La familia que vive entre reclusas

Víctor, Pilar y su hija Bárbara comparten hogar, un palacete en pleno centro de Valencia, con una decena de presas en tercer grado

Pilar (i), Bárbara y Víctor, en el palacete que comparten con las presas./Irene Marsilla
Pilar (i), Bárbara y Víctor, en el palacete que comparten con las presas. / Irene Marsilla
JOAN MOLANO

Víctor Aguado esboza una sonrisa pícara antes de recordar sus días de fiesta en algunos de los locales míticos de la Ruta del Bakalao: «Si ahora me pillan como iba yo hace años a Barraca o a Spook Factory metido en un Seiscientos, con otros cinco amigos y con ocho cubatas encima… Imagínate donde hubiera acabado». Resopla. Es un tipo grande, robusto, de metro ochenta, con gafas y cara de bonachón. Hace bastante tiempo que dejó de darlo todo en discotecas y de echar el resto en 'afters'. Cuenta la anécdota para demostrar que tiene calle, que no es un santo ni tampoco un cura, solo un tipo normal, católico practicante, al que no le cuesta nada ayudar a personas que se han equivocado en la vida.

Habla desde el despacho que ocupa en la última de las cuatro plantas de un palacete de principios del siglo XIX ubicado en pleno centro de Valencia. Es su hogar, también el de su esposa Pilar, su hija Bárbara, su perro Braco y el de una decena de reclusas en tercer grado, en régimen de semilibertad, a las que intentan reinsertar en la sociedad. Para la comida de Navidad se juntaron todos, fue un buen día. Compartieron paella y tomaron cerveza: «En ese momento te planteas quién es tu familia, con quién quieres estar realmente. Es complicado comprender este mundo, el del presidio. Tiene muchas sensaciones que cuesta transmitir».

La casa en la que viven es un lujo arquitectónico que sirvió como residencia de verano del doctor Manuel Candela y albergó el laboratorio de otro médico, Jaime Ferrán, descubridor de la vacuna contra el cólera en 1885. El inmueble es propiedad de las Oblatas del Santísimo Redentor, una comunidad de monjas que asiste a prostitutas y víctimas de explotación sexual. Hasta el verano de 2016 las hermanas dedicaron la vivienda a esa labor. Después de muchos años de arduo trabajo social, las religiosas, ya mayores, se vieron obligadas al retiro, pero antes de mudarse se les presentó un nuevo proyecto que debía desarrollarse en el palacete y al que dieron el visto bueno porque cumplía con el requisito indispensable: que estuviera destinado a mujeres.

El inmueble fue la casa de verano del doctor Manuel Candela, albergó un laboratorio de investigación contra el cólera y un centro de asistencia a prostitutas

El plan consistía en dar soporte a presas que han cumplido una cuarta parte de su condena entre rejas y están a un paso de dejar la cárcel por completo. Así se alejarían del gueto. Cambiarían unos pisos en las Casitas Rosa del barrio de la Malvarrosa, un entorno poco propicio para ellas vinculado al narcotráfico, por un 'casoplón' a tiro de piedra de la plaza del Ayuntamiento. Se trataba de la primera iniciativa de estas características que gestionarían juntos en España el Ministerio del Interior, a través de Instituciones Penitenciarias, y el Arzobispado de Valencia.

El director de Pastoral Penitenciaria, Víctor Aguado, en el despacho del hogar.
El director de Pastoral Penitenciaria, Víctor Aguado, en el despacho del hogar. / Juan J. Monzó

«Hace 19 meses me vine a vivir aquí y conmigo lo hicieron mi mujer y mi hija. Así acabamos todos compartiendo techo. Convertí mi vocación de voluntario en la Iglesia en un estilo de vida. Me creo lo que hago y quiero hacerlo. Me siento afortunado, feliz de casi jubilarme con esto», afirma Aguado, director del Secretariado de Pastoral Penitenciaria, antes de resumir en un par de minutos el camino que ha recorrido junto a los suyos hasta recalar en el palacete.

