La gloria de perder

Michael Edwards, al que apodaron
Eddie 'el Águila', en un entrenamiento
en enero de 1988, un mes antes de 
la cita olímpica en Calgary. /  r. c.
Michael Edwards, al que apodaron Eddie 'el Águila', en un entrenamiento en enero de 1988, un mes antes de la cita olímpica en Calgary. / r. c.

El británico Eddie 'el Águila' tenía miopía y sobrepeso. Sin dinero ni entrenador, logró colarse en unos JJOO como saltador de esquí.Quedó el último y se convirtió en héroe. 30 años después vive de su proeza

ICÍAR OCHOA DE OLANO

La derrota tiene la dignidad que la victoria no conoce», dijo el lúcido Borges. «Lo mismo da triunfar que hacer gloriosa la derrota», fue aún más lejos Valle Inclán. Si no fuera por la diacronía de sus existencias con la de Michael Edwards (Cheltenham, 1963) se diría que ambos escritores, el argentino y el compostelano, hablaban sin sospecharlo del yesero británico que se metió a deportista de élite. La suya es la historia de un saltador de esquí incapacitado para el triunfo que, en contra de las fuerzas de la naturaleza (principalmente, de la suya propia), holló la cima del éxito sin cosechar una sola medalla. Ocurrió hace justo treinta años en los Juegos Olímpicos de Invierno de Calgary 1988. Allí firmó la peor marca, pero demostró que cualquier persona, al margen de su estatus social y económico, podía competir al nivel más alto. Por no rendirse ante sus propias limitaciones, por no sucumbir a la mofa de todo un país, y, sobre todo, por no estrellarse, Inglaterra le dispensa todavía hoy tratamiento de héroe entrañable.

Edwards se crió en una familia modesta de Cheltenham, una ciudad balneario de apenas 118.000 habitantes. Era un chaval feotón con cara de pocas luces. Se daba un aire a Shaggy Rogers, el asustadizo amigo de Scooby-Doo en los inolvidables dibujos animados de los setenta. No le gustaba estudiar y enseguida colgó el uniforme del colegio para ponerse a trabajar con su padre, un trabajador de la construcción. Lo que no dejó fue el esquí, un deporte que empezó a practicar como una actividad extraescolar y que le enganchó, hasta el punto de fantasear con los cinco aros olímpicos entrelazados sobre su cabeza. «¿Y por qué yo no?», se acabó diciendo. Ese día se conjuró con su chifladura. Invertiría sus ahorros en cruzar el charco y prepararse en Estados Unidos. La aventura le duró poco. «Me quedé sin dinero enseguida, así que decidí pasarme al salto de esquí. Era barato y desde los años veinte no se había presentado nadie por Inglaterra, con lo que sería un récord fácil de superar. Básicamente, yo era un adicto a la nieve», relata a este periódico.

A su regreso a casa nadie aplaudió el volantazo. El salto de esquí era (y es) una modalidad prácticamente inexistente en suelo inglés. Sin instalaciones donde practicar, Edwards tenía que volver a marcharse en busca de nieve y rampas. «Allí todo lo que podía hacer era ensayar la posición de salida, con las piernas flexionadas y el trasero en pompa», bromea. En el verano del 86, a tan solo dieciocho meses de la inauguración de la Olimpiada de invierno, le cogió prestada la furgonta a su madre y se lanzó a recorrer Europa para fajarse en varias competiciones en Suiza, Alemania, Austria, Finlandia... Antes de Calgary debía superar el campeonato mundial, para el que la Federación Británica de Esquí le impuso un salto de 50 metros.

