«Estoy a gusto. Me quedaré para siempre»

Francisco posa junto a la foto de Paqui, su mujer. / ramón l pérez
Francisco posa junto a la foto de Paqui, su mujer. / ramón l pérez

Francisco Rueda (Benalúa, Granada, 1931) es uno de esos ancianos, pocos, que ingresa en un geriátrico con sus facultades físicas y mentales intactas. Lo hizo el pasado abril para estar con el amor de su vida, Paqui, pero ella murió poco después. «Nos conocimos en la primera feria del campo de Madrid y hemos pasado 60 años juntos», explica emocionado, mientras enseña las fotos en blanco y negro que adornan su cuarto en el Centro Residencial Perpetuo Socorro, una institución privada dependiente de la Congregación Redentorista que acoge a 146 mayores en la localidad granadina de Santa Fe.

Aunque en su casa estaban atendidos por una empleada doméstica, la enfermedad ósea de Paqui, postrada en una silla de ruedas, precisaba cuidados constantes. Encontraron una habitación doble en el Perpetuo Socorro. No tiene problemas económicos porque con su jubilación de funcionario -ha sido perito agrícola en el Ministerio toda su vida- se lo puede permitir.

Tras la muerte de su esposa en septiembre, Francisco no se plantea regresar a casa. «Estoy muy a gusto. Ya no me muevo. Tengo todo organizado y mis tres hijos están tranquilos -argumenta-. Al poco de llegar aquí me dieron una encuesta para valorar al personal y les puse un diez. Ahora lo volvería a hacer. Son todos muy cariñosos». La comida es «buena y sana y, si no te gusta, puedes pedir otra cosa». En un año solo ha rechazado unas lentejas.

Cada mañana se levanta temprano, desayuna en el comedor, se arregla y lee el periódico de arriba a abajo. Después va a clase de gimnasia, charla con sus nuevas amistades, asiste a clases de pintura o acude a las terapias para ejercitar la memoria. No se pierde las excursiones a Granada o a la Costa Tropical.

La residencia, que fue un seminario menor hasta 1994, dispone de un espectacular jardín donde se pueden dar agradables paseos o cuidar el huerto. Francisco, que se encuentra bien de salud, aunque es diabético, podría salir a la calle, pero solo lo hace cuando vienen a verle sus hijos, sus nietos o algún amigo. Echa de menos a su mujer, pero el resto de la familia le visita con frecuencia. «No me siento solo. Me quedaré aquí para siempre, si no me echan», bromea. A veces le asusta un poco pensar que quizá, dentro de algún tiempo, ya no pueda valerse por sí mismo: «Me da apuro que alguien tenga que ayudarme a ducharme, porque a mí solo me han visto desnudo mi madre, de chico, y mi mujer». De momento disfruta de su autonomía y no perdona, cada mediodía, su cita del aperitivo: una copita de 'rioja' con algo de picar. «Es mi vicio».

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