Nació en Picassent en 1959 en el seno de una familia humilde, «de padres trabajadores». Estudió becado en el Centro Educativo de Cheste y después empezó Magisterio, pero lo abandonó porque le tiraba para atrás tener que enfrentarse «a 20 críos todos los días» -una paradoja al conocer a qué se dedica ahora-. Así que pronto dio el salto al mundo laboral. Pasó por varias empresas como administrativo hasta llegar a director comercial. Durante cuatro años compaginó su trabajo con el de maestro de religión en colegios públicos de Llíria al tiempo que se volcaba en asuntos sociales en la parroquia La Milagrosa de Picassent: «Me gustaba y poco a poco fui metiéndome en el ajo». Durante todo ese tiempo, confiesa, ha contado con la mejor compañera de viaje: «Con 26 años tuve la suerte de conocer a Pilar, ocho meses después nos casamos y tuvimos dos hijos. Es una mujer sensacional, todo esto sería imposible sin ella».

«Lo veo como si cada noche tuviera en casa para cenar a las amigas de mi hija», dice Pilar

A Víctor no le ciega la pasión, Pilar hace honor a su nombre. Fue ella quien, como regalo sorpresa por el «cuarenta y pico» cumpleaños de su marido, le matriculó en la universidad para que acabara los estudios que había dejado a medias. Consiguió el título a los 47: «No podía estar sentado en casa viendo cómo pasaba la vida, tenía la necesidad de hacer algo más». Así que, de nuevo su esposa, una enfermera dos años menor que él reconvertida en higienista dental, se movió para que pudiera apuntarse a un curso de voluntariado con presos en Benifaió. «Le dije que se fuera y me dejara en paz», suelta ella de broma. Después de recibir la formación, pasó a colaborar con la Pastoral Penitenciaria y se instalaron en el hogar nueve meses después de que cogiera las riendas del departamento en diciembre de 2015.

Un tema tabú

«Al principio fue chocante», recuerda Pili, como la llama su gente. Admite que al compartir piso con una decena de presas se pierde un poco la intimidad pero que no le costó mucho adaptarse. «Para mi familia y amigos fue un flash saber que íbamos a convivir con ellas», comenta. «La gente me trataba de loca y me decía que no lo fuera contando por ahí. Es un tema tabú. Nadie lo entendía, incluso algunos me han dado de lado por estar haciendo esto. Yo lo veo como si cada noche tuviera en casa para cenar a las amigas de mi hija».

«¿Y si os hacen algo?», es la pregunta que más se ha repetido en su entorno durante todo este tiempo. Se la planteó muchas veces el otro Víctor, el hijo mayor del matrimonio, un publicista de 27 años ya independizado. También llegó a temer por la vida de sus padres al principio. De hecho era el más reticente a que formaran parte del programa, pero sus prejuicios tardaron poco en desaparecer. Ahora en cuanto puede busca un hueco en su agenda para cenar con ellos y las internas al menos una vez a la semana . «Si en algún sitio estamos seguros es aquí, nos respetan», dice la matriarca. «Me acuesto y duermo como un tronco, qué me van a hacer estas mujeres», añade su esposo. A la casa también acuden por las mañanas, de nueve y media a una, una veintena de presos en tercer grado para recibir cursos de informática, lingüística o comprensión lectora, entre otros.

Víctor, Bárbara, Pilar y su mascota, Braco, posan para el reportaje.
Víctor, Bárbara, Pilar y su mascota, Braco, posan para el reportaje. / Irene Marsilla

¿Cómo se apañan allí dentro? Son un equipo. Pilar sustituye a Víctor cuando este no puede estar en casa por motivos de trabajo, aunque no es el único apoyo logístico del mayor de los Aguado. La pequeña de la familia, Bárbara, de 22 años, también arrima el hombro, como hacen varias personas de fuera que se prestan desinteresadamente. La primera vez que entró en prisión como voluntaria era menor de edad, tenía 17. Lo hizo junto a su padre. Sabe bien de lo que habla: «Estar en el hogar al principio fue una experiencia rara. No es algo muy común. A quien le cuentas con quién vives se echa las manos a la cabeza. Yo les contesto que las personas merecen una segunda oportunidad y hay gente a la que, por desgracia, se las han quitado todas». «Convivo todas las semanas con ellas, excepto cuatro días que tienen de permiso al mes. Me encargo de varios talleres e intento que aprendan a desenvolverse en varias facetas, aunque en este momento lo tengo algo aparcado por los estudios». Cursa Magisterio de Infantil y Primaria en inglés.

