El escondite secreto de Miguel Ángel

La estancia oculta bajo la basílica de San Lorenzo aloja en sus paredes decenas de dibujos en tiza y carboncillo. Abajo, detalle de uno de ellos. /  AFP
La estancia oculta bajo la basílica de San Lorenzo aloja en sus paredes decenas de dibujos en tiza y carboncillo. Abajo, detalle de uno de ellos. / AFP

En 2020 se podrá visitar la habitación subterránea de Florencia que el genio del Renacimiento llenó de dibujos durante sus dos años de refugio

DARÍO MENOR ROMA.

29 de octubre de 1529. Apostados en las colinas situadas en los alrededores de Florencia, los 40.000 soldados de Carlos V comienzan a bombardear la ciudad que ha acunado el Renacimiento. Son bombas con bendición pontificia, pues ha sido el Papa de aquel momento, Giulio de Médici-Clemente VII, el que ha llamado al Ejército imperial para que ayude a sus familiares a recuperar su histórico feudo, del que habían sido expulsados dos años antes en una revuelta popular. Casi diez meses resistirán los florentinos al asedio, gracias en parte al refuerzo en sus defensas llevado a cabo por Miguel Ángel Buonarroti, que a los peligros y penurias de aquellos días añadía el miedo a la venganza de los Médici por traicionarles: había pasado de cobrar de ellos por trabajar en su capilla fúnebre a pasarse a las filas de los rebeldes.

Cuando Florencia se rindió el 11 de agosto de 1530, a Miguel Ángel no había forma de encontrarlo por la ciudad. Parecía que se lo había tragado la tierra. Para quitarse de la circulación y no dejarse ver hasta que la situación se estabilizara, el polifacético artista se pasó dos meses escondido en una estancia secreta subterránea bajo la basílica de San Lorenzo, proyectada por él mismo para alojar las tumbas de la poderosa familia florentina. Nada se supo de aquella escondida estancia hasta que en 1975 el entonces director del Museo de la Capilla de los Médici, Paolo del Poggetto, encontró una trampilla tras la cual había una escaleras que daban al escondite. No tardó en descubrir en las paredes decenas de dibujos en tiza y carboncillo que podían atribuírsele al propio Miguel Ángel. Entre ellos había un boceto de la estatua de mármol que embellece el sepulcro de Giuliano de Médici, un rostro barbudo inspirado en el Laocoonte de los Museos Vaticanos.

Desde que Del Poggetto hizo hace 42 años su descubrimiento, sólo un puñado de estudiosos han podido visitar la habitación secreta. Los «motivos de seguridad» que han impedido acceder a este espacio al público por fin van a ser superados: a partir de 2020 el escondite del maestro renacentista abrirá sus puertas. La actual directora del Museo de la Capilla de los Médici, Monica Bietti, tiene claro a qué dedicó el tiempo de reclusión Miguel Ángel en aquel espacio oblongo: «Era un genio, ¿qué otra cosa iba a hacer aquí? Dibujar». Los bocetos que embellecen las paredes no parecen en cualquier caso ser todos obra de Buonarroti; unos cuantos podrían haber salido de la mano de alguno de sus colaboradores. No le quitan valor al peculiar escondite ni los expertos que no están seguros de la autoría de los dibujos, como William Wallace. Este profesor de la Universidad de Washington considera que la habitación podría haber servido de espacio de descanso para los artistas que trabajaron con Miguel Ángel en la capilla fúnebre de los Médici.

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