«El espíritu olímpico no consistía solo en ganar, sino en llegar hasta allí, pero aquello se acabó»

Sin dinero, sin equipo, sin entrenador, con un sobrepeso de diez kilos y una miopía anunciada como con luces parpadeantes de neón gracias a unas gafas de culo de vaso que encima se le empañaban, Edwards dejó sus huesos en todas aquellas pistas en las que volaban los primeros espadas con los que se vería las caras en Canadá. Pero aquel hombre torpón y caricaturesco que se ataba el casco con una cuerda de rafia nunca tenía bastante. Después de cada caída, siempre aparatosa, volvía a reaparecer, sonriente, dispuesto a subirse allá arriba e intentarlo de nuevo. Le rebautizaron Eddie 'el Águila' por el modo en que aleteaba los brazos en señal de excitación después de cada salto del que salía indemne. «En una ocasión perdí el casco en pleno vuelo y acabó llegando más lejos que yo. Aquello me dejó destrozado», ironiza con humor de inequívoco regusto inglés. «Me hice un tipo popular porque, pese a todo, siempre estaba feliz y porque transmitía ese mensaje poderoso de que lo verdaderamente importante es intentarlo con todas tus fuerzas», cuenta con orgullo.

Durante aquellos meses de hospitales y camaradería, Edwards se mantuvo limpiando en hoteles y restaurantes, y durmiendo en cobertizos. «Los colegas de otros países me daban sándwiches que sacaban a escondidas para mí. Ellos me alimentaban y ellos me entrenaban». En Finlandia, la cuna de los grandes saltadores, se alojó en un centro psiquiátrico, donde le permitían pernoctar a cambio de retirar a pala la nieve de los accesos. Allí le remitió la delegación inglesa del comité olímpico la misiva en la que le confirmaba, a regañadientes, su selección para representar a Gran Bretaña en los Juegos Olímpicos de Calgary. Pese al desprecio de los suyos, que le consideraban un tipo patético que les abochornaría, el yesero podía oler ya el aroma a chamusquina del pebetero.

Sin equipamiento decente con el que presentarse ante el mundo, no le faltaron patrocinadores en la sombra: el equipo italiano le dio un casco de última generación; los austriacos, unos esquís nuevos; los alemanes del Oeste, un mono; y los franceses, unas botas de su talla. «Las que llevaba eran cuatro números más grandes y tenía que ponerme hasta seis pares de calcetines para no perderlas», relata como si tal cosa.

Un país rezando

Cuando su sueño cobró forma y se vio encañonado por las televisiones de todo el planeta, Edwards sintió la presión. Debía ascender a lo alto de aquella infraestructura angosta, encaramarse a una aguja en la que el esquiador apenas puede mantenerse en pie y dejarse caer a casi 200 kilómetros por hora para lanzarse al vacío. Así dos veces, desde 70 y 90 metros.«Estaba muy nervioso. No quería caerme delante de toda aquella gente. Creo que toda Inglaterra rezó para que no me matara». Al final pasó lo que tenía que pasar. Eddie 'el Águila' quedó en la gloriosa e inequívoca última posición en ambos saltos. En el mejor de ellos, el de 70, alcanzó los 71 metros, 47 por detrás del ganador. Y, aun así, se convirtió en un icono indeleble y en estampado de camisetas, gorras, llaveros y paños de cocina.

A su regreso a casa desde Canadá empezó a encadenar bolos: inauguró varios centros comerciales disfrazado de águila, fue jurado en concursos de belleza, prestó su imagen a una aerolínea, rodó varios anuncios, escribió un libro y hasta grabó dos baladas pop, una de ellas en finés (¡en Helsinki cantó ante 70.000 personas!). La gloria de perder le llevó a conocer medio mundo y a ganar el equivalente a un millón de euros, pero un «cowboy de las finanzas» le llevó a la bancarrota en 1991.

Edwards tocó tierra y se recompuso para izar de nuevo el vuelo. Hace un par de años, el director Dexter Fletcher llevó su vida al cine con Taron Egerton como protagonista y Hugh Jackman como su entrenador. Habitual de los 'realities' en la televisión británica, el yesero olímpico recibe todavía hoy una media de doscientos emails diarios, realiza exhibiciones y ofrece conferencias por todo el mundo. «El verdadero espíritu olímpico ya no existe. Consistía en llegar hasta allí pero ahora todo es ganar», se lamenta. «Aunque no gané nada yo siempre pienso en mí como en un vencedor. Los perdedores son los que no lo intentan por miedo a fracasar».

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