tutela estatal y le acogieron en un piso de los Salesianos: «Eran muy buena gente. Me pusieron en un camino, tenía un seguimiento, unos objetivos, un plan de ahorro... pero lo veía muy pesado. No hacía mucho caso. Entrenaba y dormía, me veía jugando en Primera y eso que solo tenía ficha de Preferente (una categoría por debajo de Tercera División). Con el tiempo me di cuenta de que llegar hasta allí era muy muy complicado».

Manuel posa de espaldas en una calle del centro de Valencia.
Manuel posa de espaldas en una calle del centro de Valencia. / Damián Torres

Y cambió de aires. Continuaba su via crucis. Pasó a vivir con una familia de Camerún que decían ser amigos de su padre: «Allí iban a su bola desde que se despertaban por la mañana, nadie me ayudaba ni se preocupaba por mí, no me daban la mano, así que me fui a casa del portero de mi equipo». Una mudanza más. No era una solución definitiva. Duró tres meses. Tras dejar su último 'hogar' le esperaba la calle. A veces dormía sobre el asfalto y en otras ocasiones lo hacía en un albergue al que acuden los sintecho mayores, muchos con problemas por consumo de alcohol y drogas: «Entrenaba hasta muy tarde para solo tener que ir a dormir y pasar el menor tiempo posible allí dentro». Hasta que un buen día, cuando parecía que todo estaba perdido, ese factor que mueve el mundo del que habla Manuel -con la intermediación de Iniciatives Solidaries- volvió a rescatarle.

Después de recalar en Rais el joven sigue soñando con ser futbolista de élite y mientras eso llega se ilusiona con tener una casa en un pueblo, un trabajo en una buena empresa y encontrar la paz

Fue entonces cuanto apareció Rais Fundación en su camino. Una entidad que ha moldeado sus metas y le ha ayudado a combatir contra piratas que le explotaron en el campo -no en el que se marcan goles, sino en el que se trabaja la tierra- o le habían dejado a deber parte de su salario aprovechándose de su desconocimiento legal. Está tremendamente agradecido. Hoy continúa soñando con ganarse el pan dándole patadas al balón y mientras lo intenta se ilusiona con poder pasar los días en una casa en un pueblo, lejos de la ciudad, donde pueda respirar aire libre de polución: «Que esté como muy lejos a media hora de aquí, en abierto, como donde me crié, sin edificios altos».

Le gusta su nuevo destino, duerme con una bufanda del Levante en el cabecero de la cama y guarda como oro en paño una sudadera del Valencia que le costó un buen pico, aunque confiesa que es hincha del Real Madrid y su ídolo es Lucas Vázquez porque tiene un estilo muy similar al suyo sobre el césped. Espera conseguir un trabajo en una buena empresa y encontrar la paz que le falta: «Que se me vayan los miedos». Se está sacando el carnet de conducir para optar a un puesto en una compañía de fontanería. También tiene novia, una chica que conoció en un taller de manualidades cuya historia es casi tan dura como la suya: «Nos lo pasamos muy bien juntos. Cuando nos vemos paseamos por el río o por la playa de El Saler, que tiene mucho sitio para andar».

Un proyecto recién iniciado

Manuel es desde hace tres meses uno de los seis chicos con edades comprendidas entre los 18 y los 25 años a los que asiste Rais en Valencia. Un proyecto que arrancó en la capital del Turia hace medio año destinado a jóvenes que no disponen de recursos para cubrir sus necesidades básicas de vivienda o manutención y que carecen de red familiar o de cualquier otro tipo de apoyo para salir adelante. Chavales que se han visto en la calle, sin nada, víctimas unas veces del sistema social y otras de hogares infernales.

Jóvenes que comparten una vivienda de Rais Fundación en Málaga.
Jóvenes que comparten una vivienda de Rais Fundación en Málaga. / Rais Fundación

«Vienen de fracasos en los procesos de adopción, de vivir en la calle después de dejar los centros de menores por haber alcanzado la mayoría de edad... Llegan de familias desestructuradas, con muchos problemas: de salud mental, violencia de género o consumo de drogas. Sus casas son una bomba y sienten la necesidad de escapar de ahí pero acaban en la calle porque no tienen a nadie. Cada vez hay más jóvenes que viven a la intemperie y la situación es muy preocupante», señala Rebeca Amigó, la trabajadora social que está al frente del plan en la capital del Turia, que también se desarrolla en otras ciudades como Madrid o Málaga. Es quien cuida de los chicos, su referente. Manuel la mira de la misma manera a la que se puede mirar a una madre.