«Me acuesto y duermo como un tronco, qué me van a hacer estas mujeres», señala el director de Pastoral Penitenciaria

La pareja y su hija llevan en la casa más de año y medio: «Vivimos así, no hay más». Tienen asignada una zona algo más privada en el último piso del inmueble, aunque nunca está cerrada, con dos dormitorios y otros tantos cuartos de baño. Las internas cuentan con varias alcobas repartidas entre esa misma planta y el entresuelo y se mueven con total libertad por el interior del edificio. El punto de encuentro suele ser la cocina, territorio de Braco, un peludo canela y blanco, la mascota de la familia. Allí cenan. Si les apetece se cocinan algo. Los fogones al mediodía son cosa de los castigados con trabajos en beneficio de la comunidad. «Nos fumamos un cigarrito, tomamos café, charramos y nos reímos mucho con sus aventuras. Es una experiencia de aprendizaje tremenda. Se preocupan por nosotros igual que nos preocupamos por ellas. Llámalo amistad o llámalo confianza. Te hacen vivir con intensidad esta historia. Cuando se les presenta un problema me llaman antes de dar un paso: 'Me pasa esto, tengo un juicio, qué hago…'. No tengo problema en darle las llaves de casa a tres o cuatro para que hagan lo que les parezca», cuenta Víctor.

«Las personas merecen una segunda oportunidad y hay gente a la que, por desgracia, se las han quitado todas», afirma Bárbara

El jefe del hogar está pendiente de cada una de las mujeres y de los usuarios -hombres también en semilibertad- de tres espacios más que gestiona el Arzobispado. Lleva siempre dos teléfonos móviles encima que no cesan de vibrar e iluminarse. Las llamadas y mensajes son continuos durante el tiempo que atiende a este periódico: «Cuando llega la tarde y todo el mundo descansa es justo cuando arranca la sinergia de todo esto. Trabajas con personas y se mueven. No es posible apretar el botón de pausa».

Las internas, encantadas

Es lunes, llamamos a la puerta de la casa y una interna nos recibe: «Pasad, aún no hemos empezado la reunión». Son las seis de la tarde. Las reclusas tienen terapia con Purificación Argente, 'Poi', es su apodo. Es la psicóloga del Centro de Inserción Social. Tiene muy buena sintonía con Víctor y desde que comenzó el proyecto trabajan de la mano. Las presas están en una sala formando un corro, dispuestas a compartir sus experiencias y resolver sus conflictos. En el grupo se estrena Jéssica García, una veinteañera que tiene que cumplir con las prácticas de Psicología Jurídica. Alucina con el sitio y después lo hará con las historias que se cuenten. Todas ríen y cuchichean al percatarse de que un redactor y un fotógrafo acaban de entrar.

Tres de ellas se ausentan de la sesión por unos minutos para compartir su experiencia. Son las reclusas de confianza: Norma, Lourdes y Rosa. Denuncian, indignadas, todas las irregularidades y deficiencias que encontraron durante su tiempo en la penitenciaría, en un chabolo de ocho metros cuadrados durante 16 horas al día, antes de hablar de la vida que llevan a cabo en el inmueble. Da para otro reportaje.

Víctor conversa con Lourdes, en el centro, y Rosa, en la sala de ordenadores del hogar.
Víctor conversa con Lourdes, en el centro, y Rosa, en la sala de ordenadores del hogar. / Juan J. Monzó

La primera en tomar la palabra es Norma, de 47 años. No da su nombre real y tampoco quiere que la fotografíen. Prefiere permanecer en el anonimato: «Hasta de espaldas me reconocerían». Cuenta que entró en el talego por relacionarse con gente «muy conocida». «Me metí en algo político y asumí las consecuencias. Valgo más por lo que callo que por lo que cuento», advierte. La condenaron a cinco años de cárcel por cometer seis delitos de estafa. Cumplió tres años y tres meses en prisión, donde estuvo «bien» pese a que la penitenciaría de Picassent «es un infierno». «Supe cómo gestionar mi tiempo allí, aunque no me regalaron nada y tuve que tragarme muchas cosas», recalca. Es dicharachera. «¿Cuento la verdad de aquí dentro o me lo invento para quedar bien?», se ríe. «En serio, estoy encantada, feliz. No me quiero ir de este palacio. Mantengo mi trabajo, muy cerca de aquí, en un despacho de abogados e inversiones, tengo una habitación para mí sola y me sirve para desconectar. Me encuentro fenomenal con Víctor, Pilar, Bárbara y mis compañeras».

