Europa cuestiona la talla mínima para ser policía

Europa cuestiona la talla mínima para ser policía

Europa tumba una normativa griega que equiparaba la estatura mínima de hombres y mujeres para acceder a la policía. Además de discriminatorios, ¿tienen sentido hoy día estos requisitos?

PACUAL PEREA

Decir que a las mujeres la vida les pone el listón más alto no es descubrir nada nuevo. Pero es que, a veces, cuando se lo ponen a la misma altura es para perjudicarlas. El Tribunal Europeo de Justicia ha tenido que salir esta semana al paso de una normativa de la Policía griega que establecía para ambos sexos una estatura mínima de 170 centímetros como requisito de acceso. Sentencia que marcar la misma talla para hombres y mujeres, siendo ellas estadísticamente más bajas, supone una discriminación y debe ser corregido.

La noticia ha servido también para abrir una discusión sobre el sentido que tiene, a estas alturas, medir en centímetros la capacitación para un puesto de trabajo que no sea el de jugador de baloncesto o recolector de peras. Es cierto que la autoridad ha gustado siempre de exhibir un aspecto imponente, incluso amenazador, pero parece evidente que la nueva imagen policial busca más una proximidad amable que la fuerza bruta.

«Estamos hablando de límites que no tienen mucha explicación», razona José Francisco Cano, jefe de la Policía Municipal de Fuenlabrada y miembro de la ejecutiva de la Unión Nacional de Jefes y Directivos de Policía Local, Unijepol. «En principio no tiene ningún sentido establecer límites a la estatura, ni por arriba ni por abajo, salvo que hubiera una necesidad que lo justificara. Solo es defendible en una concepción anticuada de la Policía que requería agentes altos, tontos y fuertes: altos para ver bien, tontos para que no pensaran y fuertes para poder pegar buenos porrazos. Ahora mismo lo que requiere es policías inteligentes, preparados y con habilidades sociales para solventar problemas, porque la mayor parte de su actividad no se produce, afortunadamente, persiguiendo delincuentes, sino resolviendo todo tipo de conflictos. Otra cosa es que luego haya unas unidades específicas que sí exigen unas capacidades determinadas: para ser antidisturbios hace falta cierta envergadura, de la misma forma que el que va a trabajar en contacto con otras Policías de Europa necesita hablar idiomas».

La sentencia, en realidad, apoya una discriminación positiva «que ya existe en las pruebas físicas, donde las marcas exigidas son distintas para hombres y mujeres. Ambos son igualmente válidos para este trabajo; es más, creo que deberían establecerse medidas que favorecieran una menor masculinización del Cuerpo», plantea Cano. «La Ertzaintza intentó introducir en Euskadi un sistema de cuotas femeninas, pero el Tribunal Constitucional lo tumbó y tuvieron que dar marcha atrás. En mi opinión, no solo debería favorecerse a la mujer, sino también el ingreso en la Policía de miembros de la sociedad diversa: personas de diferente orientación sexual, distintas etnias, religiones, etcétera. Porque, como dice la Carta de Rotterdam, la Policía debe ser en lo posible un espejo de la sociedad a la que sirve, y hoy en absoluto lo es».

Distintos patrones

Hablar de uniformados en este país sigue conduciendo indefectiblemente a las tallas mínimas. En España, hace unos años se exigía una altura de 170 centímetros a los hombres y 165 a las mujeres para ingresar en la Policía Nacional, la Guardia Civil y cuerpos autonómicos como la Ertzaintza o los Mossos d'Esquadra. En los últimos tiempos todos ellos han bajado en cinco centímetros esta exigencia, salvo la Policía canaria, que la mantiene en 170 para los hombres, y la Foral de Navarra, que no estipula una altura mínima. Las Policías Locales se guían por ordenanzas autonómicas, y varían este requisito entre las que ponen el listón en 170 para ellos y 165 para ellas -Madrid, Castilla y León, Castilla-La Mancha, Cataluña, La Rioja, Asturias, Aragón y Canarias- y las que lo bajan cinco centímetros para ambos -Galicia, Comunidad Valenciana, Navarra, Andalucía, Murcia, Baleares, Cantabria y País Vasco-, dejando en tierra de nadie a Extremadura, con 167 y 157 centímetros, respectivamente. Para ser vigilante de seguridad no hay que dar la talla, pero sí para ser escolta privado: se exigen 170 y 165 centímetros, respectivamente, a hombres y mujeres.

Para ser bombero, en cambio, conviene tener un cuerpo de calendario, pero no de unas medidas determinadas; la excepción está en Barcelona, que establece límites entre 160 y 195 centímetros.