«Acaban en la calle porque no tienen a nadie. Cada vez hay más jóvenes que viven a la intemperie y la situación es muy preocupante», señala la trabajadora social Rebeca Amigó

«Presentan carencias de todo tipo. La mayoría padece depresión ocasionada por su situación, pero no problemas psicológicos graves. Hacemos con ellos mucho trabajo a nivel de habilidades de autonomía personal y social para que sean capaces de afrontar solos la vida. Les damos las herramientas necesarias para que se empoderen. Han salido de casa tan pronto que no les ha dado tiempo de aprender muchas cosas. Intentamos que se formen mediante cursos y talleres para que puedan acceder al mundo laboral con las menores dificultades posibles», explica Amigó, con 17 años de experiencia profesional en diferentes asociaciones y oenegés. En el programa les enseñan tareas domésticas como lavar y planchar la ropa, a hacer la compra, cocinar, a mantener una dieta equilibrada, una buena higiene personal, a realizar sus trámites burocráticos... «Quizá les exigimos demasiada responsabilidad para su edad, pero todo es por su bien, para que sean autónomos».

«Son muy agradecidos y cariñosos. Demandan mucho afecto. El tema familiar les toca bastante, sobre todo a los migrantes porque se van de casa muy jovencitos y deben esperar un mínimo de tres años de padrón para poder arreglar todos sus papeles. Se marchan y tienen madres mayores que no saben si a su vuelta estarán vivas, mientras que otros sienten vergüenza de regresar porque no han conseguido el objetivo que les llevó a partir, porque no tienen trabajo ni estabilidad y no pueden entrar en Marruecos con su coche cargado hasta arriba de cosas para los suyos. Es como un fracaso personal», señala Amigó, quien agrega que al recalar en la vivienda los jóvenes «ganan seguridad, la que les brinda un entorno tranquilo en el que están pendientes de ellos». Un espacio en el que se pueden desarrollar como personas sin conflictos, donde con la salida del sol no están obligados a buscarse la vida para poder comer o domir en blando.

«Son muy agradecidos. Demandan mucho afecto. El tema de la familia les toca bastante y algunos sienten vergüenza de regresar a casa porque no han cumplido el objetivo por el que partieron», dice Amigó

Todos conviven en un piso en el barrio de Patraix. Se mezclan chicos españoles y extracomunitarios. La casa tiene cuatro habitaciones, un despacho que usan como sala de estudio, dos cuartos de baño, cocina y dos terrazas. Comparten habitación con otro compañero. La fundación, que se mantiene por subvenciones públicas a nivel autonómico y alguna aportación privada, corre con el alquiler de la vivienda y los demás gastos. El siguiente paso de la entidad es conseguir otra casa para poder acoger a otros cinco jóvenes. Hubo muchos que se quedaron fuera del programa derivados por colectivos que también trabajan para prevenir situaciones de exclusión social.

Bártulos de personas sin hogar en la calle.
Bártulos de personas sin hogar en la calle. / Pixabay

¿Ayuda en algo el Gobierno valenciano para acabar con este problema? Amigó contesta: «En estos cuatro años y con pocos recursos económicos es complicado que haya grandes avances. Sí se están poniendo las bases para mejorar la situación, la puesta en marcha de la Renta Valenciana de Inclusión es, sin duda, un paso importante. Puede suponer que el empleo deje de ser tan precario al cobrar más con esa ayuda económica. Por otra parte, se debe invertir más en vivienda pública, que en estos momentos es muy pequeña. Con rentas de 500 euros es imposible pagar alquiler, facturas y vivir. Además, se debería prestar más atención a los MENAS (Menores Extranjeros No Acompañados). Suponen un serio problema, como reflejan los recientes datos publicados por Save The Children, porque les damos cobertura cuando aún no han alcanzado la mayoría de edad pero después nos desentendemos y tienen que apañárselas solos».

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