«No me quiero ir de este palacio. Estoy encantada, feliz», cuenta Norma, condenada a cinco años de cárcel por seis delitos de estafa

Norma suele llegar al palacete a las nueve y poco de la noche, se toma un café en el patio y comenta su día con Lourdes y Rosa, las más veteranas del lugar. Entre las tres ayudan a poner orden en la casa: «Siempre somos las últimas en acostamos. Una vez en la habitación trabajo un rato, a veces hago escritos o hablo con mi gente. Estoy súper a gusto. Puede sonar surrealista pero es así». Su paso por prisión le ha cambiado la vida. Le ha mostrado otras realidades que desconocía. Tanto es así que piensa crear una fundación para ayudar «a todas las mujeres que cumplen condena» y lo hará en un nuevo proyecto profesional que pondrá en marcha en breve: «Quiero hacer lo mismo que han hecho aquí conmigo. Lo prometo».

Llega el turno de Rosa y Lourdes, tienen alrededor de 40 años y son cuñadas. Llevan en el hogar desde que arrancó el programa en junio de 2016 y han perdido la cuenta del tiempo de condena que les queda por cumplir. Aún tienen que afrontar más juicios por delitos de robo con violencia. Son de etnia gitana y sus vidas nada tienen que ver con la de Norma. «Me vi obligada a robar para poder comer, no tenía trabajo y ahora me toca pagarlo», explica Lourdes mientras su comadre asiente con la cabeza. Ambas tienen prácticamente las mismas causas pendientes con la justicia. «Esto es precioso, más si lo comparamos con las Casitas Rosa, aunque allí también estábamos bien con la trabajadora social». «Aquí solucionamos nuestros problemas y nos ayudan a conseguir empleo. Ya hemos trabajado en algunos sitios y tenemos formación en empresa. Dentro de poco, si dios quiere, vamos a gestionar una cooperativa de trabajo», afirma Rosa. Se trata de una buena oportunidad para sacar adelante a sus seis hijos, con edades comprendidas entre los cuatro y los 23 años. Tiene un buen ejemplo a seguir en una hermana que ostenta un «buen cargo en Zara» en el extranjero.

El futuro laboral de estas dos mujeres pinta menos negro gracias a la colaboración que brindan a la iniciativa, entre otras asociaciones, Valencia Activa y Fundación Adsis. La primera es la plataforma del Ayuntamiento de Valencia que impulsa y coordina las políticas de empleo y desarrollo económico en la ciudad y la segunda es una entidad sin ánimo de lucro comprometida con las personas más vulnerables para que puedan hacer realidad sus proyectos de vida.

Víctor y un grupo de internas departen en el patio del palacete.
Víctor y un grupo de internas departen en el patio del palacete. / AVAN

Una etapa «delicadísima»

Caen más testimonios. La psicóloga, Poi, termina la dinámica grupal y acepta atender a este diario. Asegura que desde que comenzó a trabajar con presos en tercer grado, en 2011, ha tenido muy claro que la etapa de vuelta a la calle «es delicadísima». «Es la parte más difícil porque se trata de rehacer la vida, porque cuando uno entra en prisión la vida se para. Las personas tienen que resituarse y es complicado. Es un proceso muy contradictorio porque por una parte sienten la alegría de volver a la calle y por otra es un 'descoloque' que les obliga a hacer un gran esfuerzo por acoplarse a su nueva situación, desde moverse por la ciudad hasta sentirse capaces y autónomas para organizar sus vidas. Es una fuente de sufrimiento que no comprenden los que están a su alrededor». «Tienen el motor gripado. Por eso adoran tanto este espacio. Comparten lo que sienten con un igual, con alguien que está pasando por lo mismo que ellas, se comprenden, se revelan y se apoyan porque se dan cuenta de que no están solas. Hay muchas realidades distintas, son de diferentes edades y países, hay payas, gitanas… pero encajan porque tienen ese punto en común».

«De aquí no salen licenciadas ni doctoras, pero cambian su mentalidad», afirma la psicóloga Purificación Argente

La profesional define su labor como «un acompañamiento a las internas en esa fase de recuperar sus vidas, sus trabajos… todo». Semanalmente realiza con las reclusas una reunión como la de este lunes en la que repasan situaciones concretas que van surgiendo en su día a día. Entre los temas que aparecen con mayor frecuencia en las sesiones destaca la sensación de que han abandonado a sus familias por el tiempo que han pasado en prisión: «Existe un sentimiento de culpa muy grande al entrar en la cárcel por haber dejado a sus seres queridos y esto conlleva un coste emocional inmenso que se reactiva cuando pasan al tercer grado». Por otra parte, también aparece en ellas la preocupación de «tener que colocarse delante del hombre que muchas veces ha tenido que ver con su entrada en la cárcel». «Por eso incidimos en que no se repitan esquemas, tratamos temas de género y les ponemos la cabeza como un bombo para que sean independientes y tengan, en un momento dado, el 'autoapoyo' necesario para decir 'hasta aquí, chaval'. De aquí no salen licenciadas ni doctoras, pero sí cambian su mentalidad.».

