Cuando David machacó a Goliat

n equipo de comunicaciones israelí avanza por el desierto en la fulgurante ofensiva de junio de 1967. / R.C.

Hace medio siglo, Israel apostó su existencia a una brillante operación bélica que duró seis días y transformó decisivamente Oriente Medio

GERARDO ELORRIAGA

El futuro de una región del planeta puede cambiar en tan sólo tres cuartos de hora. Ese es el tiempo que tardaron los aviones hebreos, el 5 de junio de 1967, en despegar y alcanzar sus primeros objetivos en el Sinaí. Hoy hace cincuenta años, a las 7.45 de la mañana, trescientos aparatos de combate partieron desde Israel en vuelo secreto y rasante hacia el suroeste, en dirección a Egipto. Tres oleadas de precisos bombardeos destruyeron cuatrocientas aeronaves egipcias situadas en dieciocho pistas, mientras otras sesenta resultaron abatidas en el aire sin apenas plantear batalla. Antes del mediodía, la operación Foco había acabado con las Fuerzas Aéreas egipcias, mientras que los judíos habían sufrido escasas pérdidas. El ataque, posteriormente extendido a aeropuertos sirios y jordanos, fue el preludio de una inmediata ofensiva terrestre sobre siete divisiones egipcias desplegadas en el desierto, que tampoco pudieron responder a la acometida. La Guerra de los Seis Días supuso una rápida y aplastante victoria de Israel sobre sus vecinos árabes y sus consecuencias se proyectan con intensidad medio siglo después, tanto en el plano político como en el social e ideológico.

La estrategia de la 'blitzkrieg' o guerra relámpago sólo puede triunfar si tiene éxito el inicial factor sorpresa y, a pesar del clima de tensión que vivía Oriente Medio, el Ejército hebreo desconcertó con sus osadas incursiones a las poderosas fuerzas que rodeaban sus fronteras, que no se esperaban el ataque de efectivos muy inferiores en número. A finales de mayo de 1967, la República Árabe Unida -entonces denominación oficial de Egipto-, Siria, Jordania e Iraq habían desplegado un enorme cerco militar en torno a Israel, el vecino odiado. Desde El Cairo, el presidente Gamal Abdel Nasser lideraba una coalición que aspiraba a acabar con el Estado diseñado por Naciones Unidas tras la Segunda Guerra Mundial.

La decisión del Rais egipcio de bloquear el estrecho de Tirán impedía el acceso de Israel al mar Rojo y amenazaba con estrangular su economía. La maniobra parecía anticipar un ataque conjunto con el que saldar viejas cuentas y, en última instancia, aniquilar el Estado hebreo y reenviar a los colonos judíos a aquellos lugares de los que partieron en busca de una patria. También era la ocasión para vengar la partición de Palestina, impuesta en 1948 por la Haganá, la organización paramilitar israelí, o resarcirse de la derrota bélica, enmascarada como un triunfo político de El Cairo frente a Occidente, que había sufrido el presidente Nasser en la crisis de 1956.

Pero la guerra preventiva desatada por los judíos no pretendía tan sólo disuadir a sus enemigos, sino que aspiraba a consolidar el joven Estado israelí frente a esta amenaza plural. Las conquistas se sucedieron velozmente. 24 horas después del inicio de las hostilidades cayó Gaza, hasta entonces bajo administración egipcia y, al día siguiente, el balneario de Sharm el Sheij, en el extremo meridional del Sinaí, y se reabrió el tráfico marítimo. Al norte, la expansión israelí completó la anexión de Jerusalén al ocupar su ciudad vieja, ocupó la Cisjordania y, por último, las tropas arrebataron los Altos del Golán a un Ejército sirio en desbandada, prácticamente abandonado por sus mandos.

