Golpe de mano del Papa

Golpe de mano del Papa
R.C.

En poco más de 48 horas, el Vaticano pierde a dos de sus 'ministros' más importantes. Los cambios brindan a Francisco la oportunidad para dar un nuevo aire a su reforma

DARÍO MENORRoma Corresponsal

Ocho y media de la mañana del pasado jueves en la plaza de San Pedro del Vaticano. Mientras el coro comienza a caldear el ambiente, los cardenales se preparan para la ceremonia que va a comenzar una hora después presidida por el Papa Francisco. Entre ellos están los cinco nuevos miembros del Colegio Cardenalicio que Jorge Mario Bergoglio creó en el consistorio del día anterior, uno de los cuales es el español Juan José Omella, arzobispo de Barcelona. El ambiente es el de las grandes ocasiones, como es propio en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, patronos de Roma, pero la misa queda completamente eclipsada por la primera crisis de gobierno seria que vive Francisco en estos primeros cuatro años de pontificado, en la que acaban cayendo en poco más de 48 horas dos de los hombres más poderosos hasta ahora de la Curia romana.

A la misma hora en que los fieles comienzan a entrar en la plaza de San Pedro hay un purpurado que no está revestido con los paramentos litúrgicos para concelebrar la Eucaristía, como el resto de cardenales. Vestido en cambio con un sencillo clériman y una chaqueta negra, George Pell está a punto de vivir uno de los peores tragos de su vida: comparecer en la sala de prensa de la Santa Sede para explicar que deja temporalmente su puesto como prefecto de la Secretaría para la Economía porque regresa a su Australia natal, donde va a ser juzgado ante un tribunal civil por presuntos delitos de pederastia. En el pasado ya había sido sospechoso de encubrir a curas abusadores de menores de edad, pero ahora el escándalo le salpica directamente a él. Dos personas dicen que Pell les hizo tocamientos deshonestos en los años setenta cuando eran niños, mientras que otro individuo sostiene que el imputado se exhibía desnudo ante menores de edad en un vestuario.

Al día siguiente de que el Vaticano pierda a su 'ministro de Finanzas', el tercer cargo más importante de la Santa Sede, comienzan a circular rumores cada vez más insistentes sobre la caída de otro peso pesado de la Curia romana, el cardenal alemán Gerhard Müller, prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, el antiguo tribunal del Santo Oficio. El Vaticano no confirma ni desmiente nada e invita a esperar a la publicación, el día siguiente, del habitual boletín del mediodía, que acaba dando la razón a los murmullos. Müller deja su puesto, que a partir de ese momento ejercerá su 'número dos', el arzobispo español Luis Francisco Ladaria Ferrer.

Francisco ha cuidado bien las formas y los tiempos a la hora de quitarse de encima a Müller para molestar lo menos posible a Benedicto XVI, que fue quien nombró a este alemán conservador en lo teológico para que se hiciera cargo de Doctrina de la Fe, el dicasterio vaticano que vela por la ortodoxia del catolicismo. La interpretación que Müller ha hecho de esta responsabilidad lo ha convertido en una piedra en el zapato para el Pontífice argentino, sobre todo tras la publicación en marzo de 2016 de la exhortación apostólica 'Amoris Laetitia', en la que Bergoglio permite el acceso a la comunión en algunos casos para los divorciados vueltos a casar. El cardenal alemán, en cambio, hace una lectura opuesta del texto, aunque no se atreve a disparar directamente al Papa: se limita a censurar a los episcopados que suscriben la interpretación de Francisco. Este es el 'casus belli' que acaba dinamitando la relación entre ambos, ya deteriorada por las críticas del purpurado a la forma de Bergoglio de entender la misericordia o a su intención por descentralizar el poder y dar más cancha a las Iglesias locales.

Aunque podía haberlo cesado antes, el Pontífice espera a la conclusión de los cinco años de mandato del prelado germano. «El domingo 2 de julio expiraba su quinquenio y estaba preparado que al día siguiente se comunicara que no se prolongaba su estancia como prefecto de Doctrina de la Fe, pero los acontecimientos se precipitan porque el propio interesado filtra a los medios de comunicación que se va», cuenta un alto cargo de la Curia romana, asegurando que al Papa le disgustó sobremanera la actitud del cardenal alemán. «Ya se sabía que no era discreto, pero resulta llamativo que un jerarca de tal envergadura se ponga a cuchichear. Francisco ha sido muy elegante con un hombre muy ligado a Benedicto XVI». No en vano, Müller es el encargado de la edición de la 'opera omnia' de Joseph Ratzinger.

Otra fuente interna vaticana recuerda que Ladaria también fue nombrado por el anterior Papa y que, teológicamente, no va a ser visto como una amenaza por el sector conservador, ya que el jesuita mallorquín es poco amigo de los experimentos teológicos. «No me gustan los extremismos, ni los progresistas ni los tradicionalistas», comentó hace años en la revista '30 Giorni', en una de sus escasas entrevistas. Ese es precisamente uno de sus puntos fuertes: es un hombre extremadamente reservado, alérgico a la Prensa y cuya lealtad al Pontífice nadie pone en duda. A la obediencia que en principio liga a cualquier sacerdote católico con el obispo de Roma se une que ambos son miembros de la Compañía de Jesús. El nuevo prefecto de Doctrina de la Fe consigue además con este cargo completar un sueño: convertirse en uno de los más cercanos colaboradores del Papa. Un docente que coincidió con Ladaria durante sus años como profesor en la Pontificia Universidad Gregoriana recuerda que casi nunca iba a convenios, cenas u otros encuentros porque temía que, si le llamaban del Vaticano para ofrecerle un cargo, le pillaran fuera de casa o del despacho y perdiera su oportunidad.

Reformar las finanzas

Aunque no ha sido por propia iniciativa, la marcha de Pell del Vaticano abre la puerta para sustituirle a medio plazo por alguien menos polémico, pues no está nada claro que el cardenal australiano vaya a poder regresar a la Curia romana al encontrarse ya en edad de jubilación. En los tres años en que ha tratado de poner orden en las cuentas vaticanas se ha movido como un elefante en una cristalería. Lo ha hecho además de forma voluntaria, arremetiendo contra el núcleo de poder italiano y tratando de imponer una disciplina anglosajona a la hora de llevar los dineros. Ha conseguido así ganarse un gran número de enemigos, que celebran estos días su caída. Su excedencia forzada se produce poco después de la dimisión del Revisor General de la Santa Sede, Libero Milone, un experto laico italiano encargado de supervisar las cuentas de la Curia que trabajaba codo con codo con Pell. Milone renunció a mediados de junio sin dar explicaciones y cuando le quedaban todavía tres años en el cargo. Tampoco ofreció más detalles el portavoz vaticano, Greg Burke, quien comentó que sería sustituido lo antes posible. Pero, de momento, nadie ha ocupado su puesto.

El fin de la época de Pell y Milone en el área económica de la Santa Sede brinda a Francisco la oportunidad para abrir un nuevo período en la reforma de este campo que tantos quebraderos de cabeza ha dado hasta ahora a la Iglesia católica. La línea a seguir puede ser la que propone un cardenal europeo con experiencia en la gestión financiera y que pide el anonimato: «Tenemos que cambiar, pero debemos hacerlo de una manera en la que la gente nos siga por propia iniciativa, sin arrollar a nadie. La idea de fondo es conseguir que los diferentes grupos de interés y de poder remen todos en la misma dirección».

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