Braco, el perro de la familia Aguado.
Braco, el perro de la familia Aguado. / Irene Marsilla

Un programa de éxito

Por la vivienda han pasado un total de 70 mujeres privadas de libertad. En este momento hay 13 inscritas en el programa. Todas deben cumplir un control diario de ocho horas consecutivas en la casa, desde las once de la noche hasta las siete de la mañana. «No están localizadas ni tienen un GPS, simplemente cuando entran por la puerta se activa una pulsera que llevan puesta con un sintonizador para que se sepa que están aquí. Intento que lleguen a las diez y cuarto o diez y media para que haya una convivencia, aunque muchas veces están antes», indica Víctor. Porque el plan no está ideado para que el palacete sea un hotel y las usuarias vayan «a dormir y ya está», sino que deben entrar en una dinámica que les ayude a acoplarse a su día a día fuera de la cárcel. Para ello siguen terapias a través de psicólogos y realizan cursos de formación para encontrar empleo: «Tiene que haber una progresión durante su estancia en este espacio. No hablo ya de reinserción sino de inserción real en muchos casos, porque quien no ha estado nunca insertado es imposible que se reinserte». Los avances de las internas son importantes de cara a futuras evaluaciones de la junta de tratamiento penitenciario, quienes deciden si cabe la posibilidad de mejorar su situación, si pueden quedar en libertad condicional o marcharse a casa con un sistema de pulsera telemática, de vigilancia las 24 horas, hasta que terminen su condena.

Las pulseras que llevan reclusas en los tobillos junto al sintonizador.
Las pulseras que llevan reclusas en los tobillos junto al sintonizador. / AVAN

Tres fugas

Durante más de un año y medio ha habido tres fugas. «Fueron muy tontas, a solo 20 días de obtener la libertad total. Se produjeron por enamoramiento, por no tener las cosas claras, por miedo, porque se equivocaron dentro de este proceso y no han tenido la capacidad de volver y rectificar… A dos de ellas se las localizó, entraron en prisión, acabaron sus condenas y salieron. La tercera no sé por dónde anda todavía», explica el director. «Nuestra responsabilidad es que la mayoría de ellas se beneficie del programa, pero si se marcha una chica… ya se apañará. Si falla una noche intentamos cubrirla, le preguntamos qué ha pasado, llamo a los telemáticos -quienes controlan la presencia de las reclusas en el hogar- y les comento. Intentamos ser bastante rigurosos con el esquema. Esto es cárcel, tiene unas normas y si se las saltan puede haber fracasos, pero no ha habido una gran secuela de ellos. Diría que este programa es un éxito. Creo que el verdadero problema es que no se quieren marchar». «Hace falta bastante tiempo para lograr que tengan un mejor conocimiento de sí mismas y sepan en qué medida han contribuido para acabar en prisión. Casi todas descubren su realidad y por eso es un proyecto exitoso».

Las mujeres que llegan al inmueble cumplen con un perfil determinado y se procura que su estancia sea lo suficientemente larga para que dé tiempo a trabajar a fondo con ellas. No suelen estar embarazadas, tener una edad muy avanzada ni padecer enfermedades crónicas porque «ya existen otros espacios para estos casos».

El trabajo de la familia Aguado con los privados de libertad no acabará en el palacete. Víctor tiene la intención de abrir un centro de reinserción «de verdad, donde tenga espacios para poder formar y trabajar con profesionales además de con voluntarios, con un equipo amplio de psicólogos, juristas, abogados...». «Los presos están encerrados, en un rincón donde nadie les hace caso. Tras su salida de la cárcel deben adaptarse porque ha pasado el tiempo. Hay gente que entró con un móvil de primera generación, otros que al salir me han pedido una máquina de escribir... La prisión genera estigma, marca mucho, se pierde muchísimo de la vida. La intención es seguir formando a la gente para poder reinsertar a todos los que salgan de la cárcel y a alguno más. A las personas de su entorno». Esa es y será su misión.

Fotos

Vídeos