En busca de la educación

Bantay Elementary School, en Vigan (Filipinas). / FOTOS: AMAIA MAGUREGUI

Una pareja vasca viaja por el mundo desde febrero para conocer culturas distintas y «hallar buenas ideas para ayudar a nuestras escuelas». Ahora se encuentran en Indonesia

ANE ONTOSO

Esta es la historia de un viaje. Una historia sobre la gente, la cultura, sobre uno mismo. Pero, por encima de todo, versa sobre educación. Amaia Maguregui (Bilbao) y David Fernández (Barakaldo) se conocieron hace cuatro años. Ambos de 33, ella es fotógrafa profesional y él ingeniero de telecomunicaciones y profesor de innovación educativa. Desde que se encontraron, no han cesado de viajar. Después de visitar Portugal, Francia, México, Noruega, Tailandia, Camboya, Laos, Myanmar o Indonesia durante varias semanas, pensaron que sería el momento de embarcarse en un periplo más profundo. «En todos esos viajes hemos echado en falta tener más tiempo para experimentar y disfrutar de los lugares y de sus personas. Por eso comenzamos a pensar en convertirnos en viajeros de largo recorrido, viajeros a paso lento», cuentan desde Flores (Indonesia). Dicho y hecho.

La motivación adicional para realizar el viaje que comenzó en febrero, sin embargo, estuvo ligada a nutrir su proyecto Ikaia, con el que intentan ayudar a formar a profesionales de la educación en materias de innovación educativa para impulsar un nuevo modelo de escuela de acuerdo con los tiempos en los que vivimos. «Pensamos que acercándonos a realidades culturales distintas podríamos encontrar modelos educativos que hubiesen nacido y se hubiesen desarrollado de forma distinta y que podrían darnos buenas ideas para ayudar a nuestras escuelas», explican.

La pareja forma un tándem perfecto. Pero viajar no es sinónimo de ir de vacaciones. «Es agotador -aseguran-. Y conlleva mucha organización, pero al final de todo la experiencia es tremendamente enriquecedora, crecimiento personal puro». Empezaron a ahorrar «en serio» un año y medio antes y tienen fijado un presupuesto diario máximo que «intentamos no sobrepasar». Procuran, además, trabajar de vez en cuando con hoteles haciendo fotos y vídeos a cambio de alojamiento y comida.

«Ikaia también nos ha abierto muchas puertas, sobre todo las de gente muy humilde en Filipinas e Indonesia, que en agradecimiento por interesarnos por sus escuelas han compartido todo lo que tenían con nosotros como si fuésemos de su familia -agradecen-. Intentamos buscar siempre los 'hostels' más económicos, tomar comida local en la calle, escapar de las actividades turísticas y evitamos siempre que se puede tomar aviones; preferimos movernos por mar o por tierra». Y eso que al cruzar Sumatra en un autobús local David casi se queda tirado sin documentación ni equipaje a las dos de la madrugada en una parada para ir al lavabo. «Menos mal que Amaia estaba medio despierta», admite.

Aunque también han pasado alguna que otra noche en estaciones, puertos, Mc Donald's o pastelerías de veinticuatro horas, recuerdan una anécdota en la isla de Siargao (Filipinas), donde les contrató el resort más lujoso de todo el territorio: el Dedon Island -mil dólares por día-. «Una noche nos montaron un cine entre dos palmeras en la piscina ¡solo para nosotros! Otra nos organizaron un campamento con fuego y nos dieron chocolate con 'marshmallows'. Después de aquella experiencia, se nos hizo duro volver a nuestra vida de mochileros 'low cost'», confiesan.

Un granito de arena

Va a ser difícil olvidar aquella vez que visitaron, de la mano del profesor Albert Leo, el pueblo de Tinglayan, en la región de montaña La Cordillera (Filipinas), donde, gracias al trabajo conjunto de la comunidad y de las escuelas, se habían conseguido superar tensiones y acabar con el conflicto tribal entre los barangays (barrios); o la estancia en Ocam Ocam (Filipinas), cuando acamparon en el jardín de la casa de Ed y Ruth, una pareja de misioneros canadienses que emprendieron un proyecto para acercar la educación hasta la puerta de las casas de todas las familias del pueblo con la construcción de una escuela. También será complicado relegar en la memoria el trato de los niños en su periplo. Respetuosos con sus mayores, hospitalarios y siempre con la sonrisa en la boca. Niños que «juegan en la calle, se ensucian, saltan, se inventan juegos y disfrutan en la escuela». La cara B, sin embargo, obliga a muchos de ellos a dejarla para contribuir a la economía familiar. Un error. «Solo la educación puede sacarles de esa situación, abrirles puertas y darles oportunidades y herramientas -advierten-. Son el futuro; por eso se debe cuidar y motivar para que sigan en la escuela. Pero hay un trabajo tremendo por hacer en la educación del profesorado, es ahí donde aportamos nuestro granito de arena».

Fotos

Vídeos