El Gobierno de Tel Aviv y los comandantes Ariel Sharon, Isaac Rabin y Moshé Dayan, algunos de los artífices de la fulgurante campaña, no participaban de la codicia napoleónica y aceptaron el alto el fuego propuesto por el Consejo de Seguridad de la ONU el 10 de junio, cuando los caminos hacia Damasco, Amán e, incluso, El Cairo aparecían expeditos ante el derrumbe de sus respectivos ejércitos. La diplomacia internacional actuó presurosa y pronto se produjeron ofrecimientos de paz a cambio de tierras para el vencedor. El escenario geopolítico de la época, aún dominado por la política de bloques de la Guerra Fría, provocó un alineamiento del bloque socialista con los vencidos y humillados árabes, sin trascendencia en el plano bélico.

Consecuencias

Hubo países derrotados y carreras truncadas. La debacle supuso el fin del jefe de Estado Mayor egipcio Mohamed Abdel Hakim Amer, el hombre fuerte de Nasser. Se le acusó de haberse dejado dominar por el pánico y retirar las tropas sin preparar un contragolpe. Fue relevado de todas sus funciones, pero su falta de templanza demandaba una reparación mayor. Meses después, acusado de planear un golpe contra el presidente, se suicidó mientras permanecía bajo arresto domiciliario. Algunas versiones apuntan que la ingesta de veneno no fue voluntaria.

El Rais también renunció al mando tras el estrepitoso fracaso, pero manifestaciones populares le devolvieron el poder. Sin embargo, ya nada fue igual. El protagonismo de los Estados árabes en el conflicto entre judíos y palestinos desapareció. «Supuso el fin de las veleidades panarabistas, cuyos ejércitos no liberan nada y, además, pierden Cisjordania y Gaza», señala José Abú-Tarbus, profesor de Sociología en la Universidad de La Laguna y autor de varios estudios sobre este conflicto. «La confrontación adquiere otra dimensión, asimétrica, entre Israel y Palestina, con la emergencia de la OLP como esencial, y el objetivo de la desaparición de Israel es sustituido por el más modesto de liberar los territorios ocupados. Pero la realidad durante este medio siglo ha sido la contraria, de proliferación de asentamientos judíos y fragmentación, y el proceso de paz de Oslo, que ha ocupado la mitad de este periodo, ha constituido toda una falacia».

Lorca, que nació tal día como hoy de 1898, estuvo en Columbia en 1929

La expansión israelí provocó nuevos desplazamientos de población y de las guerrillas palestinas hacia los países limítrofes, generando graves perturbaciones en los territorios de acogida. Esta presencia armada desestabilizó Jordania, que sufrió un violento conflicto interno y fratricida, el Septiembre Negro de 1970, y también Líbano, que se vio invadido por el Tsahal, el ejército hebreo, en su persecución de las milicias enemigas, y precipitado en una devastadora contienda interna. Ahora se reabren heridas del pasado: la reciente eclosión del Estado Islámico también ha afectado al medio millón de palestinos residentes en Siria, obligados, de nuevo, a emigrar o sufrir nuevas penalidades. Hace dos años, el campo de refugiados de Yarmuk, uno de los mayores de la región, resultó destruido por la ofensiva yihadista.

La mayor humillación, experimentada por Nasser, también originó trascendentales cambios en Egipto. «El régimen se vio forzado a aproximarse a Israel, una estrategia que culminó con los acuerdos de paz de Sadat, que reconoció la existencia del Estado judío», apunta Ignacio Álvarez-Ossorio, coordinador de Oriente Medio y Magreb en la Fundación Alternativas y profesor de Estudios Árabes e Islámicos en la Universidad de Alicante. «Demostró la incapacidad de los árabes para derrotar a Israel», añade, y destaca la importancia del Mossad, sus servicios de inteligencia, «que facilitaron la destrucción de la red antiaérea de sus rivales, una baza decisiva».

A su juicio, la posterior ofensiva árabe del Yom Kippur, en 1973, pretendía recuperar el espacio perdido y, sobre todo, «llamar la atención de la comunidad internacional para propiciar su intervención, porque son conscientes de sus carencias». Desde entonces, Israel ha seguido llevando la voz cantante. «La Guerra de los Seis Días fue el inicio de una política de hechos consumados sobre Palestina, una ofensiva demográfica que conduce a la práctica anexión». En aquellos seis días de junio Israel ganó su derecho a existir, pero condenó el futuro de varias generaciones.

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