Mención aparte merece el personal de cabina de vuelos, donde cada compañía toma medidas por su cuenta y riesgo, habitualmente muy por encima de los 157 centímetros que Aviación Civil considera imprescindibles para realizar este trabajo. Así, Iberia exige una altura mínima de 174 centímetros para sus auxiliares masculinos y de 164 para los femeninos; Iberia Express eleva un centímetro la de las mujeres; en Air Europa es de 170 y 164; en Air Nostrum las azafatas no pueden medir menos de 165 centímetros ni más de 180; en Vueling, 165 es también la talla mínima...

«Las funciones de seguridad de los auxiliares de vuelo exigen unos requisitos mínimos, no solo de altura sino también de fuerza, para, por ejemplo, abrir una puerta en condiciones de evacuación», expone José Ferreiro, delegado en Iberia del Sindicato de Tripulantes Auxiliares de Vuelo de Líneas Aéreas, STAVLA. «Llama la atención que, siendo las exigencias iguales para hombres y mujeres, las aerolíneas establezcan distintos requisitos para unos y otras, aunque supongo que se pretende con ello evitar la discriminación femenina». En cualquier caso, cada compañía sigue sus propios patrones: KLM, por ejemplo, exige a sus azafatas más centímetros que Iberia, en sintonía con la mayor altura de la población holandesa. «Supongo que la razón es puramente estética. Este es un trabajo de cara al público y es importante dar cierta imagen», justifica Ferreiro.

Se acabaron los complejos

¿Es tan importante la altura, en realidad? Parece que sí. «En general, la gente más alta vive más y está más sana, incluso es más inteligente y accede a mejores trabajos», asegura Fernando Rodríguez Artalejo, profesor de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid. Artalejo es coautor del primer 'mapamundi' de las tallas, un estudio que comparaba la altura de hombres y mujeres de todo el planeta en 2014 con la de sus bisabuelos en 1914. Una investigación que sirvió, entre otras muchas cosas, para que los españoles pudiéramos despojarnos de nuestro ancestral complejo de bajitos. España es, en efecto, uno de los países que más han crecido en el último siglo, y de modo muy especial desde los años setenta, «casi con la democracia»: un estirón de 14,3 centímetros en los hombres y de 12,3 en las mujeres nos sitúa como un país de talla elevada, tanto en el contexto mundial como en el europeo. «Si nos comparamos con holandeses o suecos todavía nos falta, pero, en general, ya no somos gente bajita para nada. No hay más que ver a nuestros jóvenes por la calle, claramente altos y además con excelente físico».

El experto cree razonable pensar que este aumento de talla se debe a la mejora de las condiciones de vida, y en especial de la alimentación. Prueba de ello es que los países que ya partían de una mejor situación, como Estados Unidos, son aquellos en los que menos han aumentado la talla -de hecho, españoles y estadounidenses estamos ya a la par-, pues habían alcanzado su potencial de crecimiento hace mucho tiempo. Los holandeses, que durante la Segunda Guerra Mundial pasaron hambre y privaciones, cuando se recuperaron crecieron tanto que se convirtieron en los más altos del mundo. ¿Y dónde está el techo? «Es difícil saberlo, como es difícil saber cuál es la edad máxima a la que podremos aspirar, pero todo apunta a que las condiciones de vida y nutrición son ya tan buenas que estamos acercándonos a esos topes», predice Artalejo.

La talla, en último término, es un buen indicador del desarrollo de un país. «Sociedades prósperas con elevado nivel de vida, buena alimentación, actividad física y una adecuada protección frente a infecciones bucales y de otros tipos alcanzan tallas altas», dice.

Este especialista en Salud Pública admite que la estatura está también muy influenciada por la genética: «Se sabe que de padres bajitos, hijos bajitos, pero menos; y de padres muy altos, hijos altos, pero menos. Este es el famoso fenómeno de la regresión a la media. Probablemente, las distintas razas tienen diferentes potenciales genéticos de crecimiento; pero no se conocerán hasta que se alcancen en ellos unas condiciones óptimas de vida. Esto se ha visto en las últimas décadas en China, que era un país de personas bajtas y donde en los últimos tiempos han crecido enormemente».

Más alla de cuestiones estéticas, pues, la altura de la población es una evidencia más de que la especie humana atraviesa sus mejores momentos. «Cuando uno ve la televisión nos parece que todo es un desastre, pero, desde una perspectiva longitudinal en el tiempo, global, estamos mejorando mucho», asegura Rodríguez Artalejo. «Como también se ve en la salud, en la menor mortalidad infantil, la mayor esperanza de vida, las mejores condiciones higiénico-sanitarias, el nivel de alfabetización, el descenso en el número de muertos en conflictos bélicos...». Parece que, pese a todo, damos la talla.

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